Explicación

La iglesia universal está compuesta por todos los que creen verdaderamente en Cristo; pero, en los últimos días, una época de apostasía generalizada, se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del Juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y pregona la proximidad de su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la obra del Juicio en los cielos y, como resultado, se produce una obra de arrepentimiento y reforma en la Tierra. Se invita a todos los creyentes a participar personalmente en este testimonio mundial (Dan. 7:9-14; Isa. 1:9; 11:11; Jer. 23:3; Miq. 2:12; 2 Cor. 5:10; 1 Ped. 1:16-19; 4:17; 2 Ped. 3:10-14; Jud. 3, 14; Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4).

EL GIGANTESCO DRAGÓN ROJO SE AGAZAPA, listo para saltar. Ya ha provocado la caída de un tercio de los ángeles del cielo (Apoc. 12:4, 7-9). Ahora, si puede lograr su propósito de devorar al niño que está por nacer, habrá ganado la guerra.
La mujer que se halla delante de él está vestida del Sol, tiene la Luna bajo sus pies y lleva una corona de doce estrellas. El hijo varón que ella da a luz está destinado a regir “con vara de hierro a todas las naciones”.
El dragón lanza su ataque, pero sus esfuerzos por matar al niño son vanos. En cambio, este “fue arrebatado para Dios y para su trono”. Enfurecido, el dragón torna su ira contra la madre, a la cual se le conceden milagrosamente alas, que le permiten huir a un lugar remoto especialmente preparado por Dios, quien la sustenta allí por un tiempo, y tiempos y la mitad de un tiempo; es decir, 3 años y medio, o 1.260 días proféticos (Apoc. 12:1-6, 13, 14).
En la profecía bíblica, una mujer pura representa a la iglesia fiel de Dios.1 Una mujer representada como fornicaria o adúltera representa al pueblo de Dios que ha apostatado (Eze. 16; Isa. 57:8; Jer. 31:4, 5; Ose. 1-3; Apoc. 17:1-5).
El dragón, “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás”, esperaba la oportunidad de devorar al Niño varón, el Mesías largamente esperado, Jesucristo. Satanás, en su guerra contra Jesús, usó como su instrumento al Imperio Romano. Nada, ni siquiera la muerte en la Cruz, pudo desviar a Jesús de su misión como Salvador de la humanidad.
En la Cruz, Cristo derrotó a Satanás. Refiriéndose a la crucifixión, Cristo dijo: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). El Apocalipsis describe el himno de victoria que resuena en el cielo: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche [...] por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos” (Apoc. 12:10-12). La expulsión de Satanás del cielo restringió su actividad. Ya no podría el diablo acusar al pueblo de Dios ante los seres celestiales.
Pero, mientras que el cielo se goza, la Tierra debe estar alerta: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12).
Para desahogar su ira, Satanás comenzó a perseguir a la mujer –la iglesia (Apoc. 12:13)–, la cual, a pesar de su gran sufrimiento, de todos modos sobrevivió. Las zonas escasamente pobladas del mundo –“el desierto”– proveyeron refugio para los fieles de Dios durante los 1.260 días proféticos, o años literales (Apoc. 12:14-16; ver, en el cap. 4 de esta obra, lo relacionado con el principio de día por año).2
Al fin de esta experiencia en el desierto, el pueblo de Dios emerge en respuesta a las señales del pronto retorno de Cristo. Juan identifica a este grupo fiel como “el resto [...] los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17). El diablo odia a este grupo con especial saña.
¿Cuándo y dónde sucedió esta persecución? ¿Qué le dio origen? ¿Cuándo comenzó a aparecer el Remanente? ¿Cuál es su misión? La respuesta a estas preguntas requiere un repaso, tanto de la Escritura como de la historia.
La gran apostasía
La persecución de la iglesia fue provocada en primer lugar por la Roma pagana, y luego por una gran apostasía dentro de sus propias filas. Esta apostasía no vino por sorpresa, puesto que Juan, Pablo y el mismo Señor Jesús la predijeron.
Durante su último discurso formal, Jesús amonestó a sus discípulos acerca del engaño venidero. “Mirad que nadie os engañe –les advirtió– [...] porque se levantarán falsos cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mat. 24:4, 24). Sus seguidores experimentarían un período de “gran tribulación”, pero sobrevivirían (Mat. 24:21, 22). Señales impresionantes de la naturaleza marcarían el fin de esta persecución y revelarían la cercanía del retorno de Cristo (Mat. 24:29, 32, 33).
Por su parte, el apóstol Pablo advirtió lo siguiente: “Después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hech. 20:29, 30). Esos “lobos” llevarían a la iglesia a “la apostasía”.
Esa apostasía debía ocurrir antes del retorno de Cristo, dijo Pablo. Era algo tan cierto que el hecho de que todavía no había sucedido era una señal segura de que la venida de Cristo no era todavía inminente. “Nadie os engañe en ninguna manera –dijo el apóstol–; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Tes. 2:3, 4).
Durante la época de Pablo, esta apostasía ya se hallaba obrando en forma limitada. Su método de operación era satánico, “con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad” (2 Tes. 2:9, 10). Antes del fin del primer siglo, el apóstol Juan declaró que “muchos falsos profetas han salido por el mundo”. En verdad, dijo, “el espíritu del anticristo [...] ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1, 3).
¿Cómo surgió este sistema de apostasía?

