Explicación

Dios el Padre eterno es el Creador, Originador, Sustentador y Soberano de toda la Creación. Es justo y santo, misericordioso y clemente, tardo en airarse, y abundante en amor y fidelidad. Las cualidades y las facultades del Padre se manifiestan también en el Hijo y en el Espíritu Santo (Gén. 1:1; Deut. 4:35; Sal. 110:1, 4; Juan 3:16; 14:9; 1 Cor. 15:28; 1 Tim. 1:17; 1 Juan 4:8; Apoc. 4:11).

COMIENZA EL GRAN DÍA DEL JUICIO. Tronos ardientes con ruedas de fuego son colocados en sus lugares. El Anciano de Días ocupa su lugar. De majestuosa apariencia, preside sobre la corte. Su presencia formidable se impone sobre el vasto público que llena el salón de la corte. Delante de él hay una multitud de testigos. El juicio está preparado, los libros se abren, y comienza el examen del registro de las vidas humanas (Dan. 7:9, 10).
El universo entero ha estado esperando este momento. Dios el Padre ejecutará su justicia contra toda maldad. Se pronuncia la sentencia: “Se dio el juicio a los santos del Altísimo; y [...] recibieron el reino” (Dan. 7:22). Por todo el cielo resuenan gozosas alabanzas y acciones de gracias. El carácter de Dios es percibido en toda su gloria, y su maravilloso nombre es vindicado por todo el universo.
Conceptos acerca del Padre
Con frecuencia se comprende mal a Dios el Padre. Muchos conocen la misión que Cristo vino a cumplir a este mundo en favor de la raza humana, y están al tanto del papel que el Espíritu Santo realiza en el individuo, pero ¿qué tiene que ver con nosotros el Padre? ¿Está él, en contraste con el Hijo lleno de bondad y el Espíritu, totalmente separado de nuestro mundo? ¿Es acaso el Amo ausente, la Primera Causa inamovible?
¿O será él, según algunos piensan, el “Dios del Antiguo Testamento”, un Dios de venganza, caracterizado por el dicho: “Ojo por ojo y diente por diente” (ver Mat. 5:38; Éxo. 21:24); un Dios exigente, que requiere conducta perfecta, bajo la amenaza de terribles castigos? ¿Un Dios que ofrece un contraste absoluto con la descripción que hace el Nuevo Testamento de un Dios de amor, el cual nos pide que volvamos la otra mejilla y que caminemos la segunda milla (Mat. 5:39‑41)?
Dios el Padre en el Antiguo Testamento
La unidad del Antiguo Testamento y el Nuevo, y su plan común de redención, se revela por el hecho de que el mismo Dios habla y actúa en ambos Testamentos para la salvación de su pueblo. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1:1, 2). Si bien el Antiguo Testamento alude a las Personas de la Deidad, no las distingue entre sí. Pero el Nuevo Testamento deja claro que Cristo, Dios el Hijo, fue el agente activo en la Creación (Juan 1:1‑3, 14; Col. 1:16) y que él fue el Dios que sacó a Israel de Egipto (1 Cor. 10:1‑4; Éxo. 3:14; Juan 8:58). Lo que el Nuevo Testamento declara acerca del papel que Cristo desempeñó en la Creación y el Éxodo sugiere que aun el Antiguo Testamento a menudo describe a Dios el Padre por medio del Hijo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19). El Antiguo Testamento describe a Dios el Padre en los términos siguientes:

