Explicación

Hay un Santuario en el cielo, el verdadero Tabernáculo que el Señor erigió y no el ser humano. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo, en su ascensión, llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor, que fue tipificado por la obra del sumo sacerdote en el Lugar Santo del Santuario terrenal. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio, que fue tipificado por la obra del sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del Santuario terrenal. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo Santuario hebreo en el Día de la Expiación. En el servicio simbólico, el Santuario se purificaba mediante la sangre de los sacrificios de animales, pero las cosas celestiales se purifican mediante el perfecto sacrificio de la sangre de Jesús. El juicio investigador revela, a las inteligencias celestiales, quiénes de entre los muertos duermen en Cristo, siendo, por lo tanto, considerados dignos, en él, de participar en la primera resurrección. También pone de manifiesto quién, de entre los vivos, permanece en Cristo, guardando los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús, estando, por lo tanto, en él, preparado para ser trasladado a su Reino eterno. Este Juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecieron leales a Dios recibirán el Reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida (Lev. 16; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Heb. 1:3; 2:16, 17; 4:14-16; 8:1-5; 9:11-28; 10:19-22; Apoc. 8:3-5; 11:19; 14:6, 7, 12; 20:12; 22:11, 12).

HA LLEGADO LA HORA DEL SACRIFICIO DE LA TARDE. El sacerdote que oficia en el atrio del Templo de Jerusalén se halla listo para ofrecer un cordero como sacrificio. Cuando levanta el cuchillo para matar la víctima, la tierra se estremece. Aterrado, deja caer el cuchillo y el cordero escapa. Por sobre el fragor del terremoto, se oye un ruido desgarrador cuando una mano invisible rasga el velo del Templo de arriba abajo.
En el otro extremo de la ciudad, negras nubes envuelven una cruz. Cuando Jesús, el Cordero pascual de Dios, exclama: “¡Consumado es!”, muere por los pecados del mundo. El tipo se ha encontrado con el antitipo. Ha ocurrido el preciso acontecimiento al que señalaban los servicios del Templo a lo largo de los siglos. El Salvador ha completado su sacrificio expiatorio y, por cuanto el símbolo se ha encontrado con la realidad, los ritos que anticipaban ese sacrificio han sido suplantados. Ésa es la razón del velo rasgado, el cuchillo caído y el cordero que se fuga.
Sin embargo, la historia de la salvación abarca más que eso. Llega más allá de la Cruz. La resurrección y la ascensión de Jesús dirigen nuestra atención hacia el Santuario celestial, en el cual Cristo ya no es el Cordero, sino que ministra como sacerdote. Habiéndose ofrecido en sacrificio una vez y para siempre (Heb. 9:28), ahora pone los beneficios de este sacrificio expiatorio a disposición de todos.
El Santuario del cielo
Dios le dio instrucciones a Moisés para que construyera el primer Santuario, que funcionó bajo el primer (antiguo) pacto (Heb. 9:1), para que sirviera como su morada terrenal (Éxo. 25:8). En ese lugar, el pueblo aprendía el camino de la salvación. Unos 400 años más tarde, el Tabernáculo portátil de Moisés fue reemplazado por el Templo permanente que el rey Salomón construyó en Jerusalén. Después de que Nabucodonosor destruyó ese Templo, los exiliados que volvieron de la cautividad babilónica construyeron el segundo Templo, el cual Herodes el Grande remodeló, y que luego fue destruido por los romanos en el año 70 de nuestra era.
El Nuevo Testamento revela que el nuevo pacto también tiene un santuario, el cual está en el cielo. En él, Cristo ejerce como Sumo Sacerdote “a la diestra del trono de la Majestad”. Este Santuario es el “verdadero ­tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1, 2).1 En el monte Sinaí, se le mostró a Moisés “el modelo”, la copia, o la miniatura del Santuario celestial (ver Éxo. 25:9, 40).2 Al Santuario que Moisés construyó, la Escritura lo llama “las figuras de las cosas celestiales”, y “el santuario hecho de mano, figura del verdadero” (Heb. 9:23, 24). El Santuario terrenal y sus servicios, por lo tanto, nos dan una oportunidad especial para comprender el papel que cumple el Santuario celestial.
A través de toda la Sagrada Escritura, se presume la existencia de un Santuario o Templo celestial (ver, por ejemplo, Sal. 11:4; 102:19; Miq. 1:2, 3).3 En visión, Juan el revelador vio el Santuario celestial. Dice que “fue abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio” (Apoc. 15:5); en otro pasaje, declara: “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo” (Apoc. 11:19). Allí, el apóstol vio los objetos que sirvieron de modelo para los muebles del Santuario terrenal, tales como los siete candeleros de oro (Apoc. 1:12) y el altar de incienso (Apoc. 8:3). Vio también allí el arca del pacto, la cual era semejante a la del Lugar Santísimo terrenal (Apoc. 11:19).
El altar de incienso celestial está ubicado ante el trono de Dios (Apoc. 8:3; 9:13), que a su vez se encuentra situado en el Templo celestial de Dios (Apoc. 4:2; 7:15; 16:17). De este modo, la escena que muestra la sala del trono celestial (Dan. 7:9, 10) se desarrolla en el Templo o Santuario celestial. Por esta razón, los juicios finales surgen del Templo de Dios (Apoc. 15:5-8).
Por lo tanto, es claro que la Sagrada Escritura presenta el Santuario celestial como un lugar real (Heb. 8:2), y no una metáfora o abstracción.4 El Santuario celestial es la morada primaria de Dios.
El ministerio del Santuario celestial
El mensaje del Santuario es un mensaje de salvación. Dios usó sus servicios para proclamar el evangelio (Heb. 4:2). Los servicios del Santuario terrenal eran un “símbolo [parabole en griego; una parábola] para el tiempo presente”, hasta la primera venida de Cristo (Heb. 9:9, 10). “Por medio de símbolos y ritos, Dios se proponía –por medio de esta parábola evangélica– enfocar la fe de Israel sobre el sacrificio y el ministerio sacerdotal del Redentor del mundo, el ‘Cordero de Dios’ que quitaría el pecado del mundo (Gál. 3:23; Juan 1:29)”.5
El Santuario ilustraba tres fases del ministerio de Cristo: (1) el sacrificio sustitutivo, (2) la mediación sacerdotal, y (3) el juicio final.

El sacrificio sustitutivo. Cada sacrificio del Santuario simbolizaba la muerte de Jesús para el perdón de los pecados, revelando así la verdad según la cual “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb. 9:22). Esos sacrificios ilustraban las siguientes verdades:

1. El juicio de Dios sobre el pecado. Por cuanto el pecado consiste en una rebelión profundamente arraigada contra todo lo que es bueno, puro y verdadero, no se lo puede pasar por alto. “La paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).

2. La muerte de Cristo en reemplazo nuestro. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas [...] Mas Jeho­vá cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6). “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3).

3. Dios provee el sacrificio expiatorio. Ese sacrificio es “Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:24, 25). “Al que no conoció pecado [Dios], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Cristo, el Redentor, tomó sobre sí mismo el juicio del pecado. Por lo tanto, “Cristo fue tratado como nosotros merecemos, para que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por causa de nuestros pecados, en los que no había participado, con el fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por medio de su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte que era nuestra, para que pudiésemos recibir la vida que era suya. ‘Gracias a sus heridas fuimos sanados’ [Isa. 53:5]”.6
Los sacrificios del Santuario terrenal se repetían. Como un relato, esta parábola ritual de la redención se sucedía una y otra vez, año tras año. Por contraste, el Antitipo –la muerte expiatoria de nuestro Señor– sucedió en el Calvario de una vez para siempre (Heb. 9:26-28; 10:10-14).
En la cruz, la pena que merecía el pecado de la humanidad fue plenamente pagada. La justicia divina se mostró satisfecha. Desde una perspectiva legal, el mundo fue restaurado al favor de Dios (Rom. 5:18). La expiación, o reconciliación, se completó en la cruz tal como lo predecían los sacrificios, y el pecador penitente puede confiar en esa obra que nuestro Señor completó.7