El surgimiento del “hombre de pecado”. “Al dejar la iglesia su ‘primer amor’ (Apoc. 2:4), abandonó su pureza doctrinal, sus elevadas normas de conducta personal y el invisible vínculo de unidad que proveía el Espíritu Santo. En el culto, el formalismo reemplazó a la sencillez. La popularidad y el poder personal pasaron a determinar con creciente influencia la elección de dirigentes, los cuales primero asumieron autoridad cada vez mayor dentro de la iglesia local, y luego procuraron extenderla sobre las iglesias vecinas.
“La administración de la iglesia local bajo la dirección del Espíritu Santo finalmente dio paso al autoritarismo eclesiástico en poder de un solo magistrado, el obispo, a quien cada miembro de iglesia estaba personalmente sujeto, y únicamente por cuyo intermedio el creyente tenía acceso a la salvación. Desde entonces, los dirigentes solo pensaron en gobernar la iglesia en vez de servirla, y el ‘mayor’ ya no era aquel que se consideraba ‘siervo de todos’. De ese modo, gradualmente se formó el concepto de una jerarquía sacerdotal que se interpuso entre el cristiano como individuo y su Señor”.3
A medida que se erosionaba la importancia del individuo y de la iglesia local, el obispo de Roma surgió como el poder supremo de la cristiandad. Con el apoyo del emperador, este obispo, o papa4 fue reconocido como la cabeza visible de la iglesia universal, y pasó a estar investido de suprema autoridad sobre todos los dirigentes de su iglesia en el mundo.
Bajo la conducción del papado,5 la iglesia cristiana se hundió cada vez más en la apostasía. La popularidad creciente de la iglesia aceleró su descenso. Las normas rebajadas hicieron que los inconversos se sintieran confortables en la iglesia. Multitud de individuos que comprendían muy poco del verdadero cristianismo se unieron a la iglesia solo de nombre, llevando consigo sus doctrinas paganas, sus imágenes, sus modalidades de culto, celebraciones y fiestas.
Esas transigencias entre el cristianismo y el paganismo llevaron a la formación del “hombre de pecado”, un sistema gigantesco de religión falsa, una mezcla de verdad y error. La profecía del segundo capítulo de 2 Tesalonicenses no condena a los individuos, sino que expone el sistema religioso responsable de la gran apostasía. Dentro de este sistema, sin embargo, hay muchos creyentes que pertenecen a la iglesia universal de Dios, porque viven según toda la luz que tienen.