Un Dios Padre. Dirigiéndose a Israel, Moisés se refirió a Dios como el Padre de ellos, quien los había redimido: “¿No es él tu padre que te creó?” (Deut. 32:6). Dios adoptó a Israel como su hijo: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo”, dice Oseas, describiendo la misión redentora de Dios (Ose. 11:1). “Porque soy a Israel por padre”, es la forma en que Dios habló a través de Jeremías (31:9). “Jeho­vá, tú eres nuestro padre”, exclamó Isaías (64:8). Dice el salmista: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jeho­vá de los que le temen” (Sal. 103:13). A través de Malaquías, Dios afirmó: “Si, pues, soy yo padre” (Mal. 1:6). En otra parte, Malaquías relacionó la paternidad de Dios con su papel como Creador: “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” (Mal. 2:10). Dios es nuestro Padre por Creación y por Redención. ¡Qué gloriosa verdad!
Un Dios de misericordia. A lo largo del Antiguo Testamento, se reconoce que Dios es misericordioso y clemente (Éxo. 34:6; 2 Crón. 30:9). “Sí, misericordioso es nuestro Dios”, canta el salmista, y afirma que “para siempre es su misericordia” (Sal. 116:5; 100:5). De acuerdo con el mandato divino cuando Moisés subió a al monte, Dios presentó una descripción de quién es él, y en este retrato la misericordia es un componente clave: “¡Jeho­vá! ¡Jeho­vá! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6, 7; ver Heb. 10:26, 27). 
Si bien Dios es misericordioso, los seres humanos no pueden exigir la misericordia de Dios (Éxo. 33:9) ni ganarla. Daniel oró y reconoció que sus súplicas a Dios en oración no estaban basadas en “nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias” (Dan. 9:18). Las montañas y las colinas se moverán, pero su misericordia no lo hará (Isa. 54:10). Con todo, la misericordia de Dios no perdona ciegamente, sino que se deja guiar por los principios de justicia y santidad. Los que rechazan la misericordia y el perdón divinos cosechan el castigo de su iniquidad.
En el Sinaí, Dios expresó su deseo de ser el amigo de Israel, y de estar con su pueblo. Por eso le dijo a Moisés: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxo. 25:8). Por cuanto el Santuario era la morada de Dios en la Tierra, se convirtió en el punto central de la experiencia de Israel. Y en el Santuario estaba el Propiciatorio de Dios, un símbolo de la seguridad eterna de Dios, de que los que se acerquen a él de ninguna manera serán rechazados.

El Dios del pacto. Ansioso de establecer relaciones perdurables, Dios instituyó pactos solemnes con personajes como Noé (Gén. 9:1‑17) y ­­Abraham (Gén. 12:1‑3, 7; 13:14‑17; 15:1, 5, 6; 17:1‑8; 22:15‑18; ver el cap. 7 de esta obra). Estos pactos revelan un Dios personal y amoroso, que se interesa en las situaciones por las que pasa su pueblo. A Noé le dio la seguridad de que habría estaciones regulares (Gén. 8:22) y de que nunca sucedería otro diluvio mundial (Gén. 9:11); a ­Abraham le prometió numerosos descendientes (Gén. 15:5‑7), y una tierra en la que él y sus descendientes pudieran morar (Gén. 15:18; 17:8). Más tarde, Dios estableció de manera definitiva un pacto con los hijos de Israel como nación en el Monte Sinaí, mediante el cual ­Israel entró en una relación amorosa y obediente con aquel que los redimió de la esclavitud de Egipto y los conduciría a la tierra que había prometido a ­­Abraham (Éxo. 19:5‑8; 24:3‑8). Tanto aquí como después en la promesa de un nuevo pacto con Israel (Jer. 31:31‑34), y nuevamente en el Pacto transferido a la iglesia cristiana (Heb. 8:7‑13; 1 Ped. 2:9, 10), Dios se revela en forma repetida como un Dios que guarda el pacto, prometiendo una relación de gracia y esperando una vida de obediencia por parte de su pueblo. “Seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo” (Jer. 7:23).

El Dios redentor. En el Éxodo, Dios guió milagrosamente a una nación de esclavos hasta la libertad. Este gran acto redentor constituye el telón de fondo de todo el Antiguo Testamento y provee un ejemplo del anhelo que Dios siente de ser nuestro Redentor. Dios no es una persona distante y desconectada, que no se interesa por nosotros; por el contrario, se halla íntimamente involucrado en nuestros asuntos. Conocer a Dios en su máxima virtud es reconocerlo como lo hizo Job: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25).
Los Salmos, especialmente, fueron inspirados por la profundidad de la injerencia amorosa de Dios: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?” (Sal. 8:3, 4). “Te amo, oh Jeho­vá, fortaleza mía. Jeho­vá, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Sal. 18:1, 2). “Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro” (Sal. 22:24).

Un Dios de refugio. David consideraba a Dios como alguien en quien podemos encontrar refugio. El tema del “refugio” que aparece repetidamente en los Salmos describe tanto a Cristo como al Padre. La Deidad era un refugio para el salmista. “Él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto” (Sal. 27:5). “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Sal. 46:1). “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jeho­vá está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre” (Sal. 125:2).
El salmista expresa el anhelo de gozar más de la presencia de su Dios: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal. 42:1, 2). Por experiencia propia, David testificó: “Echa sobre Jeho­vá tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Sal. 55:22). “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” (Sal. 62:8). El Creador es un “Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Sal. 86:15).