El Mediador sacerdotal. Si el sacrificio de Cristo expió el pecado, ¿por qué se necesitaba un sacerdote?
El papel de sacerdote destaca la necesidad de que haya un mediador entre los pecadores y el Dios santo. La mediación sacerdotal revela cuán serio es el pecado, y la separación que causó entre el Dios inmaculado y sus criaturas pecaminosas. “Tal como cada sacrificio señalaba la muerte futura de Cristo, así también cada sacerdote apuntaba al ministerio mediador de Cristo como Sumo Sacerdote del Santuario celestial. ‘Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre’ (1 Tim. 2:5)”.8

1. Mediador y expiación. La aplicación de la sangre expiatoria durante el ministerio mediador del sacerdote era también considerada como una forma de expiación (Lev. 4:35). El término expiación implica una reconciliación entre dos individuos enemistados. Tal como la muerte expiatoria de Cristo reconcilió al mundo con Dios, así también su mediación, o la aplicación de los méritos de su vida sin pecado y su muerte en nuestro reemplazo, hace que para el creyente la reconciliación con Dios llegue a ser una realidad personal.
El sacerdocio levítico ilustra el ministerio salvador que Cristo ha estado realizando desde su muerte. Nuestro Sumo Sacerdote, “el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”, funciona en calidad de “Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1, 2).
El Santuario celestial es el gran centro de control desde el cual Cristo conduce su ministerio sacerdotal a favor de nuestra salvación. Se nos dice que “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25). Por lo tanto, nos anima a que nos acerquemos “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).
En el Santuario terrenal, los sacerdotes realizaban dos ministerios distintos: el ministerio cotidiano en el Lugar Santo, o primer apartamento (ver el cap. 4 de esta obra), y un ministerio anual en el Lugar Santísimo o segundo apartamento. Esos servicios ilustraban el ministerio sacerdotal de Cristo.9

2. El ministerio en el Lugar Santo. El ministerio sacerdotal que se rea­lizaba en el Lugar Santo del Santuario puede ser descrito como un minis­terio de intercesión, perdón, reconciliación y restauración. Era un ministerio continuo, que proveía constante acceso a Dios por medio del sacerdote.10 Simbolizaba la verdad de que el pecador arrepentido tiene acceso inmediato y constante a Dios por medio del ministerio sacerdotal de Cristo como Intercesor y Mediador (Efe. 2:18; Heb. 4:14-16; 7:25; 9:24; 10:19-22).
Cuando el pecador penitente11 venía al Santuario con un sacrificio, colocaba sus manos sobre la cabeza del animal inocente y confesaba sus pecados. Este acto transfería simbólicamente su pecado y su castigo a la víctima. Como resultado, obtenía el perdón de los pecados.12 Comenta la obra The Jewish Encyclopedia [La enciclopedia judía]: “El acto de colocar las manos sobre la cabeza de la víctima es un rito común por medio del cual se efectúa la sustitución y transferencia de los pecados”. “En cada sacrificio existe la idea de la sustitución; la víctima toma el lugar del pecador humano”.13
La sangre de la ofrenda por el pecado se aplicaba en una de dos formas: (1) Si se la llevaba al Lugar Santo, era rociada sobre el velo interior y colocada sobre los cuernos del altar de incienso (Lev. 4:6, 7, 17, 18). (2) Si no se la llevaba adentro del Santuario, era colocada en los cuernos del altar de los sacrificios que había en el atrio (Lev. 4:25, 30). En ese caso, el sacerdote comía parte de la carne del sacrificio (Lev. 6:25, 26, 30). En ambos casos, los participantes comprendían que sus pecados y su responsabilidad por ellos se transferían al Santuario y a su sacerdocio.14
“En esta parábola ritual, el Santuario asumía la culpabilidad y responsabilidad del penitente –al menos por el momento–, cuando el penitente ofrecía una ofrenda por el pecado, confesando sus errores. Salía de allí perdonado, seguro de que Dios lo había aceptado. De este modo, en la experiencia antitípica, cuando un pecador se siente atraído por el Espíritu Santo en actitud penitente a aceptar a Cristo como su Señor y Salvador, Cristo asume sus pecados y su responsabilidad. Es perdonado libremente. Cristo es tanto el Sustituto del creyente como su Fiador”.15
En el tipo y el antitipo, el ministerio del Lugar Santo está centrado en forma primaria en el individuo. El ministerio sacerdotal de Cristo provee para el perdón y la reconciliación entre el pecador y Dios (Heb. 7:25). “Por amor a Cristo, Dios perdona al pecador arrepentido, le imputa el carácter justo y la obediencia de su Hijo, perdona sus pecados, y registra su nombre en el libro de la vida como uno de sus hijos (Efe. 4:32; 1 Juan 1:9; 2 Cor. 5:21; Rom. 3:24; Luc. 10:20). Y si el creyente permanece en Cristo, nuestro Señor le imparte gracia espiritual por medio del Espíritu Santo, de modo que madura espiritualmente y desarrolla las virtudes y gracias que reflejan el carácter divino (2 Ped. 3:18; Gál. 5:22, 23)”.16
El ministerio del Lugar Santo produce la justificación y la santificación del creyente.

El juicio final. Los acontecimientos que sucedían durante el Día de la Expiación ilustran las tres fases del juicio final de Dios: (1) el “juicio premilenario” (o “juicio investigador”), es decir el juicio anterior al advenimiento de Cristo; (2) el “juicio milenario”; y (3) el “juicio ejecutivo”, que ocurre al final del milenio.

1. El ministerio en el Lugar Santísimo. La segunda división del ministerio sacerdotal está centrada primordialmente en el Santuario, y gira en ­torno a la purificación del Santuario y del pueblo de Dios. Esta forma de ministerio, cuyo foco era el Lugar Santísimo del Santuario, y que únicamente podía realizar el sumo sacerdote, se limitaba a un día del año religioso.
La purificación del Santuario requería dos machos cabríos, uno para el Señor y el otro para Azazel. El sumo sacerdote sacrificaba el macho cabrío del Señor, y hacia expiación por “el santuario [que en este capítulo equivale al Lugar Santísimo] y el tabernáculo de reunión [el Lugar Santo] y el altar [del atrio]” (Lev. 16:20; ver también 16:16-18).
Tomando la sangre del macho cabrío correspondiente al Señor, que representaba la sangre de Cristo, y llevándola al Lugar Santísimo, el sumo sacerdote la aplicaba directamente, en la presencia misma de Dios, al propiciatorio –la cubierta del arca que contenía los Diez Mandamientos–, para satisfacer los requerimientos de la santa Ley de Dios. Su acción simbolizaba el precio inmensurable que Cristo debió pagar por nuestros pecados y revelaba cuán ansioso está Dios de reconciliar consigo a su pueblo (ver 2 Cor. 5:19). A continuación, aplicaba la sangre al altar del incienso y al altar de los sacrificios, el cual cada día del año había sido rociado con la sangre que representaba los pecados confesados. De ese modo, el sumo sacerdote hacía expiación por el Santuario así como por el pueblo, y efectuaba la purificación de ambos (Lev. 16:16-20, 30-33).
Luego, en representación de Cristo como mediador, el sumo sacerdote tomaba sobre sí mismo los pecados que habían contaminado el Santuario y los transfería al macho cabrío vivo, el de Azazel, que a continuación era alejado del campamento del pueblo de Dios. Esta acción quitaba los pecados del pueblo que habían sido transferidos simbólicamente desde los creyentes arrepentidos al Santuario, por medio de la sangre o la carne de los sacrificios del ministerio diario de perdón. De este modo, el Santuario era purificado y preparado para la obra de un año más de ministerio (Lev. 16:16-20, 30-33).17 Y de esta forma, se arreglaban todas las cosas entre Dios y su pueblo.18
El Día de la Expiación, entonces, ilustra el proceso de juicio que enfoca la extirpación del pecado. La expiación que se realizaba ese día “anticipaba la aplicación final de los méritos de Cristo que eliminará por toda la eternidad la presencia del pecado y obtendrá la reconciliación plena del universo en un solo gobierno armonioso bajo la dirección de Dios”.19

