Explicación

Las Escrituras dan testimonio de que uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una señal identificadora de la iglesia remanente y creemos que se manifestó en el ministerio de Elena de ­White. Sus escritos hablan con autoridad profética, y proporcionan consuelo, dirección, instrucción y corrección a la iglesia. También establecen con claridad que la Biblia es la norma por la cual debe ser probada toda enseñanza y toda experiencia (Núm. 12:6; 2 Crón. 20:20; Amós 3:7; Joel 2:28, 29; Hech. 2:14-21; 2 Tim. 3:16, 17; Heb. 1:1-3; Apoc. 12:17; 19:10; 22:8, 9).

JOSAFAT, REY DE JUDÁ, SE HALLABA MUY PREOCUPADO. Las tropas enemigas se acercaban y la situación parecía desesperante. “Entonces [...] Josafat humilló su rostro para consultar a Jeho­vá, e hizo pregonar ayuno a todo Judá” (2 Crón. 20:3). El pueblo acudió al Templo para rogar a Dios que tuviera misericordia de ellos y los librase de sus enemigos.
Mientras Josafat dirigía el servicio de oración, le rogó a Dios que cambiara las circunstancias. El rey oró: “¿No eres tú Dios en los cielos, y tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?” (vers. 6). ¿No había Dios protegido especialmente a los suyos en el pasado? ¿No había entregado esa tierra a su pueblo escogido? De modo que Josafat rogó: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza [...] no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (vers. 12).
Mientras todo Judá permanecía en pie delante del Señor, un varón llamado Jahaziel se levantó. Su mensaje trajo valor y dirección al pueblo temeroso. Dijo así: “No temáis [...] porque no es vuestra la guerra, sino de Dios [...] no habrá para que peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jeho­vá [...] porque Jeho­vá estará con vosotros” (vers. 15‑17). En la mañana, el rey Josafat arengó a sus tropas, diciéndoles: “Creed en Jeho­vá vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (vers. 20).1
Tan plenamente creyó el rey en ese profeta desconocido, Jahaziel, que reemplazó sus tropas de choque por un coro que cantaba alabanzas al Señor, y expresaba la belleza de la santidad. Mientras los cánticos de fe llenaban los aires, el Señor producía confusión entre los ejércitos que se habían aliado contra Judá. La matanza fue tan grande que “ninguno había esca­pado” (vers. 24).
Jahaziel fue el instrumento que Dios usó con el fin de enviar un mensaje para ese momento especial.
Los profetas desempeñaron un papel vital tanto en los tiempos del Antiguo Testamento como en los del Nuevo. Pero ¿cesaría el don de profecía una vez que se cerrara el canon bíblico? Para descubrir la respuesta, repasemos la historia profética.
El don profético en los tiempos bíblicos
Si bien el pecado terminó la comunicación cara a cara entre Dios y los seres humanos (Isa. 59:2), Dios no por eso terminó su intimidad con ellos; en cambio, desarrolló otras formas de comunicarse. Comenzó a enviar sus mensajes de ánimo, amonestación y reproche a través de los hombres y las mujeres profetas.2
En las Escrituras, un profeta es quien “recibe comunicaciones de Dios y transmite sus intenciones a su pueblo”.3 Los profetas no profetizaron por su propia iniciativa, “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21).
En el Antiguo Testamento, la palabra profeta es generalmente una traducción del término hebreo nâbî. Su significado se expresa en Éxodo 7:1 y 2: “Jeho­vá dijo a Moisés: mira, yo te he constituido Dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta [nâbî]. Tu dirás todas las cosas que yo te mandé y Aarón tu hermano hablará a Faraón”. La relación entre Moisés y el Faraón era como la que existe entre Dios y su pueblo. Así como Aarón comunicaba las palabras de Moisés a Faraón, del mismo modo el profeta ­comunicaba las palabras de Dios al pueblo. El término profeta, entonces, designa un mensajero de Dios divinamente escogido. El equivalente griego del término hebreo nâbî es prophētēs, del cual se deriva la palabra profeta.
“Vidente”, que es una traducción del hebreo roeh (Isa. 30:10), o chozeh (2 Sam. 24:11; 2 Rey. 17:13), es otra manera de designar a las personas que tienen el don profético. Los términos profeta y vidente se hallan íntimamente relacionados. La Escritura lo explica así: “Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a Dios, decía así: ‘Venid y vamos al vidente’; porque al que hoy se llama profeta, entonces se le llamaba vidente” (1 Sam. 9:9). La designación vidente hacía énfasis en la recepción de un mensaje divino por parte del profeta. Dios abría a los “ojos” o a la mente de los profetas la información que él deseaba que estos transmitieran a su pueblo.
A través de los años, Dios ha dado revelaciones de su voluntad para su pueblo por medio de individuos en los cuales se manifestó el don de profecía. “Porque no hará nada Jeho­vá el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7; comparar con Heb. 1:1).

Las funciones del don profético en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento le concede a la profecía un lugar prominente entre los dones del Espíritu Santo, en una ocasión colocándolo en primer lugar entre los ministerios más útiles para la iglesia, y en dos ocasiones en segundo término (ver Rom. 12:6; 1 Cor. 12:28; Efe. 4:11). Anima a los creyentes a desear especialmente este don (1 Cor. 14:1, 39).
El Nuevo Testamento sugiere que los profetas cumplían las siguientes funciones:4

1. Ayudaban a fundar la iglesia. La iglesia ha sido edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, “siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efe. 2:20, 21).