Un Dios perdonador. Después de haber cometido adulterio y asesinato, David rogó con profundo anhelo: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones”. “No me eches de delante de ti, y no quies de mí tu Santo Espíritu” (Sal. 51:1, 11). David se sintió reconfortado por la seguridad de que Dios es maravillosamente misericordioso. “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jeho­vá de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Sal. 103:11‑14). “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad?”, exclama Miqueas, porque “no retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” y “sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miq. 7:18, 19). El amor perdonador de Dios es tan grande que anhela que regresemos a él para poder perdonarnos y sanarnos (Ose. 14:4).

Un Dios de bondad. “Gustad, y ved que es bueno Jeho­vá”, es la invitación de Dios para todos (Sal. 34:8). Dios es el que “hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos. Jeho­vá liberta a los cautivos; Jeho­vá abre los ojos a los ciegos; Jeho­vá levanta a los caídos; Jeho­vá ama a los justos. Jeho­vá guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene” (Sal. 146:7‑9). ¡Qué maravilloso es el cuadro de la bondad de Dios!

Un Dios de fidelidad. A pesar de la grandeza de Dios, Israel pasó lamayor parte del tiempo apartado de él (Lev. 26; Deut. 28). Se describe la actitud de Dios hacia Israel como la de un esposo que ama a su esposa. El libro de Oseas ilustra en forma conmovedora la fidelidad de Dios frente al flagrante rechazo e infidelidad de su pueblo. La persistente disposición de Dios a perdonar revela su carácter de amor incondicional.
Si bien Dios, en su deseo de corregir la conducta de Israel, le permitió experimentar las calamidades causadas por su infidelidad, de todos modos lo abrazó con su misericordia. Le aseguró: “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isa. 41:9, 10). A pesar de su infidelidad, Dios le promete con ternura: “Y confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su prevaricación con que prevaricaron contra mí [...] entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado. Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con ­Abraham me acordaré” (Lev. 26:40‑42; ver Jer. 3:12).
Dios le recuerda a su pueblo su actitud redentora: “Israel, no me olvides. Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isa. 44:21, 22). Con razón, Dios tiene derecho a decir: “Mirad a mí, y sed salvos todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isa. 45:22).

Un Dios de salvación y de venganza. La descripción que hace el Antiguo Testamento de Dios como un Dios de venganza debe ser comprendida en el contexto de la destrucción de su pueblo fiel por los malvados. Por medio del tema del “día del Señor”, los profetas revelan las acciones de Dios en defensa de su pueblo al fin del tiempo. Es un día de salvación para su pueblo, pero un día de venganza sobre sus enemigos, los cuales serán destruidos. “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará” (Isa. 35:4).
Dios el Padre en el Nuevo Testamento
El Dios del Antiguo Testamento no difiere del Dios del Nuevo. Dios el Padre está revelado como el originador de todas las cosas, el Padre de todos los verdaderos creyentes y, en un sentido especialísimo, el Padre de Jesucristo.

El Padre de toda la Creación. Pablo identifica al Padre, distinguiéndolo de Jesucristo: “Solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas [...] y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Cor. 8:6; ver Heb. 12:9; Juan 1:17). El apóstol da el siguiente testimonio: “Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efe. 3:14, 15).

El Padre de todos los creyentes. El Nuevo Testamento considera que esta relación espiritual entre padre e hijo no se restringe a Dios y la nación de Israel, sino que se extiende también a Dios y el creyente individual. Jesús provee los parámetros que guían esta relación (Mat. 5:45; 6:6‑15), la cual se establece a través de la aceptación que el creyente hace de Jesucristo (Juan 1:12, 13).
A través de la redención que Cristo ha obrado, los creyentes son adoptados como hijos de Dios. El Espíritu Santo facilita esta relación. Cristo vino “para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gál. 4:5, 6; ver Rom. 8:15, 16).
La expresión más significativa de Dios como Padre de todos los creyentes se encuentra en la oración modelo que Jesús enseñó a sus seguidores (Mat. 6:9‑13). Cuando los creyentes oran: “Padre nuestro que estás en los cielos”, reconocen que Dios es una persona, capaz de entablar la relación más íntima y afectuosa con ellos. Él es tan personal, tan real, tan amoroso y tan atento como un padre; pero él es el Padre celestial, santo y de carácter perfecto, amoroso y misericordioso en su cuidado y en sus relaciones. Él no es humano.

Jesús revela al Padre. Jesús, Dios el Hijo, proveyó la más profunda revelación de Dios el Padre al venir en la carne humana, en calidad de autorrevelación de Dios (Juan 1:1, 14). Juan declara: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo [...] él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Jesús dijo: “He descendido del cielo” (Juan 6:38); “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Conocer a Jesús es conocer al Padre.
La epístola a los Hebreos hace énfasis en la importancia de esta revelación personal: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo [...] siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Heb. 1:1‑3).