Plano del Santuario

2. Azazel, el chivo emisario. La traducción ‘chivo emisario’ del término hebreo azazel viene del término latino que usa la Vulgata, caper emissarius, ‘chivo enviado’.20 Un cuidadoso examen de Levítico 16 revela que Azazel representa a Satanás y no a Cristo, como algunos han pensado. Los argumentos que apoyan esta interpretación son: “(1) El chivo emisario no era muerto como sacrificio, por lo cual no podía ser usado como medio de obtener perdón. ‘Sin derramamiento de sangre no se hace remisión’ (Heb. 9:22); (2) el Santuario era limpiado enteramente por la sangre del macho cabrío correspondiente al Señor antes de que el macho cabrío de Azazel fuese introducido en el ritual (Lev. 16:20); y (3) el pasaje trata al chivo emisario como un ser personal, opuesto en todo sentido a Dios (Lev. 16:8 dice literalmente ‘uno para Jeho­vá y el otro para Azazel’). Por lo tanto, en el contexto de la parábola del santuario, es más consecuente ver en el macho cabrío del Señor un símbolo de Cristo, y en el chivo emisario –Azazel– un símbolo de Satanás”.21

3. Las diferentes fases de juicio. El ritual del Día de la Expiación, que incluía al chivo emisario, apuntaba más allá del Calvario al fin definitivo del problema del pecado: la eliminación del pecado y de Satanás. La “plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás, su originador e instigador. Satanás y sus seguidores, así como todos los efectos del pecado, serán eliminados del universo por medio de la destrucción. La expiación por medio del juicio permitirá, por lo tanto, que surja un universo armonioso y plenamente reconciliado (Efe. 1:10). Este es el objetivo que cumplirá la segunda y final fase del ministerio sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial”.22 Este juicio producirá la vindicación final de Dios ante el universo.23

El Día de la Expiación describía gráficamente las tres fases del juicio final: 
1. La remoción de los pecados del Santuario está relacionada con la primera fase, investigadora o anterior al advenimiento del juicio. “Su enfoque se dirige a los nombres registrados en el Libro de la vida, tal como el Día de la Expiación enfocaba el acto de quitar del Santuario los pecados confesados de los penitentes. Los falsos creyentes serán echados fuera; la fe de los verdaderos creyentes y su unión con Cristo será confirmada ante el universo leal, y los registros de sus pecados serán borrados”.24

2. El destierro del chivo emisario en el desierto simboliza la prisión milenaria de Satanás en este mundo desolado, que comienza en la Segunda Venida y coincide con la segunda fase del juicio final, la cual se desarrolla en el cielo (Apoc. 20:4; 1 Cor. 6:1-3). Este juicio milenario abarca la revisión de la sentencia de los malvados, y beneficiará a los redimidos al proveer para ellos la comprensión de la forma como Dios trata con el pecado y con los pecadores que no fueron salvos. Responderá todas las preguntas que los redimidos puedan tener acerca de la misericordia y la justicia de Dios (ver el cap. 27 de esta obra).

3. El campamento limpio simboliza los resultados de la tercera fase del juicio, es decir, su aspecto ejecutivo, cuando el fuego destruya a los malvados y purifique el planeta (Apoc. 20:11-15; Mat. 25:31-46; 2 Ped. 3:7-13; ver el cap. 27 de esta obra).

El Santuario celestial en la profecía
En la presentación anterior, se ha enfocado el Santuario en sus aspectos de tipo y de antitipo. A continuación, lo haremos desde una perspectiva profética.

El ungimiento del Santuario celestial. La profecía de las 70 semanas que se registra en el capítulo 9 de Daniel predecía la inauguración del ministerio sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial. Uno de los últimos acontecimientos que sucederían durante los 490 años era el ungimiento del “Santo de los Santos” (Dan. 9:24; ver el cap. 4 de esta obra). La expresión hebrea qodesh qodeshim significa literalmente “Santo de los Santos”. Sería mejor, entonces, traducir la frase como “ungir al Santo de los Santos” o “ungir el Lugar Santísimo”.
Así como, durante la inauguración del Santuario terrenal, este fue ungido con aceite santo con el fin de consagrarlo para sus servicios, del mismo modo, en la inauguración del Santuario celestial, este debía ser ungido para consagrarlo al ministerio intercesor de Cristo. Con su ascensión poco después de su muerte y resurrección (Dan. 9:27),25 Cristo comenzó su ministerio como nuestro Sumo Sacerdote e Intercesor.

La purificación del Santuario celestial. Haciendo referencia a la purificación del Santuario celestial, el libro de Hebreos dice: “Casi todo es pu­rificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales [el Santuario terrenal] fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas [el Santuario celestial], con mejores sacrificios que éstos”, es decir, la sangre preciosa de Cristo (Heb. 9:22, 23).

Diversos comentadores han hecho notar esta enseñanza bíblica. Henry Alford señala que “el cielo mismo necesitaba, y obtuvo, purificación por medio de la sangre expiatoria de Cristo”.26 B. F. Westcott hace el siguiente comentario: “Puede decirse que aun ‘las cosas celestiales’, en cuanto incor­poran las condiciones de la vida futura del ser humano, contrajeron, debido a la Caída, algo que requería purificación”. Añade que la sangre de Cristo estuvo disponible “para la purificación del arquetipo celestial del Santuario terrenal”.27
Así como los pecados del pueblo de Dios eran colocados por fe sobre la ofrenda por el pecado, y luego eran transferidos simbólicamente al Santuario terrenal, del mismo modo bajo el nuevo pacto, los pecados que los penitentes confiesan son colocados por fe sobre Cristo.28
Y de la manera como durante el día típico de expiación, la purificación del Santuario terrenal quitaba los pecados acumulados allí, de la misma forma el Santuario celestial es purificado por la remoción definitiva del registro de los pecados que existen en los libros celestiales. Pero, antes de que se limpien definitivamente los registros, serán examinados para determinar quién tiene derecho a entrar en su Reino eterno por el arrepentimiento y la fe en Cristo. Por lo tanto, la purificación del Santuario celestial implica una obra de investigación o juicio,29 que refleja plenamente la naturaleza del Día de la Expiación como un día de juicio.30 Este juicio, que ratifica la decisión relativa a quiénes serán salvos y quiénes se perderán, debe realizarse antes de la Segunda Venida porque, en esa ocasión, Cristo vuelve “para recompensar a cada uno según sea su obra” (Apoc. 22:12). Entonces, también serán refutadas las acusaciones de Satanás (ver Apoc. 12:10).
Todos los que verdaderamente se han arrepentido y reclaman, por fe, la sangre del sacrificio expiatorio de Cristo, han recibido el perdón. Cuando sus nombres aparecen en este juicio y se los encuentra vestidos con el manto de la justicia de Cristo, sus pecados son eliminados del registro, y se los considera dignos de la vida eterna (Luc. 20:35). “El que venciere –dijo ­Jesús– será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Apoc. 3:5).
El profeta Daniel revela la naturaleza de este juicio investigador. Mientras el poder apóstata simbolizado por el cuerno pequeño continúa su obra blasfema y perseguidora contra Dios y su pueblo en el mundo (Dan. 7:8, 20, 21, 25), se colocan tronos y Dios preside en el juicio final. Este juicio se realiza en la sala del trono del Santuario celestial, y asisten multitudes de testigos celestiales. Cuando se inaugura la sesión, los libros se abren, señalando el comienzo de un procedimiento de investigación (Dan. 7:9, 10). No es sino hasta después de este juicio que el poder apóstata es destruido (Dan. 7:11).31

La hora del juicio. Tanto Cristo como el Padre participan en el juicio investigador. Antes de volver a esta tierra en “las nubes del cielo”, Cristo, como “Hijo del hombre”, “viene con las nubes del cielo” hasta “el Anciano de días”, Dios el Padre, y se presenta delante de él (Dan. 7:13). Desde su ascensión, Cristo ha actuado como Sumo Sacerdote, nuestro intercesor delante de Dios (Heb. 7:25). Pero, en esta ocasión, viene para recibir el Reino (Dan. 7:14).