2. Los profetas iniciaron el esfuerzo misionero de la iglesia. Fue por medio de profetas como el Espíritu seleccionó a Pablo y a Bernabé para su primer viaje misionero (Hech. 13:1, 2), y proveyó dirección en cuanto a dónde debían trabajar los misioneros (Hech. 16:6-10).

3. Edificaban la iglesia. “El que profetiza –declaró Pablo–, edifica a la iglesia”. Las profecías son dadas a los hombres “para edificación, exhortación y consolación” (1 Cor. 14:3, 4). Junto con otros dones, Dios le concedió a la iglesia el de profecía, con el fin de preparar a los creyentes “para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efe. 4:12).

4. Unieron a la iglesia y la protegieron. Los profetas ayudaron a producir “la unidad de la fe”, y protegieron a la iglesia contra las falsas doctrinas, a fin de que los creyentes ya no fuesen “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efe. 4:13, 14).

5. Amonestaban acerca de dificultades futuras. Cierto profeta, durante el Nuevo Testamento, dio aviso de que se acercaba una época de hambre. En respuesta, la iglesia comenzó un programa de asistencia para los que sufrieron a causa de esa hambruna (Hech. 11:27-30). Otros profetas advirtieron a Pablo acerca de su arresto y prisión en Jerusalén (Hech. 20:23; 21:4, 10-14).

6. Confirmaron la fe en épocas de controversia. En ocasión del primer concilio de la iglesia, el Espíritu Santo guió las deliberaciones hasta que se obtuvo una decisión acerca de un tema controvertido que tenía que ver con la salvación de los cristianos gentiles. Luego, y por medio de ciertos profetas, el Espíritu confirmó a los creyentes en la verdadera doctrina. Una vez que la congregación hubo escuchado la decisión del concilio, “Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras” (Hech. 15:32).
El don profético en los últimos días
Muchos cristianos creen que el don de profecía cesó al fin de la era apostólica. Pero la Biblia revela la necesidad especial que tendría la iglesia de obtener conducción divina durante la crisis del tiempo del fin. Testifica acerca de una necesidad continuada del don profético –y también de una provisión continuada– después de los tiempos del Nuevo Testamento.

Continuación de los dones espirituales. La Biblia no afirma en ninguna parte que Dios quitaría los dones espirituales que le concedió a la iglesia antes de que estos hubiesen completado su propósito, el cual, según Pablo, consiste en llevar a la iglesia “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13). Por cuanto la iglesia aún no ha logrado esta experiencia, necesita todos los dones del Espíritu. Estos dones, incluyendo el don de profecía, continuarán en operación para el beneficio del pueblo de Dios hasta que Cristo vuelva. En consecuencia, Pablo amonesta a los creyentes: “No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías” (1 Tes. 5:19, 20), y aconsejó: “Procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis” (1 Cor. 14:1).
Estos dones no siempre se han manifestado con abundancia en la iglesia cristiana.5 Tras la muerte de los apóstoles, los profetas gozaron de respetabilidad en numerosos círculos hasta el año 300 d.C.6 Pero, la disminución de la espiritualidad en la iglesia y la apostasía resultante (ver el cap. 13 de esta obra) provocaron una disminución, tanto de la presencia como de los dones del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, los falsos profetas provocaron falta de confianza en el don de profecía.7
La disminución del don profético durante ciertos períodos de la historia de la iglesia no significa que Dios hubiese eliminado el don en forma permanente. La Biblia indica que, cuando se acerque el fin, este don estará presente para ayudar a la iglesia a través de esos tiempos difíciles. Más aún, describe una actividad todavía mayor de este don.

El don profético justo antes de la Segunda Venida. Dios le concedió a Juan el Bautista el don de profecía con el fin de que anunciara la primera venida de Cristo. En forma similar, es lógico esperar que él envíe nuevamente el don de profecía para proclamar el Segundo Advenimiento, de modo que todos tengan la oportunidad de prepararse para encontrarse con el Salvador.
De hecho, Cristo menciona el surgimiento de falsos profetas como una de las señales de que su venida está cercana (Mat. 24:11, 24). Si no hubiera verdaderos profetas durante el tiempo del fin, Cristo nos habría amonestado contra cualquiera que pretendiera poseer dicho don. Pero el hecho de habernos amonestado contra los falsos profetas implica que también los habría verdaderos. 
El profeta Joel predijo un derramamiento especial del don profético poco antes de la segunda venida de Cristo: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jeho­vá” (Joel 2:28-31).
El primer Pentecostés fue testigo de una asombrosa manifestación del Espíritu. Pedro, al citar la profecía de Joel, señaló que Dios había prometido tales bendiciones (Hech. 2:2-21). Sin embargo, podemos preguntarnos si la profecía de Joel alcanzó su máximo cumplimiento en el Pentecostés, o si todavía habrá de venir un cumplimiento mayor y más completo. No tenemos evidencias de que los fenómenos referentes al Sol y a la Luna a los que se refirió Joel hayan precedido o seguido al primer derramamiento del Espíritu. Dichos fenómenos no ocurrieron sino hasta muchos siglos más tarde (ver el cap. 25 de esta obra).
El Pentecostés, entonces, constituyó una primicia de la plena manifestación del Espíritu antes de la Segunda Venida. A semejanza de la lluvia temprana de Palestina, que caía en el otoño, poco después de la siembra, el derramamiento del Espíritu Santo en el Pentecostés inauguró la dispensación del Espíritu. El cumplimiento final y completo de la profecía de Joel corresponde a la lluvia tardía, la que, al caer en la primavera, maduraba la cosecha (Joel 2:23). Del mismo modo, el derramamiento final del Espíritu de Dios tendrá lugar justo antes de la Segunda Venida, después de que sucedan las señales predichas en el Sol, la Luna y las estrellas (ver Mat. 24:29; Apoc. 6:12-17; Joel 2:31). A la manera de la lluvia tardía, este derramamiento final del Espíritu madurará la cosecha de la Tierra (Mat. 13:30, 39), y “todo aquel que invocare el nombre de Jeho­vá será salvo” (Joel 2:32).