1. Un Dios que da. Jesús reveló que su Padre es un Dios generoso, que da. Vemos su generosidad en el acto de dar durante la Creación, en Belén y en el Calvario.
En la Creación, el Padre y el Hijo actuaron juntos. Dios nos dio vida a pesar de saber que hacer eso llevaría a su propio Hijo a la muerte. 
En Belén, se entregó a sí mismo al entregar a su Hijo. ¡Qué dolor habrá experimentado el Padre cuando su Hijo entró en nuestro planeta contaminado por el pecado! Imaginemos los sentimientos del Padre al ver a su Hijo cambiar el amor y la adoración de los ángeles por el odio de los pecadores; la gloria y felicidad del cielo por el sendero de la muerte.
Pero es el Calvario lo que provee para nosotros la mayor comprensión del Padre. El Padre, siendo divino, sufrió el dolor de verse separado de su Hijo –en la vida y en la muerte– con mayor intensidad de lo que ningún ser humano jamás podría experimentar. Además, sufrió con Cristo en la misma medida. ¡Cómo podríamos pretender que existiera un testimonio mayor acerca del Padre! La Cruz revela, como ninguna otra cosa puede hacerlo, la verdad acerca del Padre.

2. Un Dios de amor. El tema favorito de Jesús era la ternura y el abundante amor de Dios. “Amad a vuestros enemigos –dijo el Salvador–, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mat. 5:44, 45). “Y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Luc. 6:35, 36).
Al humillarse para lavar los pies del que lo traicionaría (Juan 13:5, 10‑14), Jesús reveló la naturaleza amante del Padre. Al contemplar a Cristo alimentando a los hambrientos (Mar. 6:39‑44; 8:1‑9), sanando a los sordos (Mar. 9:17‑29), devolviendo el habla a los mudos (Mar. 7:32‑37), abriendo los ojos de los ciegos (Mar. 8:22‑26), levantando a los paralíticos (Luc. 5:18‑26), curando a los leprosos (Luc. 5:12, 13), resucitando a los muertos (Mar. 5:35‑43; Juan 11:1‑45), perdonando a los pecadores (Juan 8:3‑11) y echando fuera demonios (Mat. 15:22‑28; 17:14‑21), vemos a Dios mezclándose con los hombres, trayéndoles su vida, libertándolos, concediéndoles esperanza y llamando su atención a la nueva Tierra restaurada que habría de venir. Cristo sabía que la única forma de llevar a los individuos al arrepentimiento era revelarles el precioso amor de su Padre (Rom. 2:4).
Tres de las parábolas de Cristo describen la preocupación amorosa que Dios siente por la humanidad perdida (Luc. 15). La parábola de la oveja perdida enseña que la salvación viene a nosotros por iniciativa de Dios, y no porque nosotros podamos buscarlo a él. Como un pastor ama a sus ovejas y arriesga su vida cuando una falta, así también en medida cada vez mayor, Dios manifiesta su amor anhelante por todo pecador perdido.
Esta parábola también tiene significado cósmico: la oveja perdida representa nuestro mundo rebelde, un simple átomo en el vasto universo de Dios. El hecho de que Dios haya entregado el más preciado don en su Hijo con el fin de restaurar a nuestro planeta al redil indica que nuestro mundo caído es tan precioso a los ojos de él como el resto de su creación.
La parábola de la moneda perdida destaca el inmenso valor que Dios coloca sobre nosotros los pecadores. 
La parábola del hijo pródigo muestra el amor infinito del Padre, que les da la bienvenida al hogar a sus hijos penitentes. Si hay gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente (Luc. 15:7), imaginemos el gozo que el universo experimentará cuando nuestro Señor venga por segunda vez.
El Nuevo Testamento hace clara la íntima participación que el Padre tiene en el retorno de su Hijo. Ante la Segunda Venida, los malvados claman a las montañas y a las rocas: “Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero” (Apoc. 6:16). Jesús dijo: “Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles” (Mat. 16:27); “[...] veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mat. 26:64).
Con un corazón anhelante, el Padre anticipa la Segunda Venida, cuando los redimidos sean finalmente llevados a su hogar eterno. Entonces se verá que su acto de enviar “a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Juan 4:9) claramente no habrá sido en vano. Únicamente el amor abnegado e insondable puede explicar por qué, aunque éramos enemigos, “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). ¿Cómo podríamos rechazar tal amor, y rehusar reconocerlo como nuestro Padre?
                                

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