1. El eclipse del ministerio sacerdotal de Cristo. El capítulo 8 de Daniel describe la controversia entre el bien y el mal, y el triunfo final de Dios. Este capítulo revela que, entre la inauguración del ministerio sumosacerdotal de Cristo y la purificación del Santuario celestial, un poder terrenal oscurecería el ministerio de Cristo.
El carnero de esta visión representaba al Imperio Medo-Persa (Dan. 8:2); los dos cuernos, el último de los cuales creció más, describen claramente sus dos fases, de las cuales la parte correspondiente al dominio de Persia surgió en último lugar. Tal como predijo Daniel, este reino oriental extendió su poder “al poniente, al norte y al sur”, y “se engrandecía” (Dan. 8:4).
El macho cabrío que venía del oeste simbolizaba a Grecia; el cuerno grande, su “rey primero”, representaba a Alejandro Magno (Dan. 8:21). Viniendo del “lado del poniente”, Alejandro derrotó rápidamente a Persia. Luego, pocos años después de su muerte, su imperio se había dividido en “cuatro reinos” (Dan. 8:8, 22): los imperios de Casandro, Lisímaco, Seleuco y Tolomeo.
“Al fin del reinado de éstos” (Dan. 8:23), en otras palabras, hacia el fin del dividido Imperio Griego, surgiría “un cuerno pequeño” (Dan. 8:9). Algunos consideran que Antíoco Epífanes, un rey sirio que gobernó sobre Palestina durante un corto período del segundo siglo a.C., constituye el cumplimiento de esta parte de la profecía. Otros, incluyendo a muchos de los reformadores, han identificado este cuerno pequeño como Roma, tanto en su fase pagana como papal. Esta última interpretación se ajusta exactamente a las especificaciones provistas por Daniel; la otra, por su parte, no lo hace.32 Nótense los puntos siguientes:

a. El poder representado por el cuerno pequeño se extiende desde la caída del Imperio Griego hasta el “tiempo del fin” (Dan. 8:17). Únicamente la Roma pagana y papal cumple estas especificaciones cronológicas.

b. Las profecías de Daniel 2, 7 y 8 son paralelas entre sí (ver el diagrama de paralelismo profético al final del cap. 24 de esta obra). Los cuatro metales de la imagen de Daniel 2 y las cuatro bestias de Daniel 7 representan los mismos imperios mundiales: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Tanto los pies de hierro y barro cocido como los diez cuernos de la cuarta bestia representan las divisiones de Roma; esos Estados divididos habrían de continuar existiendo hasta la Segunda Venida. Nótese que ambas profecías señalan a Roma como el sucesor de Grecia y como el último imperio mundial que había de surgir antes de la Segunda Venida y el juicio final. El cuerno pequeño de Daniel 8 aparece en la misma época; sigue a Grecia y es destruido en forma sobrenatural “no por mano humana” (Dan. 8:25; ver también Dan. 2:34).33

c. De Medo-Persia se dice que “se engrandecía”; de Grecia se afirma que “se engrandeció sobremanera”; por su parte, el cuerno pequeño “creció mucho” (Dan. 8:4, 8, 9). Roma, uno de los mayores imperios mundiales, se ajusta a esta especificación.

d. Únicamente Roma expandió su imperio hacia el sur (Egipto), el oriente (Macedonia y Asia Menor) y la “tierra gloriosa” (Palestina), tal como lo predecía la profecía (Dan. 8:9).

e. Roma “se engrandeció contra el Príncipe de los ejércitos”, el “Príncipe de los príncipes” (Dan. 8:11, 25), que no es otro que Jesucristo. “Contra Cristo y su pueblo, así como contra su Santuario, el poder de Roma libró una batalla asombrosa. Esta descripción cubre las fases pagana y papal de Roma. La Roma pagana se opuso a Cristo y destruyó el Templo de Jerusalén; por su parte, la Roma papal eclipsó efectivamente el ministerio mediador y sacerdotal que Cristo realizaba en beneficio de los pecadores en el Santuario celestial (ver Heb. 8:1, 2) al sustituir un sacerdocio que pretende ofrecer el perdón de los pecados a través de la mediación de seres humanos”.34 (Ver el cap. 13 de esta obra.) Este poder apóstata tendría mucho éxito, porque de él se dice que “echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó” (Dan. 8:12).

2. El tiempo de la restauración, la purificación y el juicio. Dios no podía permitir que el eclipse de la verdad relativa al ministerio sumosacerdotal continuase indefinidamente. Por medio de hombres y mujeres fieles y temerosos de Dios, revivió su causa. El redescubrimiento parcial del papel de Cristo como nuestro Mediador, que hizo la Reforma, causó un gran reavivamiento en el mundo cristiano. Pero, había verdades aún mayores acerca del ministerio celestial de Cristo, las cuales debían ser reveladas.
La visión de Daniel indicaba que el papel de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote se haría especialmente prominente hacia “el tiempo del fin” (Dan. 8:17), cuando nuestro Salvador comenzaría su obra especial de purificación y juicio además de su ministerio intercesor continuo (Heb. 7:25).35 La visión especifica cuándo comenzaría Cristo este ministerio antitípico del Día de la Expiación –la obra del juicio investigador (Dan. 7) y la purificación del Santuario–: “Hasta 2.300 tardes y mañanas; luego el Santuario será purificado” (Dan. 8:14).36 Por cuanto la visión se refiere al tiempo del fin, el Santuario a que alude no puede ser terrenal, ya que este fue destruido en el año 70 de nuestra era. La profecía, por lo tanto, debe referirse al Santuario del nuevo pacto, que está en el cielo, el lugar en donde Cristo ministra a favor de nuestra salvación.
¿Qué son los 2.300 días? O “2.300 tardes-mañanas”, que es lo que dice en el original hebreo.37 Según Génesis 1, una “tarde y mañana” es un día. Como hemos visto en los capítulos 4 y 13 de esta obra, el tiempo que ­especifica una profecía simbólica es también simbólico: un día profético representa un año. Así pues, y tal como muchos cristianos han creído a través de los siglos, los 2.300 días de Daniel 8 significan 2.300 años literales.38

a. Daniel 9 es la clave para descifrar Daniel 8. Dios comisionó al ángel Gabriel para que le enseñara la visión al profeta Daniel (Dan. 8:16). Pero su impacto le causó tal espanto al profeta, que se enfermó y Gabriel debió interrumpir su explicación. Al final del capítulo, Daniel comenta: “Y yo Daniel quedé quebrantado [...] estaba espantado a causa de la visión y no la entendía” (Dan. 8:27).
Debido a esta interrupción, Gabriel tuvo que demorar su explicación del factor tiempo, el único aspecto de la visión que aún no había explicado. Daniel 9 describe su retorno para completar esta responsabilidad. Daniel 8 y 9, por lo tanto, están conectados; el capítulo 9 es la clave para desentrañar el misterio de los 2.300 días.39 Cuando Gabriel apareció, le dijo a Daniel: “Ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento [...] entiende, pues, la orden y entiende la visión” (Dan. 9:23). A continuación, vuelve a introducir la visión de los 2.300 días. Su deseo de explicar los elementos cronológicos de la visión de Daniel 8 aclara por qué introduce su explicación refiriéndose a la profecía de las 70 semanas.
Las 70 semanas, o 490 años, estaban “determinadas” para los judíos y para Jerusalén (Dan. 9:24). El verbo hebreo subyacente es ­jathak. A pesar de que este verbo se usa una sola vez en las Escrituras, su significado puede comprenderse a partir de otras fuentes hebreas.40 El bien conocido diccionario hebreo-inglés de Gesenio declara que significa propiamente “cortar” o “dividir”.41