El don profético en la iglesia remanente. El capítulo 12 del Apocalipsis revela dos períodos principales de persecución. Durante el primero, que se extendió desde el año 538 hasta 1798 de nuestra era (Apoc. 12:6, 14; ver el cap. 13 de esta obra), los creyentes fieles sufrieron intensa persecución. Una vez más, justo antes de la Segunda Venida, Satanás hará guerra “contra el resto de la descendencia de ella”, la iglesia remanente, que rehúsa abandonar su fidelidad a Cristo. El Apocalipsis caracteriza a los creyentes leales que forman el remanente como “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17).
De las conversaciones posteriores que tuvieron el ángel y Juan, se desprende con claridad el hecho de que la frase “el testimonio de Jesús” se refiere a la revelación profética.8
Hacia el fin del libro, el ángel se identifica ante Juan como “consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús” (Apoc. 19:10), y “consiervo tuyo” y “de tus hermanos los profetas” (Apoc. 22:9). Estas expresiones paralelas dejan en claro que son los profetas los que tienen “el testimonio de Jesús”.9 Esto explica la declaración del ángel, en cuanto a que “el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Apoc. 19:10).
En un comentario relativo a este texto, James Moffat escribió: “El testimonio de (es decir, llevado por) Jesús es (es decir, constituye) el espíritu de profecía. Esto [...] define especialmente el que los hermanos que guardan el testimonio de Jesús son poseedores de la inspiración profética. El testimonio de Jesús es prácticamente equivalente a un acto de testificación de Jesús (xxii. 20). Es la autorrevelación de Jesús (según [Apoc. 1:1], la cual se debe en último término a Dios) lo que mueve a los profetas cristianos”.10
De modo que la expresión espíritu de la profecía puede referirse (1) al Espíritu Santo, que inspira al profeta con una revelación de Dios, (2) a la operación del don de profecía, y (3) al medio mismo de la profecía.
El don profético, el testimonio de Jesús “a la iglesia por medio de la profecía”,11 abarca una característica distintiva de la iglesia remanente. Jeremías vinculó la desaparición de este don con la ilegalidad. “Su rey y sus príncipes están [...] donde no hay ley; sus profetas tampoco hallaron visión de Jeho­vá” (Lam. 2:9). El Apocalipsis identifica la posesión de ambas cosas como características distintivas de la iglesia de los últimos días; sus miembros “guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”, el don de profecía (Apoc. 12:17).
Dios le impartió el don de profecía a la “iglesia” del Éxodo con el fin de organizar, instruir y guiar a su pueblo (Hech. 7:38). “Por un profeta Jeho­vá hizo subir a Israel de Egipto, y por un profeta fue guardado” (Ose. 12:13). Por lo tanto, no causa sorpresa descubrir la existencia de ese don entre los que participan del éxodo final; es decir, el escape desde el planeta Tierra, contaminado por el pecado, a la Canaán celestial. Este éxodo, que seguirá a la Segunda Venida, constituye el cumplimiento final y completo de Isaías 11:11: “Acontecerá en aquel tiempo, que Jeho­vá alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo que aún quede”.