La iglesia sufriente. Junto con el descenso de la espiritualidad, la iglesia de Roma desarrolló un perfil más secular, con vínculos más estrechos con el Gobierno imperial. La Iglesia y el Estado se unieron en una alianza profana.
En su obra clásica, La ciudad de Dios, Agustín, uno de los padres más influyentes de la iglesia, estableció el ideal católico de una iglesia universal en control de un Estado universal. El pensamiento de Agustín estableció el fundamento de la teología medieval del papado.
En el año 533 d.C., en una carta incorporada en el código de Justiniano, el emperador Justiniano declaró que el obispo de Roma era la cabeza de todas las iglesias.6 También reconoció la influencia del Papa en la eliminación de los herejes.7
Cuando Belisario, general de Justiniano, liberó a Roma en el año 538 d.C., el obispo de Roma se vio libre del control de los ostrogodos, cuyo arrianismo había resultado en la restricción de la Iglesia Católica en desarrollo. Ahora el obispo podría ejercer las prerrogativas que le había concedido el decreto de Justiniano, en el año 533 d.C.; ahora podría aumentar la autoridad de la “Santa Sede”. A partir de allí comenzaron los 1.260 años de persecución que había predicho la profecía bíblica (Dan. 7:25; Apoc. 12:6, 14; 13:5-7).
Trágicamente, la Iglesia, asistida por el Estado, procuró imponer sus decretos y enseñanzas sobre todos los cristianos. Muchos abandonaron sus creencias por temor a la persecución, mientras que los que decidieron permanecer fieles a las enseñanzas bíblicas experimentaron severa persecución. El mundo cristiano se convirtió en un campo de batalla. ¡Muchos fueron aprisionados o ejecutados en el nombre de Dios! Durante los 1.260 años de persecución, millones de fieles creyentes experimentaron grandes sufrimientos y muchos debieron sellar con la muerte su lealtad a Cristo.8
Cada gota de sangre derramada pasó a ser una mancha en el nombre de Dios y de Jesucristo. Nada ha dañado más la causa del cristianismo que esta despiadada persecución. La visión terriblemente distorsionada del carácter de Dios que proveen estas actividades de la iglesia, y las doctrinas del purgatorio y el tormento eterno, llevaron a muchos a rechazar por completo el cristianismo.
Mucho antes de la Reforma, diversas voces dentro de la Iglesia Católica protestaron contra el despiadado asesinato de sus oponentes, sus pretensiones arrogantes y su corrupción desmoralizadora. La negativa de la iglesia a reformarse provocó el nacimiento de la Reforma protestante del siglo XVI. El éxito de este movimiento le asestó un fuerte golpe a la autoridad y al prestigio de la iglesia de Roma. Por medio de la Contrarreforma, el Papado se dedicó a una sangrienta lucha para aplastar la Reforma, pero gradualmente perdió la batalla contra las fuerzas que luchaban en favor de la libertad civil y religiosa. 
Finalmente, en 1798, 1.260 años después del año 538 d.C., la Iglesia Católica Romana recibió una herida mortal (ver Apoc. 13:3).9 Las victorias espectaculares de los ejércitos de Napoleón en Italia colocaron al Papa a la merced del Gobierno revolucionario francés, el cual consideraba que la religión romana era el enemigo irreconciliable de la República. El Gobierno francés ordenó a Napoleón que tomara preso al Papa. Bajo sus órdenes, el general Berthier entró en Roma y proclamó el fin del poder político del Papado. Tomando cautivo al Papa, Berthier lo llevó consigo a Francia, donde murió en el exilio.10
El derrocamiento del Papado fue el acontecimiento culminante de una larga serie asociada con su declinación progresiva. Este suceso marca el fin del período profético de los 1.260 años. Muchos protestantes lo interpretaron como el cumplimiento de la profecía.11
La Reforma
Entre los principales factores que causaron el clamor del pueblo por reformas dentro de la iglesia establecida se hallan las doctrinas sin base bíblica, cuyo fundamento es la tradición; la persecución enconada de los disidentes; y la corrupción y la decadencia espiritual manifestadas en gran número de los miembros del clero.

Puntos doctrinales. Se ofrecen a continuación algunos ejemplos de las doctrinas extrabíblicas que ayudaron a impulsar la Reforma protestante, y que todavía separan a los protestantes y los católicos.