Profecía de los 2300 días/años

Con esta información preliminar, los comentarios de Gabriel se vuelven muy reveladores. Le dice a Daniel que 490 años debían ser cortados del período mayor de 2.300 años. Como punto de partida para los 490 años, Gabriel señaló “la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén” (Dan. 9:25), la cual fue promulgada en el año 457 a.C., el séptimo año de Artajerjes (ver el cap. 4 de esta obra).42
Los 490 años terminaron el año 34 de nuestra era. Si cortamos o restamos 490 años de los 2.300, quedan 1.810 años. Como los 2.300 años debían extenderse 1.810 años más allá del año 34 de nuestra era, llegan hasta el año 1844.43

b. Hacia una comprensión más completa del ministerio de Cristo. Durante la primera parte del siglo XIX, muchos cristianos, incluyendo bautistas, presbiterianos, metodistas, luteranos, anglicanos, episcopales, congregacionalistas y discípulos de Cristo, estudiaron con intensidad la profecía de Daniel 8.44 Todos esos estudiosos de la Biblia esperaban que, al fin de los 2.300 años, sucedieran algunos acontecimientos sumamente significativos. Dependiendo de su comprensión del santuario y del poder representado por el cuerno pequeño, anticipaban que este período profético terminaría con la purificación de la iglesia, la liberación de Palestina y de Jerusalén, el retorno de los judíos, la caída del poder turco o musulmán, la destrucción del papado, la restauración del verdadero culto, el comienzo del milenio terrenal, el día del juicio, la purificación de la tierra por el fuego, o el segundo advenimiento.45
Ninguna de esas predicciones se materializó, y todos los que creían en ellas sufrieron un chasco. Desde luego, la severidad de su decepción fue proporcional a la naturaleza del acontecimiento predicho. Es obvio que el chasco de los que esperaban que Cristo volviera en 1844 fue más traumático que el de los que esperaban el retorno de los judíos a Palestina.46
Como resultado de su decepción, muchos abandonaron el estudio de la profecía, o abandonaron el método histórico de interpretarla que los había llevado a esas conclusiones.47 Algunos, sin embargo, continuaron estudiando esta profecía y el tema del santuario con mucha oración e intensidad, enfocando con perseverancia el ministerio que Cristo realiza en nuestro favor en el Santuario celestial. Los esfuerzos fueron recompensados con una comprensión de ese ministerio ricamente ampliada. Descubrieron que la fe profética histórica de la iglesia primitiva y de la Reforma todavía era válida. Los cálculos del tiempo profético estaban correctos. Los 2.300 años habían terminado en 1844. Su error –y el de todos los intérpretes de esos días– radicaba en su comprensión de cuál acontecimiento sucedería al final de ese período profético. Nueva luz precedente del ministerio de Cristo en el Santuario celestial cambió su decepción, y la transformó en esperanza y gozo.48
Su estudio de las enseñanzas bíblicas acerca del Santuario les reveló que, en 1844, Cristo se presentó ante el Anciano de Días y comenzó la fase final de su ministerio sumosacerdotal en el Santuario celestial. Este ministerio era el antitipo de la purificación del Santuario que se realizaba en el Día de la Expiación, y que en Daniel 7 se describe como el juicio investigador anterior al advenimiento.
Esta nueva comprensión del ministerio celestial de Cristo “no es una desviación de la fe cristiana histórica. En vez de ello, constituye la culminación lógica y la consumación inevitable de esa fe. Es simplemente la aparición y el cumplimiento en los últimos días del énfasis profetizado que caracterizaría el evangelio eterno [...] en los segmentos finales de su testimonio ante el mundo”.49

Significado en el contexto de la gran controversia
Las profecías de Daniel 7 y 8 revelan en amplia perspectiva el resultado final de la gran controversia entre Dios y Satanás.

La vindicación del carácter de Dios. Por medio de las actividades del cuerno pequeño, Satanás procuró desafiar la autoridad de Dios. Las acciones de ese poder han pisoteado y arrojado reproche sobre el Santuario celestial, el centro del gobierno de Dios. Las visiones de Daniel señalan un juicio anterior al advenimiento, en el cual Dios pronunciará un veredicto de condenación sobre el cuerno pequeño y, por extensión, sobre el mismo Satanás. A la luz del Calvario, todas las acusaciones de Satanás serán refutadas. Todos comprenderán y estarán de acuerdo en que Dios estuvo siempre en lo correcto y que no tiene responsabilidad alguna por el problema del pecado. Su carácter saldrá inmaculado de la prueba y su gobierno de amor será confirmado.

La vindicación del pueblo de Dios. El mismo juicio que resulta en la condenación del poder apóstata del cuerno pequeño, “fue dado a favor de los santos del Altísimo” (Dan. 7:22, VM). En verdad, este juicio no solo vindica a Dios delante del universo, sino también a su pueblo. Los santos han sido despreciados y perseguidos por su fe en Cristo a través de los siglos; ahora este juicio pone las cosas en su lugar. El pueblo de Dios verá cumplirse la promesa de Cristo: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 10:32; ver también Luc. 12:8, 9; Apoc. 3:5).

El juicio y la salvación. El juicio investigador ¿pone en peligro la salvación de los que creen en Jesucristo? Por supuesto que no. Los verdaderos creyentes viven unidos con Cristo, confiando en él como Intercesor (Rom. 8:34). Su seguridad se basa en la promesa de que “Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
¿Por qué, entonces, debe realizarse un juicio investigador antes del advenimiento? Este juicio no es para el beneficio de la Deidad. Es primariamente para el beneficio del universo, puesto que refuta las acusaciones de Satanás y provee para la creación no caída la seguridad de que Dios permitirá entrar en su Reino sólo a quienes estén verdaderamente convertidos. De modo que Dios abre los libros de registro para una inspección imparcial (Dan. 7; 9; 10).
Los seres humanos pertenecen a una de tres clases: (1) los malvados, que rechazan la autoridad de Dios; (2) los creyentes genuinos que, confiando en los méritos de Cristo por la fe, viven en obediencia a la Ley de Dios; y (3) los que parecen creyentes genuinos, pero no lo son.
Los seres no caídos pueden distinguir fácilmente quiénes pertenecen a la primera clase. Pero ¿quién es un verdadero creyente y quién no lo es? Ambos grupos están escritos en el libro de la vida, que contiene los nombres de todos los que alguna vez han pasado a estar al servicio de Dios (Luc. 10:20; Fil. 4:3; Dan. 12:1; Apoc. 21:27). La misma iglesia contiene creyentes genuinos y falsos, el trigo y la cizaña (Mat. 13:28-30).
Los seres no caídos de la creación no son omniscientes; no pueden leer el corazón. “Por esto, se necesita un juicio –antes de la segunda venida de Cristo– para separar lo verdadero de lo falso y demostrar al universo interesado la justicia de Dios que salva al creyente sincero. La cuestión se desarrolla entre Dios y el universo, no entre Dios y sus hijos fieles. Requiere que se abran los libros de registro y que se revele la verdadera naturaleza de los que han profesado fe y cuyos nombres han sido entrados en el libro de la vida.50
Cristo describió este juicio en su parábola de los invitados a la boda que respondieron a la generosa invitación evangélica. Por cuanto no todos los que escogen ser cristianos son discípulos genuinos, el Rey viene para inspeccionar a los invitados y ver quién tiene puesto el vestido de bodas. Este vestido representa “el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo. A la iglesia ‘le fue dado que se vista de lino fino, limpio y brillante’, ‘que no tuviese mancha, ni arruga, ni cosa semejante’ (Apoc. 19:8; Efe. 5:27). ‘El lino fino’, dice la Escritura, ‘es las acciones justas de los santos’. Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal”.51 Cuando el rey pasa revista a los invitados, únicamente los que se han colocado el manto de la justicia de Cristo, que tan generosamente se les ofreció en la invitación evangélica, son aceptados como creyentes genuinos. Los que profesan ser seguidores de Dios, pero viven en desobediencia y no están cubiertos por la justicia de Cristo, son borrados del libro de la vida (ver Éxo. 32:33).
El concepto de un juicio investigador para todos los que profesan fe en Cristo no contradice la enseñanza bíblica de salvación por fe por medio de la gracia. 
Pablo sabía que un día le sería necesario afrontar el juicio. Por lo tanto, expresó el deseo de “ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino al que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9). A todos los que están unidos con Cristo se les asegura la salvación. En la fase del juicio final anterior al advenimiento, los creyentes genuinos que establecieron una relación salvadora con Cristo son confirmados ante el universo no caído.
Cristo, sin embargo, no puede asegurar la salvación de los que se limitan a profesar ser cristianos basándose en las buenas obras han realizado (ver Mat. 7:21-23). Los registros celestiales, por lo tanto, son algo más que una herramienta para separar a los creyentes genuinos de los falsos. Constituyen, además, el fundamento para confirmar a los creyentes genuinos delante de los ángeles.
“Lejos de robarle al creyente su seguridad en Cristo, la doctrina del Santuario la sostiene. Ilustra y clarifica en su mente el plan de salvación. Su corazón penitente se regocija al comprender la realidad de la muerte sustitutiva de Cristo por sus pecados, como lo prefiguraban los sacrificios del Santuario. Además, su fe se proyecta hacia el cielo para encontrar su significado en un Cristo viviente, su Abogado sacerdotal que mora en la presencia misma del santo Dios.52