Ayuda en la crisis final. Las Escrituras revelan que el pueblo de Dios que viva en los últimos días de la historia del mundo experimentará en toda su plenitud la ira del dragón satánico, quien hará un esfuerzo final por destruirlo (Apoc. 12:17). Ese será “tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces” (Dan. 12:1). Con el fin de ayudar a su pueblo a sobrevivir en este conflicto, el más intenso de todas las edades, Dios en su amor y bondad le dio a su pueblo la seguridad de que no estaría solo. El testimonio de Jesús, el espíritu de profecía, lo guiaría por caminos seguros hasta su objetivo final, la unificación con su Salvador en la Segunda Venida.
La siguiente ilustración explica la relación que existe entre la Biblia y las manifestaciones posbíblicas del don profético: “Supongamos que estamos por comenzar un viaje. El dueño del barco nos entrega un libro con direcciones, diciéndonos que contiene suficientes instrucciones para todo nuestro viaje, y que si les hacemos caso llegaremos seguros a nuestro destino. Al comenzar la navegación, abrimos nuestro libro para saber qué dice. Hallamos en él que su autor ha dejado establecidos principios generales que deben gobernarnos en nuestro viaje, y que nos instruye tanto como sea practicable, juzgando las diversas contingencias que pueden surgir hasta el fin; pero también nos dice que la última parte de nuestra jornada será especialmente peligrosa; que los rasgos de la costa continuamente están cambiando debido a las tempestades y la presencia de arenas movedizas; ‘pero, para esta parte del viaje –dice el dueño–, he provisto un piloto, el cual se encontrará con ustedes y les dará las instrucciones que requieran las circunstancias y los peligros del momento; escúchenlo y obedézcanlo’. Siguiendo estas instrucciones, llegamos a la época peligrosa especificada y, cumpliendo la promesa, el piloto aparece. Pero algunos de los viajeros, al ver que ofrece sus servicios, se levantan contra él. ‘Tenemos el libro de instrucciones original –afirman–, y eso basta para nosotros. Nos afirmamos en él, y solo en él; no queremos tener nada que ver con usted’. Ahora bien, ¿quiénes están de acuerdo con las instrucciones originales del libro? ¿Los que rechazan al piloto o los que lo reciben, tal como el libro les manda hacer? Juzgadlo vosotros”.12
Los profetas posbíblicos y la Biblia
El don profético produjo la Biblia. En la época posbíblica, el don profético no puede reemplazar la Escritura ni añadirle nada, porque el canon bíblico se halla ahora cerrado.
El don profético funciona en el tiempo del fin de manera muy semejante a como lo hizo en el tiempo de los apóstoles. Su fin es exaltar la Biblia como la base de la fe y la práctica, explicar sus enseñanzas y aplicar sus principios a la vida diaria. Se halla implicado en el establecimiento y la edificación de la iglesia, permitiéndole cumplir su misión divinamente señalada. El don profético reprueba, amonesta, guía y anima tanto a los individuos como a la iglesia, protegiéndolos de la herejía y unificándolos en torno a las verdades bíblicas.
Los profetas posbíblicos tienen la misma función que los profetas bíblicos como Natán, Gad, Asaf, Semaías, Azarías, Eliezer, Ahías, Obed, ­Míriam, Débora, Hulda, Simeón, Juan el Bautista, Agabo, Silas, Ana, y las cuatro hijas de Felipe, quienes vivieron en tiempos bíblicos pero cuyos testimonios nunca llegaron a formar parte de la Biblia. El mismo Dios que habló a través de los profetas cuyos escritos están en la Biblia inspiró a esos profetas y profetisas. Sus mensajes no contradijeron la revelación divina previamente registrada.

Cómo probar el don profético. Por cuanto la Biblia advierte que antes del retorno de Cristo surgirán falsos profetas, debemos investigar cuidadosamente toda pretensión de poseer el don profético. “No menospreciéis las profecías –aconseja Pablo–. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tes. 5:20-22; ver también 1 Juan 4:1).
La Biblia especifica varios principios por medio de los cuales podemos distinguir el don profético genuino del espurio, que son mencionados a continuación.

1. ¿Está de acuerdo el mensaje con la Biblia? “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:20). Este texto implica que los mensajes de cualquier profeta deben hallarse en armonía con la Ley de Dios y con su testimonio revelado tal como está en la Biblia. Un profeta posterior no debe contradecir a los profetas anteriores a él. El Espíritu Santo nunca contradice su testimonio previamente concedido, porque en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Sant. 1:17).

2. ¿Se cumplen las predicciones? “¿Cómo conoceremos la palabra que Jeho­vá no ha hablado? Si el profeta hablare en nombre de Jeho­vá, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jeho­vá no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él” (Deut. 18:21, 22; comparar con Jer. 28:9). Si bien las predicciones pueden comprender una porción comparativamente pequeña del mensaje profético, su exactitud debe demostrarse.