1. La cabeza de la iglesia en el mundo es el vicario de Cristo. Esta doctrina pretende que únicamente el obispo de Roma es el vicario o representante de Cristo en el mundo, y la cabeza visible de la iglesia. En contraste con la visión bíblica del liderazgo eclesiástico (ver el cap. 12 de esta obra), esa doctrina se basa en la suposición de que Cristo nombró a Pedro como la cabeza visible de la iglesia, y que el Papa es el sucesor de Pedro.12

2. La infalibilidad de la iglesia y su cabeza. La doctrina que realizó la mayor contribución al prestigio y la influencia de la iglesia de Roma fue la de su infalibilidad. La iglesia pretendía que nunca había errado, y que jamás erraría. Basaba esta enseñanza en el razonamiento siguiente, que carece completamente de base bíblica: por cuanto la iglesia es divina, uno de sus atributos inherentes es la infalibilidad. Además, por cuanto Dios, a través de esta iglesia divina, se propone guiar al cielo a todos los individuos de buena voluntad, la iglesia debe ser infalible en su enseñanza de la fe y la moral.13 Cristo, por lo tanto, la preservará de todo error gracias al poder del Espíritu Santo.
El corolario lógico, que niega la corrupción básica de los seres humanos (ver el cap. 7 de esta obra), es que el dirigente máximo de la iglesia también debe ser infalible.14 En concordancia con esto, la enseñanza católica afirma que su líder posee prerrogativas divinas.15

3. El oscurecimiento del ministerio mediador de Cristo como Sumo Sacerdote. A medida que aumentaba la influencia de la iglesia de Roma, la atención de los creyentes fue desviándose de la obra mediadora continua de Cristo como Sumo Sacerdote en el cielo, el antitipo de los sacrificios diarios continuos de los servicios del Santuario del Antiguo Testamento (ver los caps. 4 y 24 de esta obra), a un sacerdocio terrenal cuyo líder estaba en Roma. En vez de confiar en Cristo para obtener el perdón de los pecados y la salvación eterna (ver los caps. 9 y 10 de esta obra), los creyentes colocaron su fe en los papas, los sacerdotes y los prelados. Contradiciendo la enseñanza del Nuevo Testamento referente al sacerdocio de todos los creyentes, el ministerio de absolución del clero llegó a presentarse como algo vital para la salvación.
El ministerio sacerdotal de Cristo en el cielo, donde constantemente aplica los beneficios de su sacrificio expiatorio en favor de los creyentes arrepentidos, se vio efectivamente negado cuando la iglesia sustituyó la misa por la Cena del Señor. A diferencia de la Santa Cena –un servicio que Jesús instituyó con el fin de conmemorar su muerte y anunciar su reino venidero (ver el cap. 16 de esta obra)–, la Iglesia Católica pretende que la misa constituye el sacrificio incruento de Cristo, realizado por un sacerdote humano. Por cuanto Cristo es ofrecido nuevamente, como lo fue en el Calvario, se considera que la misa trae gracia especial a los creyentes y a los muertos.16
Ignorantes de las Escrituras y conociendo únicamente la misa conducida por un sacerdote humano, multitudes perdieron la bendición del acceso directo a nuestro Mediador, Jesucristo. De este modo, se borró de la conciencia humana la promesa y la invitación divinas: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).

4. La naturaleza meritoria de las buenas obras. La idea que prevaleció según la cual una persona podía obtener el mérito vital haciendo buenas obras, y que la fe sola no podía salvar, contradecía la enseñanza del Nuevo Testamento (ver los caps. 9 y 10 de esta obra). La Iglesia Católica pasó a enseñar que las buenas obras que constituyen el resultado de la gracia infusa en el corazón del pecador son meritorias, lo que significa que le dan a un individuo el justo derecho de exigir la salvación. De hecho, sería posible acumular más obras buenas de las que son necesarias para la salvación –­como en el caso de los santos– y, de este modo, acumular méritos adicionales. Este extramérito podría ser usado para el beneficio de otros. Por cuanto la iglesia sostenía que los pecadores son justificados gracias a la justicia infusa en sus corazones, las buenas obras llegaron a ocupar una posición importante en la justificación del individuo.
Las obras meritorias también pasaron a ocupar un papel importante en la doctrina del Purgatorio, la cual asevera que los que no están perfectamente puros deben pasar por un castigo temporal purificador en ese lugar, por sus pecados, antes de que puedan entrar a gozar del cielo. Por sus oraciones y sus buenas obras, los creyentes vivos pueden acortar la duración y la intensidad de los sufrimientos de los que van a parar al Purgatorio.