Tiempo de alistarse. Dios se propone que estas buenas nuevas, relativas al fin del ministerio de salvación de Cristo, lleguen a todo el mundo antes de su regreso. El centro de este mensaje es el evangelio eterno, que debe ser proclamado con un sentido de urgencia por cuanto “la hora de su juicio ha llegado” (Apoc. 14:7). Este llamado amonesta al mundo en cuanto a que el juicio de Dios está realizándose ahora.
Hoy vivimos en el gran día antitípico de la expiación. Así como se requería que los israelitas afligieran sus almas en ese día (Lev. 23:27), del mismo modo Dios llama a su pueblo a experimentar un arrepentimiento de corazón. Todos los que desean retener sus nombres en el libro de la vida deben arreglar sus cuentas con Dios y con sus semejantes durante este tiempo en que se realiza el juicio de Dios (Apoc. 14:7).
La obra de Cristo como Sumo Sacerdote se acerca a su fin. Los años del tiempo de gracia para los seres humanos53 pasan con rapidez. Nadie sabe exactamente cuándo la voz de Dios proclamará: “Consumado es”. “Mirad –advirtió el Señor–, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Mar. 13:33).
Si bien es cierto que vivimos en el período pavoroso del día antitípico de la expiación, no necesitamos temer. Jesucristo, en su doble capacidad de Sacrificio y Sacerdote, ministra a favor de nosotros en el Santuario celestial. 