3. ¿Se reconoce la encarnación de Cristo? “En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1 Juan 4:2, 3). Esta prueba requiere más que un simple reconocimiento de que Jesús vivió en este mundo. El verdadero profeta debe confesar la enseñanza bíblica relativa a la encarnación de Cristo: debe creer en su divinidad y su preexistencia, su nacimiento virginal; sus verdaderas humanidad, vida sin pecado, sacrificio expiatorio, resurrección, ascensión, ministerio intercesor y segunda venida.
4. ¿Lleva el profeta “fruto” bueno o malo? La profecía llega hasta los creyentes cuando el Espíritu Santo inspira a los “santos hombres de Dios” (2 Ped. 1:21). Podemos discernir a los falsos profetas por sus frutos. “No puede el buen árbol dar malos frutos –declaró Jesús–, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:16, 18-20).
Este consejo es crucial en la evaluación de las pretensiones de un profeta. Se refiere en primer lugar a la vida del profeta. No significa que el profeta deba ser absolutamente perfecto; después de todo, la misma Escritura dice que Elías era un hombre “sujeto a pasiones semejantes a las nuestras” (Sant. 5:17). Pero la vida del profeta debe estar caracterizada por el fruto del Espíritu, y no por las obras de la carne (ver Gal. 5:19-23).
En segundo lugar, este principio se refiere a la influencia que el profeta ejerce sobre otros. ¿Qué resultados se ponen en evidencia en la vida de los que aceptan los mensajes? Dichos mensajes ¿capacitan al pueblo de Dios para cumplir su misión y lo unifican en su fe? (Efe. 4:12-16).
Cualquier persona que pretenda poseer el don profético debe estar sujeta a estas pruebas bíblicas. Si demuestra estar a la altura de estos principios, podemos tener confianza en que verdaderamente el Espíritu Santo le ha concedido el don de profecía a dicho individuo.
El espíritu de profecía en la Iglesia Adventista del Séptimo Día
El don de profecía se manifestó en el ministerio de Elena de ­White, quien fue uno de los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su obra ha provisto instrucciones inspiradas para el pueblo de Dios que vive durante el tiempo del fin. El mundo a principios del siglo XIX, época en que Elena de ­White comenzó a recibir los mensajes de Dios, era un mundo varonil. Su llamado profético la colocó bajo severo escrutinio. Tras haber pasado con éxito las pruebas bíblicas, continuó ministrando por medio de su don espiritual durante setenta años. Desde 1844, cuando tenía 17 años, hasta 1915, el año de su muerte, tuvo más de dos mil visiones. Durante ese tiempo, vivió y trabajó en los Estados Unidos, Europa y Australia, aconsejando, escribiendo, predicando y estableciendo obra nueva.
Elena de ­White nunca asumió el título de profetisa, pero no objetó que otros se lo aplicaran. Explicó su concepto de sí misma en las siguientes palabras: “Temprano en mi juventud, se me preguntó en diferentes ocasiones: ¿Es usted una profetisa? Siempre he respondido: Soy la mensajera del Señor. Sé que muchos me han llamado profetisa, pero yo no he pretendido ese ­título [...]. ¿Porque no he pretendido ser profetisa? Porque, en estos días, muchos que pretenden atrevidamente ser profetas son un reproche para la causa de Cristo; y porque mi obra incluye mucho más de lo que significa la palabra profeta [...]. Pretender ser una profetisa es algo que nunca he hecho. Si otros me llaman por ese nombre, no tengo ninguna controversia con ellos. Pero mi obra ha cubierto tantas líneas diferentes que no puedo considerarme otra cosa que una mensajera”.13

La aplicación de las pruebas proféticas. ¿Cómo se compara el ministerio de Elena de ­White con las pruebas bíblicas de un profeta?

1. Concuerda con la Biblia. Su abundante producción literaria incluye decenas de millares de textos bíblicos, a menudo acompañados de exposiciones detalladas. El estudio cuidadoso ha demostrado que sus escritos son consecuentes, exactos, y se hallan en completo acuerdo con las Escrituras.

2. La exactitud de las predicciones. Los escritos de Elena de ­White contienen un número relativamente pequeño de predicciones. Algunas están en proceso de cumplirse, mientras que otras todavía esperan su cumplimiento. Pero, las que pueden ser probadas se han cumplido con exactitud asombrosa. Los dos ejemplos que siguen demuestran el alcance de su visión profética.

a. El surgimiento del espiritismo moderno. En 1850, cuando el espiritismo –el movimiento que pretende establecer comunicación con el mundo de los espíritus y de los muertos– acababa de surgir, Elena de ­White lo identificó como uno de los engaños de los últimos días, y predijo su crecimiento. A pesar de que en ese tiempo el movimiento era decididamente anticristiano, Elena de ­White previó que esta hostilidad cambiaría, y que se haría respetable entre los cristianos.14 Desde esa época, el espiritismo se ha esparcido por todo el mundo, adquiriendo millones de adherentes. Su posición anticristiana ha cambiado. De hecho, muchos se llaman a sí mismos espiritistas cristianos, pretendiendo que poseen la verdadera fe cristiana, y que “los espiritistas son los únicos practicantes de la religión que han usado los dones que Cristo prometió, por los cuales sanan a los enfermos y demuestran una existencia futura consciente y progresiva”.15 Hasta llegan a aseverar que el espiritismo “provee el conocimiento de todos los grandes sistemas de religión, y aun más, imparte más conocimiento de la Biblia cristiana que todos los comentarios combinados. La Biblia es un libro de espiritismo”.16

b. Estrecha cooperación entre protestantes y católicos. Durante la vida de Elena de ­White, existía entre los protestantes y los católicos un abismo que parecía impedir toda posibilidad de cooperación entre ambos. El anticatolicismo era sumamente popular entre los protestantes. Elena de ­White predijo que dentro del protestantismo sucederían cambios de fondo, que causarían una desviación de la fe de la Reforma. En consecuencia, las diferencias existentes entre los protestantes y los católicos disminuirían, lo que haría que el abismo que separaba a ambos fuese salvado.17
Los años que han transcurrido desde la muerte de esta mujer extraordinaria han visto el surgimiento del Movimiento Ecuménico, el establecimiento del Concilio Mundial de Iglesias, el Concilio Vaticano II de la Iglesia Católica, y la ignorancia protestante –y hasta el rechazo categórico– de los puntos de vista de la Reforma relativos a la interpretación profética.18 Estos grandes cambios han derribado las barreras que existían entre el protestantismo y el catolicismo, produciendo entre ambos una creciente cooperación.

3. El reconocimiento de la encarnación de Cristo. Elena de ­White escribió extensamente acerca de la vida de Cristo. El papel de Jesús como Señor y Salvador, su sacrificio expiatorio en la Cruz y su ministerio actual de intercesión dominan sus obras literarias. Su libro El Deseado de todas las gentes ha sido aclamado como uno de los tratados más espirituales que se hayan escrito acerca de la vida de Cristo; por su parte, El camino a Cristo, su libro más ampliamente difundido, ha llevado a millones de personas a establecer una profunda relación con el Salvador. 
Sus obras presentan claramente a Cristo como plenamente Dios y plenamente hombre. Sus equilibradas exposiciones están enteramente de acuerdo con el punto de vista bíblico, y evitan cuidadosamente hacer énfasis exagerado en una naturaleza o en la otra, lo que constituye un problema que ha causado mucha controversia a través de la historia del cristianismo.
El tratamiento general que hace Elena de ­White acerca del ministerio de Cristo es práctico. No importa a qué aspecto se refiera, su mayor preocupación es guiar al lector en el establecimiento de una relación más intima con el Salvador.
4. La influencia de su ministerio. Ha pasado más de 170 años desde que Elena de ­White recibiera el don profético. Su iglesia y la vida de quienes han seguido sus consejos revelan el impacto de su vida y sus mensajes.
“Aun cuando nunca ocupó un cargo oficial, no era ministro ordenado y no recibió sueldo de la iglesia sino hasta después de la muerte de su esposo, su influencia ayudó a formar la Iglesia Adventista del Séptimo Día más que cualquier otro factor excepto la Santa Biblia”.19 Su influencia motivó a la iglesia a establecer la obra educativa, con escuelas en todos los niveles, la obra médico‑misionera, de publicaciones y de evangelización mundial, lo que ha hecho de la Iglesia Adventista una de las organizaciones misioneras protestantes más grandes y de mayor crecimiento.
Su producción literaria comprende más de 80 libros, 200 tratados y folletos, y 4.600 artículos publicados en diversos periódicos. Sus sermones, sus diarios, sus testimonios especiales y sus cartas comprenden otras 60.000 páginas de material en manuscrito.
El alcance de este material es asombroso. La pericia de Elena de ­White no se limitaba a unos cuantos campos estrechos. El Señor le dio consejos con respecto a la salud, la educación, la vida familiar, la temperancia, el evangelismo, el ministerio de publicaciones, la alimentación correcta, la obra médica, y muchos otros temas. Es posible que sus escritos en el campo de la salud sean los más asombrosos, debido a la manera en que sus postulados, algunos de los cuales fueron presentados más de cien años atrás, han sido verificados por la ciencia moderna.
Sus escritos enfocan a Jesucristo, y exaltan los elevados valores éticos y morales de la tradición judeocristiana.
Aunque muchos de sus escritos están dirigidos a la Iglesia Adventista, grandes porciones de ellos han sido apreciadas por públicos más amplios. Su popular obra El camino a Cristo ha sido traducida a más de cien idiomas, en los cuales se han vendido más de quince millones de ejemplares. Su obra cumbre es la serie de cinco tomos “El Gran Conflicto”, muy bien recibida, en la cual se presentan los detalles de la gran controversia entre Cristo y Satanás, desde el origen del pecado hasta su eliminación del universo.
El impacto que tienen sus obras sobre los individuos que las leen es profundo. Recientemente, el Instituto de Ministerio Eclesiástico de la Universidad Andrews realizó un estudio que comparaba la actitud cristiana y la conducta de los adventistas que leen regularmente sus libros con las de quienes no lo hacen. Los resultados de esta investigación subrayan claramente el impacto que tienen los escritos de Elena de ­White sobre quienes los leen. El estudio presenta las siguientes conclusiones: “Los lectores mantienen una relación más estrecha con Cristo, están más seguros de su situación con Dios, y es más común que hayan identificado sus dones espirituales. Están más a favor de hacer gastos para evangelismo público, y contribuyen con mayores cantidades a los proyectos misioneros locales. Se sienten más preparados para testificar y, en la práctica, participan más en diversos programas de testificación y proyección misionera. Entre ellos es más común el estudio diario de la Biblia, la oración por individuos específicos, el reunirse en grupos de estudio y testificación, y celebrar el culto familiar cotidiano. Ven a su iglesia en una luz más positiva. Son responsables de un mayor número de conversiones”.20

El espíritu de profecía y la Biblia. Los escritos de Elena de ­White no constituyen un sustituto de la Escritura. No pueden ser colocados en el mismo nivel. Las sagradas Escrituras están colocadas en un nivel que les pertenece solo a ellas, la única regla por la cual sus escritos –y todos los demás escritos– deben ser juzgados, y a la cual deben hallarse sujetos.