Bosquejo libro de Daniel

“Por tanto, teniendo un gran Sumo Sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:14-16).
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Referencias
1. El libro de Hebreos revela que, en el cielo, existe un Santuario real. En Hebreos 8:2, la palabra “santuario” es una traducción del griego ta hagia, forma plural de “lugar santo”. Se pueden encontrar usos adicionales de este término plural, por ejemplo, en Hebreos 9:8, 12, 24 y 25; 10:19; y 13:11. Ciertas traducciones dan la impresión de que Cristo ministra exclusivamente en el Lugar Santísimo o el Lugar Santo, no en el Santuario. Esto es porque los traductores consideran que el término ta hagia es un plural intensivo, y que se puede traducir como singular. Pero, un estudio de la Septuaginta y de Josefo demuestra que el término ta hagia se refiere en forma consecuente a “cosas santas” o los “lugares santos”, es decir, al mismo Santuario. Es el término general que se usa con referencia al Santuario completo, con sus lugares Santo y Santísimo.
	En la misma epístola a los Hebreos, hay amplio apoyo exegético para la idea de que, allí, el término ta hagia se refiere al Santuario completo. El primer uso de ta hagia en Hebreos ocurre en 8:2, y está en aposición al “verdadero tabernáculo”. Como es claro en 8:8 que “tabernáculo” (skene) indica el Santuario completo, en Hebreos 8:2 to hagia también debe designar el Santuario celestial completo. No hay razón para traducir el plural ta hagia en Hebreos como el Lugar Santísimo. En la mayoría de los casos, el contexto favorece la traducción de ta hagia en Hebreos como “el santuario” (“Christ and His High Priestly Ministry” [Cristo y su ministerio sumosacerdotal]), Ministry, octubre de 1980, p. 49.
	En su estudio del Santuario terrenal y ta hagia, los pioneros adventistas concluyeron que el Santuario celestial también posee dos departamentos. Esta comprensión es básica al desarrollo de sus enseñanzas acerca del Santuario (Damsteegt, “The Historical Development of the Sanctuary Doctrine in Early Adventist Thought” [Desarrollo histórico de la doctrina del Santuario en el pensamiento adventista temprano] (Manuscrito inédito, Biblical Research Institute of the General Conference of Se­venth‑day Adventists, 1983); ver también White, El conflicto de los siglos, pp. 465-467, 476-485.
2. Ver Comentario bíblico adventista, comentarios de Elena G. de White, t. 6, p. 1.082.
3. Antiguos escritos judíos revelan que algunos rabinos también creían en un Santuario celestial real. Comentando acerca de Éxodo 15:17, un rabino dijo: “La [posición del Santuario terrenal] corresponde con la del Santuario celestial y a la [posición del] arca con la del trono celestial (Midrash Rabbah. Numbers, ed. repr. [Londres: Soncino Press, 1961], t. 1, cap. 4, sec. 13, p. 110. Los corchetes están en el original). Otro rabino citado en el Talmud Babilónico se refirió al “Templo celestial y el terrenal” (Sanhedrin, 99b, I. Empstein, ed. [Londres: Sonsino Press, 1969]). Aun otro comenta: “No hay diferencia de opinión acerca de que el Santuario de abajo es la contraparte del Santuario de arriba” (Leon Nemoy, ed., The Midrash on Psalms, trad. de William G. Braude [New Haven, Conn: Yale University Press, 1959], Salmos 30, sec. 1, p. 386).
4. El libro de Hebreos describe un Santuario real en el cielo: “La realidad del Santuario celestial esta subrayada aun más por el adjetivo ‘verdadero’ de Hebreos 8:2. El Santuario celestial es el ‘verdadero’. El término griego que se usa aquí y en 9:24, donde también se lo aplica a la esfera celestial, es alehinos. Este adjetivo griego significa ‘real o verdadero’, opuesto a lo que es simplemente ‘aparente’. Debido a su distinción clásica del adjetivo griego alethes, que significa ‘verdadero’ en el sentido opuesto a ‘falso’, el adjetivo alethinos, que se usa dos veces con referencia al Santuario celestial, apunta en forma inequívoca a la realidad tangible de un Santuario en el cielo. De mismo modo en que se utiliza alethinos para describir a Dios como ‘verdadero’ en Juan 17:3 y, en forma consecuente, también lo hace Pablo (por ejemplo, en 1 Tes. 1:9), otras entidades, a su vez, poseen realidad en cuanto están asociadas con la realidad de Dios. Dado que el Santuario celestial se halla asociado con la realidad de Dios, es tan real como Dios es real” (Hasel, “Christ’s Atoning Ministry in Heaven” [El ministerio expiatorio de Cristo en el cielo], Ministry, enero de 1976, sección especial, p. 21c).
5. Holbrook, “Sanctuary of Salvation” [Un santuario de salvación], Ministry, enero de 1983, p. 14.
6. White, El Deseado de todas las gentes, pp. 17.
7. Holbrook, “Light in the Shadows” [Luz en las sombras], Journal of Adventist Education, octubre-noviembre de 1983, p. 27.
8. Ibíd., p. 28.
9. “Como el ministerio de Cristo iba a consistir en dos grandes divisiones, ocupando cada una un período de tiempo y teniendo un sitio distinto en el Santuario celestial, asimismo la ministración típica consistía en el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una sección del Tabernáculo” (White, Patriarcas y profetas, p. 371).
10. Mediante el sacrificio diario de la mañana y de la tarde, el sacerdote representaba a toda la nación.
11. El padre de la familia representaba a su esposa e hijos, los cuales no ofrecían sacrificios.
12. Ver, por ejemplo, Ángel M. Rodríguez, “Sacrificial Substitution and the Old Testament Sacrifices” [Los sacrificios de sustitución y los sacrificios del Antiguo Testamento], en Sanctuary and the Atonement [El Santuario y la expiación], pp. 134-156; “Transfer of Sin in Leviticus” [La transferencia del pecado en Levítico], 70 Weeks, Leviticus, and the Nature of Prophecy [Las 70 semanas, Levítico y la naturaleza de la profecía], F. B. Holbrook, ed. (Washington, D.C.: Biblical Research Institute of the General Conference of Seventh-day Adventists, 1986), pp. 169-197.
13. “Atonement, Day of” [Expiación, Día de] en The Jewish Encyclopedia, Isidoro Singer, ed. (New York: Funk and Wagnalls Co., 1903), p. 286. Ver también Hasel, “Studies in Biblical Atonement I: Continual Sacrifice, Defilement/Cleansing and Sanctuary” [Estudios en la expiación bíblica I: El sacrificio continuo, contaminación/purificación y santuario], Sanctuary and the Atonement, pp. 97-99.
14. Hasel, “Studies in Biblical Atonement I”, pp. 99-107; Alberto R. Treiyer, “The Day of Atonement as Related to the Contamination and Purification of the Sanctuary” [El Día de la Expiación en su relación con la contaminación y purificación del Santuario], 70 Weeks, Leviticus, Nature of Prophecy, p. 253.
15. Holbrook, “Light in the Shadows”, p. 27.
16. Ibíd., p. 29.
17. Ver, por ejemplo, Hasel, “Studies in Biblical Atonement II: The Day of Atonement” [Estudios sobre la expiación bíblica II: El Día de la Expiación], Sanctuary and Atonement, pp. 115-125.
18. Ver Hasel, “The ‘Little Horn’, the Saints, and the Sanctuary in Daniel 8” [El ‘cuerno pequeño’, los santos y el Santuario en Daniel 8], ibíd., pp. 206, 207; Treiyer, “Day of Atonement”, pp. 252, 253.
19. Holbrook, “Light in the Shadows” p. 29.
20. Ver “Azazel”, Diccionario bíblico adventista, pp. 122, 123.
21. Holbrook, “Sanctuary of Salvation”, p. 16. A través de los siglos, los expositores bíblicos han llegado a conclusiones similares. En la Septuaginta el término azazel se traduce por apopompaios, palabra griega que designa una deidad maligna. Los antiguos escritores judíos y los primeros padres de la iglesia se referían a él como el diablo (SDA Encyclopedia, ed. rev., pp. 1.291, 1.292). Los expositores de los siglos XIX y XX que mantienen puntos de vista similares incluyen a Samuel M. Zwemer, William Milligan, James Hasting y William Smith, de la Iglesia Presbiteriana; E. W. Hengstenberg, Elmer Flack y H. C. Alleman, de la Iglesia Luterana; William Jenks, Charles Beecher y F. N. PeLoubet, de la Iglesia Congregacional; John M’Clintock y James Stron, de la Iglesia Metodista; James M. Gray, de la Iglesia Episcopal Reformada; J. B. Rotherhorn, de los Discípulos de Cristo; y George A. Barton, de la Sociedad de los Amigos. Muchos otros han expresado puntos de vista similares (Questions on Doctrine, pp. 394, 395).
	Si Azazel representa a Satanás, ¿cómo puede la Escritura (ver Lev. 16:10) conectarlo con la expiación? Así como el sumo sacerdote, después de haber limpiado el Santuario, colocaba los pecados sobre Azazel, el cual era cortado para siempre del pueblo de Dios, así también Cristo, después de haber purificado el Santuario celestial, colocará los pecados de su pueblo que hayan sido confesados y perdonados sobre Satanás, el cual será eliminado para siempre del mundo de los salvados. “Cuán apropiado es que el acto final del drama de la lucha de Dios con el pecado consista en la colocación sobre la cabeza de Satanás de todo el pecado y culpabilidad que, habiendo surgido inicialmente de él, trajo tanta tragedia a las vidas de los que ahora están libertados de pecado por la sangre expiatoria de Cristo. Así se cierra el ciclo y el drama finaliza. Únicamente cuando Satanás, el instigador de todo pecado, sea finalmente quitado, podrá verdaderamente decirse que el pecado ha sido eliminado para siempre del universo de Dios. En este sentido acomodado, podemos comprender que el chivo emisario tiene una parte en la ‘expiación’ (Lev. 16:10). Una vez que los justos hayan sido salvados, los malvados ‘cortados’ y Satanás quitado de la existencia, sólo entonces, el universo volverá a un estado de perfecta armonía, como lo estaba originalmente, antes de que entrara el pecado” (Comentario bíblico adventista, t. 1, pp. 792, 793).
22. Holbrook, “Sanctuary of Salvation”, p. 16.
23. Treiyer, “Day of Atonement”, p. 245.
24. Holbrook, “Light in the Shadows”, p. 30.
25. Ver el capítulo 4 de esta obra.
26. Henry Alford, The Greek Testament [El testamento griego], 3a ed. (Londres: Deighton, Bell and Co., 1864), t. 4, p. 179.
27. B. F. Westcott, Epistle to the Hebrews [Epístola a los hebreos], pp. 271, 272.
28. Al colocar esos pecados confesados sobre Cristo, son “transferidos, de hecho, al Santuario celestial” (White, El conflicto de los siglos, p. 474).
29. Esta obra de juicio se refiere a los seguidores profesos de Dios. “En el ritual típico sólo quienes se habían presentado ante Dios con confesión y arrepentimiento, y cuyos pecados fueron llevados al Santuario a través de la sangre de la ofrenda por el pecado, tenían parte en el servicio del Día de la Expiación. De modo que, en el gran Día de la Expiación final y del juicio investigador, los únicos casos considerados son los de quienes profesaron ser el pueblo de Dios. El juicio de los impíos es una obra distinta y separada, y se verificará en una fecha posterior. ‘Ha llegado el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios. Pues, si comienza por nosotros, ¿qué fin tendrán los que no creen en el evangelio de Dios?’ (1 Ped. 4:17)” (White, ibíd., p. 534).