1. La Biblia es la regla suprema. Los adventistas del séptimo día apoyan plenamente el principio de la Reforma, conocido como sola scriptura, según el cual la Biblia es su propio intérprete, y la Biblia sola es la base de todas las doctrinas. Los fundadores de la iglesia no recibieron las doctrinas a través de las visiones de Elena de ­White, sino que desarrollaron sus creencias fundamentales a partir de su estudio de la Biblia. El papel más importante que desempeñó Elena de ­White durante el desarrollo de las posiciones doctrinales de los pioneros fue guiarlos en la comprensión de la Biblia y confirmar las conclusiones a las cuales ellos llegaban en su estudio de la Palabra de Dios.21
La misma Elena de ­White creía y enseñaba que la Biblia es la norma suprema de la iglesia. En su primer libro, publicado en 1851, decía: “Recomiendo, al amable lector, la Palabra de Dios como regla de su fe y práctica. Por esa Palabra seremos juzgados”.22 Nunca modificó esta opinión. Muchos años más tarde, escribió: “En su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la salvación. Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como una revelación autorizada e infalible de su voluntad. Son la norma del carácter, las reveladoras de doctrinas y las examinadoras de la experiencia”.23 En 1909, durante su último discurso ante una sesión general de la iglesia, abrió la Biblia, la levantó ante la congregación, y dijo: “Hermanos y hermanas, os recomiendo este Libro”.24
En respuesta a los creyentes que consideraban que sus escritos constituían una añadidura a la Biblia, escribió: “Tomé la preciosa Biblia, y la rodeé con los varios Testimonios para la iglesia, dados para el pueblo de Dios. [...] No están familiarizados con las Escrituras. Si se hubiesen dedicado a estudiar la Palabra de Dios, con un deseo de alcanzar la norma de la Biblia y la perfección cristiana, no habrían necesitado los Testimonios. Es porque han descuidado el familiarizarse con el Libro inspirado de Dios por lo que él ha tratado de alcanzarlos mediante testimonios sencillos y directos, llamando su atención a las palabras de la inspiración que han descuidado de obedecer, e invitándolos a amoldar su vida de acuerdo con sus enseñanzas puras y elevadas”.25

2. Conducen a la Biblia. Elena de ­White consideraba que su obra consistía en llevar al pueblo de vuelta a la Biblia. “Poco caso se hace de la Biblia”, declaró, y por lo tanto “el Señor dio una luz menor para guiar a hombres y a mujeres a la luz mayor”.26 “La Palabra de Dios basta para iluminar la mente más obscurecida, y puede ser entendida por los que tienen deseos de comprenderla. Pero, no obstante todo eso, algunos que profesan estudiar la Palabra de Dios se encuentran en oposición directa a sus más claras enseñanzas. Entonces, para dejar a hombres y mujeres sin excusa, Dios da testimonios claros y señalados, a fin de hacerlos volver a la Palabra que no han seguido”.27

3. Conducen a la comprensión de la Biblia. Elena de ­White consideraba que sus obras eran una guía para la comprensión más clara de la Biblia. “No son sacadas a relucir verdades adicionales; sino que Dios ha simplificado por medio de los Testimonios las grandes verdades ya dadas, y en la forma de su elección, las ha presentado a la gente, para despertar e impresionar su mente con ellas, a fin de que todos queden sin excusa”. “Los testimonios escritos no son dados para proporcionar nueva luz, sino para impresionar vívidamente en el corazón las verdades de la inspiración ya reveladas”.28

4. Conducen a la aplicación de los principios bíblicos. Gran parte de los escritos de Elena de ­White están dedicados a la aplicación de los consejos bíblicos a la vida diaria. Ella testificó que le “fue ordenado que presentara principios generales, al hablar y escribir, y al mismo tiempo especificara los peligros, errores y pecados de algunas personas, para que todos pudiesen ser amonestados, reprendidos y aconsejados”.29 Cristo le prometió a su iglesia esta conducción profética. Elena de ­White hace notar: “Sin embargo, el hecho de haber revelado Dios su voluntad a los hombres por medio de su Palabra no anuló la necesidad que ellos tienen de la continua presencia y dirección del Espíritu Santo. Por el contrario, el Salvador prometió el ­Espíritu para abrir la Palabra a sus siervos, para iluminar y aplicar sus enseñanzas”.30

Un desafío para el creyente. La profecía del Apocalipsis, según la cual el “testimonio de Jesús” se manifestaría por medio del “espíritu de profecía” en los últimos días de la historia del mundo, constituye un desafío a cada uno de no adoptar una actitud de indiferencia o incredulidad, sino obedecer el mandato que dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno”. Hay mucho que ganar o que perder, dependiendo de si realizamos o no esta investigación bíblicamente requerida. Josafat dijo: “Creed en Jeho­vá vuestro Dios y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (2 Crón. 20:20). Estas palabras son tan verdaderas hoy como cuando fueron pronunciadas.
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Referencias
1. La cursiva ha sido añadida.
2. Como ejemplos bíblicos de profetisas, ver Éxodo 15:20; Jueces 4:4; 2 Reyes 22:14; Lucas 2:36; Hechos 21:9.
3. Frank B. Holbrook, “The Biblical Basis for a Modern Prophet” [La base bíblica de un profeta moderno], p. 1 (manuscrito, Ellen G. ­White Estate Inc., Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 6840 Eastern Ave. NW, Washington, D. C. 20012). Comparar con Jemison, A Prophet Among You [Un profeta entre vosotros] (Mountain View, California: Pacific Press, 1955), pp. 52-55.
4. Ver Holbrook, ibíd., pp. 3-5.
5. Desgraciadamente, no existen registros completos de lo que ocurrió a través de la era cristiana.
6. Gerhard Friedrich, “Prophets and prophecies in the New Testament” [Profetas y profecías en el Nuevo Testamento], en Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento], t. 6, p. 859.
7. Ver Friedrich, pp. 860, 861.
8. La expresión “Testimonio de Jesús” se comprende más claramente como un genitivo subjetivo, y no como un genitivo objetivo. “Hay dos traducciones posibles: (a) El testimonio acerca de o concerniente a (genitivo objetivo), es decir, lo que los cristianos testifican acerca de Jesús. (b) El testimonio de o por Jesús (genitivo subjetivo), es decir, los mensajes provenientes de Cristo y destinados a la iglesia. La evidencia que surge del uso de esta expresión en el libro de Apocalipsis sugiere que debe comprendérsela como un genitivo subjetivo (un testimonio de o por Jesús), y que este testimonio se concede por medio de la revelación profética” (Holbrook, “Modern Prophet”, p. 7).
	Como una de las evidencias, Holbrook cita Apocalipsis 1:1, 2: “La revelación de Jesucristo que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la Palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto”. En este contexto, es evidente que ‘la revelación de Jesús’ designa una revelación proveniente de o dada por Jesús a Juan. Juan provee un registro de este testimonio proveniente de Jesús. Ambas expresiones genitivas reciben su sentido más claro en contexto como genitivos subjetivos, y están de acuerdo con las palabras finales de Cristo en el libro: ‘El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve’ (Apoc. 22:20)” (Ibíd., pp. 7, 8).
9. Ver Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 827; T. H. Blincoe, “The Prophets Were Until John” [Hubo profetas hasta Juan], Ministry, suplemento de julio de 1977, p. 24L; Holbrook, “Modern Prophet”, p. 8.
10. James Moffatt en Expositor’s Greek Testament [Testamento griego del expositor], W. Robertson Nicoll, ed., t. 5, p. 465.
11. Ver el artículo “Spirit of Prophecy” [Espíritu de profecía], SDA Encyclopedia, ed. rev., p. 1.412. Pablo afirma que los que esperan la Segunda Venida han confirmado el testimonio de Cristo, de modo que no les falta ningún don (1 Cor. 1:6, 7).
12. Urías Smith, “Do We Discard the Bible by Endorsing the Visions?” [¿Rechazamos la Biblia al aceptar las visiones?] Review and Herald, 13 de enero de 1863, p. 52, citado en Review and Herald, 1° de diciembre de 1977, p. 13.
13. Elena de ­White, “A Messenger”, Review and Herald, 26 de julio de 1906, p. 8. El título “La mensajera del Señor” fue dado por inspiración (Ibíd.).
14. __________, Primeros escritos, p. 289.
15. J. M. Peebles, “The Word Spiritualism Misunderstood” [La palabra espiritismo mal entendida], en Centennial Book of Modern Spiritualism in America [El libro centenario del espiritismo moderno en los Estados Unidos] (Chicago, Illinois: National Spiritualist Association of the United States of America, 1948), p. 34.
16. B. F. Austin, “A Few Helpful Thoughts”, Centennial Book of Modern Spiritualism in America, p. 44.
17. White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2015), pp. 628, 642.
18. Para el estudio de la visión historicista de las profecías de Daniel y el Apocalipsis que dominó el protestantismo desde la Reforma hasta el siglo XIX, ver Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers [La fe profética de nuestros padres], ts. 2-4. Ver también el capítulo 13 de esta obra.
19. Richard Hammill, “Spiritual Gifts in the Church Today”, Ministry, julio de 1982, p. 17.
20. Roger L. Dudley y Des Cummings Jr., “A Comparison of the Christian Attitudes and Behaviours Between Those Adventist Church Members Who Regularly Read Ellen ­White Books and Those Who Do Not” [Comparación de las actitudes y conductas cristianas entre miembros adventistas que leen regularmente los libros de Elena de ­White y los que no lo hacen], 1982, pp. 41, 42. Informe de la investigación realizada por el Instituto de Ministerio Eclesiástico, Andrews University, Berrien Springs, Michigan. La encuesta abarcó más de 8.200 miembros que asistían a 193 iglesias de los Estados Unidos.
21. Jemison, Prophet Among You, pp. 208-210; Froom, Movement of Destiny [Movimiento del destino] (Washington, D.C.: Review and Herald, 1971), pp. 91-132; Damsteegt, Foundations of the Seventh‑day Adventist Message and Mission, pp. 103-293.
22. White, Primeros escritos, p. 108.
23. __________, El conflicto de los siglos, p. 7.
24. William A. Spicer, The Spirit of Prophecy in the Advent Movement [El espíritu de profecía en el movimiento adventista] (Washington, D.C.: Review and Herald, 1937), p. 30.
25. White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 307.
26. __________, Mensajes selectos, t. 3, p. 32; El colportor evangélico (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2015), p. 224.
27. __________, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 305, 306.
28. Ibíd., pp. 307, 308.
29. Ibíd., p. 302.
30. White, El conflicto de los siglos, p. 7.
                                

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