30. Durante mucho tiempo, la tradición judía ha considerado que Yom Kippur es un día de juicio, un día en el cual Dios se sienta en su trono y juzga al mundo. Se abren los libros de registros, todos pasan delante de él y su destino es sellado. Ver “Atonement, Day of” [Expiación, Día de], The Jewish Encyclopedia; Morris Silverman, ed., High Holiday Prayer Book [Libro de oraciones para los “Días temibles”] (Hartford, Conn: Prayer Book Press, 1951), pp. 147, 164. Yom Kippur también provee consuelo y seguridad para los creyentes, por cuanto es “el día en el cual la terrible anticipación de un juicio venidero finalmente cede lugar a la confiada afirmación de que Dios no condena, sino que perdonará abundantemente a los que se vuelvan a él en penitencia y humildad” (William W. Simpson, Jewish Prayer and Worship [Oración y adoración judías] (Nueva York: Seabury Press, 1965), pp. 57, 58.
31. Ver Arthur J. Ferch, “The Judgment Scene in Daniel 7” [La escena del juicio en Daniel 7], Sanctuary and Atonement, pp. 163-166, 169.
32. Con referencia a los problemas de la interpretación de Antíoco en Daniel, ver W. H. Shea, Selected Studies on Prophetic Interpretation [Estudios selectos sobre interpretación profética], pp. 25-55.
33. Shea, “Unity of Daniel” [La unidad de Daniel], Symposium on Daniel [Simposio acerca de Daniel], Holbrook, ed. (Washington, D.C.: Biblical Research Institute of the General Conference of Seventh-day Adventists, 1986), pp. 165-219.
34. “The Amazing Prophecies of Daniel and Revelation” [Las asombrosas profecías de Daniel y el Apocalipsis], These Times, abril de 1979, p. 18. Ver también Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, pp. 166-174; y el capítulo 13 de esta obra.
35. En el Santuario terrenal, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, cesando su ministerio en el primer departamento. “Así que, cuando Cristo entró en el Lugar Santísimo para consumar la obra final de expiación, cesó su ministración en el primer departamento. Pero cuando terminó el ministerio en el primer departamento, comenzó el ministerio en el segundo departamento. Cuando en el servicio típico el sumo sacerdote salía del Lugar Santo en el Día de la Expiación, se presentaba ante Dios para ofrecer la sangre de la ofrenda por el pecado en beneficio de todo israelita que se arrepintió verdaderamente de sus pecados. Así también Cristo, habiendo terminado sólo una parte de su obra como intercesor nuestro, entró en otra parte de la obra, y aún sigue ofreciendo su sangre ante el Padre en favor de los peca­dores” (White, El conflicto de los siglos, pp. 481, 482).
36. Numerosas versiones traducen el término hebreo nitsdaq como “será purificado”. El término “purificado” se encuentra en las traducciones inglesas más antiguas, como la Biblia de Bishop (1566), la Biblia de Ginebra (1560), la Biblia de Taverne (1551), la Gran Biblia (1539), la Biblia de Matthew (1537), Coverdale (1537) y Wycliffe (1382). Esta traducción viene de la Vulgata Latina, que usa el término mundabitur, “purificado”, y tiene sus raíces en las versiones griegas más antiguas del Antiguo Testamento: la Septuaginta y la de Teodoción, en las cuales se usa el término katharisthesetai, “será purificado”.
	La mayoría de las versiones modernas no refleja este concepto tradicional. Por cuanto nitsdaq se deriva de la raíz verbal tsadaq, la cual cubre una variedad de significados, incluyendo “rectificar”, “ser recto”, “justo”, “justificado” y “vindicado”, estas traducciones presentan tsadaq como “restaurado al estado en que debía estar” (RSV), “restaurado en forma adecuada” (NASB), “reconsagrado” (NVI) y “restaurado” (TEV). El paralelismo poético del Antiguo Testamento provee evidencia de que tsadaq puede ser sinónimo de taher, “ser limpio, puro” (Job 4:17; 17:9; NVI); de zakah, “ser puro, limpio” (Job 15:14; 25:4); y de bor, “limpieza” (Sal. 18:20). Nitsdaq, entonces, “incluye en su alcance semántico significados tales como ‘purificar, vindicar, justificar, rectificar, restaurar’. No importa como uno traduzca el término hebreo en un idioma moderno, la ‘purificación’ del Santuario incluye el acto mismo de limpiar, así como las actividades de vindicar, justificar y restaurar” (Hasel, “‘El cuerno pequeño’, el Santuario celestial y el tiempo del fin: un estudio de Daniel 8:9-14”, Symposium on Daniel, p. 453); ver también pp. 448-458; Hasel, “The ‘Little Horn,’ the Saints, and the Sanctuary in Daniel 8”, Sanctuary and Atonement, pp. 203-208; Niels-Erik Andreasen, “La traducción de nisdaq/katharisthesetai en Daniel 8:14”, Symposium on Daniel, pp. 475-496; Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, pp. 175, 176; “Cristo y su ministerio como Sumo Sacerdote”, Ministry, octubre de 1980, pp. 34, 35.
37. Algunos han interpretado que las “2.300 tardes-mañanas” constituyen tan solo 1.150 días literales (por ejemplo, la versión inglesa TEV). Pero esto es contrario al uso hebreo. Carl F. Keil, editor del comentario de Keil y Delitzsch, escribió: “Cuando los hebreos desean expresar el día y la noche en forma separada, las partes componentes de un día de una semana, entonces se expresa el numero de ambos. Dicen, por ejemplo: cuarenta días y cuarenta noches (Gen 7:4, 12; Éxo. 24:18; 1 Rey. 19:8), y tres días y tres noches (Jon. 2:1; Mat. 12:40), pero no ochenta o seis días-y-noches cuando desean referirse a cuarenta días o a tres días completos. El lector hebreo no podría comprender el período de 2.300 tardes-mañanas como 2.300 medios días o 1.150 días completos, por cuanto en la Creación, la tarde y la mañana no eran medio día, sino uno entero [...] Por lo tanto, debemos aceptar las palabras tal como suenan, es decir, comprender que se refieren a 2.300 días completos” (C. F. Keil, Biblical Commentary on the Book of Daniel [Comentario bíblico sobre el libro de Daniel], en Keil y F. Delitzsch, Biblical Commentary on the Old Testament [Comentario bíblico sobre el Antiguo Testamento] [Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1959], t. 25, pp. 303, 304). Para argumentos adicionales, ver Hasel, “Sanctuary of Daniel 8”, Sanctuary and Atonement, p. 195; Hasel, “The ‘Little Horn’, the Heavenly Sanctuary and the Time of the End”, Symposium on Daniel, pp. 430-433; Siegfried J. Schwantes, “Ereb Boqer of Daniel 8:14 reexamined” [Ereb boquer de Daniel 8:14 reexaminado], ibíd., pp. 462-464; Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, pp. 174, 175.
38. Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 2, p. 985; t. 3, pp. 252, 743; t. 4, pp. 397, 404. Con referencia al principio de que un día profético representa un año literal, ver Shea, Selective Studies on Prophetic Interpretation [Estudios selectos sobre interpretación profética], pp. 56-93.
39. Ver, por ejemplo, Hasel, “Sanctuary in Daniel 8” [El Santuario en Daniel 8], Sanc­tuary and Atonement, pp. 196, 197; Shea, “Unity of Daniel”, Symposium on Daniel, pp. 220-230.
40. Un análisis de los escritos hebreos como la Mishnah revela que, si bien jathak puede significar “determinar”, el significado más común “tiene que ver con la idea de cortar” (Shea, “The Relationship Between the Prophecies of Daniel 8 and Daniel 9” [La relación entre las profecías de Daniel 8 y Daniel 9], Sanctuary and Atonement, p. 242).
41. Gesenius, Hebrew and Chaldee Lexicon to the Old Testament Scripture [Léxico hebreo y caldeo de la Escritura del Antiguo Testamento], Samuel P. Tregelles, trad. (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1950), p. 314.
42. Ver Ferch, “Commencement Date for the Seventy Week Prophecy” [La fecha del comienzo de la profecía de las 70 semanas], 70 Weeks, Leviticus, and the Nature of Prophecy, pp. 64-74.
43. De Daniel 8 se desprende con claridad que los 2.300 días deben cubrir un largo período de años. Se hace la pregunta: “¿Hasta cuándo durará la visión?” (Dan. 8:13). El término “visión” es el mismo que se usa en los versículos 1 y 2. De modo que, cuando el mensajero celestial hace la pregunta “¿Hasta cuándo durará la visión?”, espera una respuesta que abarque toda la visión, comenzando con el primer animal simbólico y progresando al segundo, hasta el símbolo del cuerno y el tiempo del fin como se indica en los ver­sícu­los 17 y 19 de Daniel 8. Que la respuesta a esa pregunta sea la referencia a las 2.300 tardes y mañanas indica con claridad que estas deben abarcar el período desde el Imperio Medo-Persa hasta el fin del tiempo, lo cual implica que representan años.
44. Ver Damsteegt, Foundations of the Seventh-day Adventisa Message and Mission, pp. 14, 15; Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 4.
45. Froom, ibíd., p. 404.
46. Ver, por ejemplo, F. D. Nichol, The Midnight Cry [El clamor de medianoche] (Washington, D.C.: Review and Herald, 1944).
47. Ver Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, ts. 1-4; Damsteegt, Foundations of the 
Seventh-day Adventist Message and Mission, pp. 16-20.
48. Ver Damsteegt, Foundations of the Seventh-day Adventist Message and Mission, pp. 103-146; White, El conflicto de los siglos, pp. 476-485.
49. Froom, Movement of Destiny [Movimiento del destino], p. 543.
50. Holbrook, “Light in the Shadows”, p. 34.
51. White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 252.
52. Holbrook, “Light in the Shadows”, p. 35.
53. El fin del tiempo de prueba para la humanidad es el tiempo cuando ya no es posible el arrepentimiento. Hay tres formas en que puede cerrarse el tiempo de prueba para un individuo: (1) en su muerte; (2) cuando ha cometido el pecado imperdonable (Mat. 2:31, 32; Luc. 12:10); o (3) cuando el tiempo de prueba se cierre para todos, poco antes de la segunda venida de Cristo. Mientras Cristo actúe como Sumo Sacerdote y Mediador entre Dios y el hombre, estará disponible la misericordia. “Por lo tanto, ningún juicio puede ser derramado sin misericordia, hasta que la obra sacerdotal de Cristo se haya terminado. Pero las siete últimas plagas se derraman sin mezcla de misericordia (Apoc. 14:10; 15:1); por lo cual, el tiempo de su derramamiento es después de que Cristo ha cesado sus ruegos y se ha terminado el tiempo de gracia” (U. Smith, en SDA Encyclopedia, ed., rev., p. 1.152).
                                

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