5. La doctrina de las penitencias y las indulgencias. La penitencia es el sacramento por el cual los cristianos pueden obtener perdón por los pecados cometidos después del bautismo. Este perdón de pecados se logra por intermedio de la absolución de un sacerdote; pero, antes de que pueda ser obtenido, los cristianos deben examinar sus conciencias, arrepentirse de sus pecados, y resolver que nunca más ofenderán a Dios. Entonces deben confesar sus pecados ante el sacerdote y cumplir la penitencia asignada por él.
Sin embargo, la penitencia no libraba completamente a los pecadores. Todavía necesitaban sufrir el castigo temporal, ya sea en esta vida o en el Purgatorio. Para eliminar dicho castigo, la iglesia instituyó las indulgencias, las cuales proveían la remisión del castigo temporal que aún se debía a causa del pecado después de la absolución de la culpa. Las indulgencias, que podían beneficiar tanto a los vivos como a los que se hallaban en el Purgatorio, se concedían con la condición de hacer penitencia y realizar las buenas obras prescritas, a menudo en forma de pagos de dinero a la iglesia.
Lo que hacía posibles las indulgencias eran los méritos extra de los mártires, de los santos, de los apóstoles, y especialmente de Jesucristo y de María. Sus méritos eran depositados en un “tesoro de méritos”, y eran transferibles a los creyentes cuyas cuentas eran deficientes. El Papa, como el pretendido sucesor de Pedro, controlaba las llaves de este tesoro, y podía librar del castigo temporal a los creyentes, asignándoles crédito del tesoro.17

6. La autoridad máxima reside en la iglesia. A través de los siglos, la iglesia establecida adoptó muchas creencias, días de fiesta y símbolos paganos. Cuando diversas voces se levantaron clamando contra estas abominaciones, la iglesia de Roma asumió el derecho único de interpretar la Biblia. La iglesia, y no la Biblia, pasó a ser la autoridad final (ver el cap. 1 de esta obra). La iglesia argumentaba que existen dos fuentes de verdad divina: (1) Las Escrituras sagradas y (2) la tradición católica, la cual consiste en los escritos de los padres de la iglesia, los decretos de los concilios eclesiásticos, los credos aprobados y las ceremonias de la iglesia. Cuando las doctrinas de la iglesia se hallaban apoyadas por la tradición, pero no por la Escritura, la tradición tomaba precedencia. Los creyentes comunes no tenían autoridad para interpretar las doctrinas que Dios había revelado en la Escritura. Dicha autoridad residía únicamente en la Iglesia Católica.18

El amanecer de un nuevo día. En el siglo XIV, Juan Wycliffe llamó a una reforma de la iglesia, no solo en Inglaterra sino también en toda la cristiandad. Durante una época en la que existían pocos ejemplares de la Biblia, proveyó la primera traducción del texto completo de las Escrituras al inglés. Sus enseñanzas sobre la salvación únicamente por fe en Cristo, y de que solo las Escrituras eran infalibles, establecieron el fundamento de la Reforma protestante. En su papel de estrella matutina de la Reforma, procuró librar a la iglesia de Cristo de las cadenas del paganismo que la ataban a la ignorancia. Inauguró un movimiento que lograría libertar las mentes individuales y aun naciones enteras de las garras del error religioso. Los escritos de Wycliffe tocaron el alma de Huss, Jerónimo, Lutero, y muchos otros. 
Martín Lutero –intenso, valiente, intransigente– fue probablemente la personalidad más poderosa de la Reforma. Más que ningún otro hombre, guió al pueblo de regreso a las Escrituras y a la gran verdad evangélica de la justificación por la fe, mientras predicaba contra la salvación por las obras.
Declarando que los creyentes no debían aceptar ninguna autoridad fuera de las Escrituras, Lutero dirigió las miradas de la gente hacia arriba, separándolas de obras humanas, sacerdotes y penitencias, y apuntando a Cristo como su único Mediador y Salvador. Era imposible, afirmaba, disminuir la culpabilidad del pecado por obras humanas, o evitar su castigo. Únicamente el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo pueden salvar a los pecadores. Por cuanto su gracia constituye un regalo, libremente ofrecido, no se la puede comprar. Los seres humanos, por lo tanto, pueden tener esperanza, no a causa de las indulgencias, sino por la sangre derramada del Redentor crucificado.
Como una expedición arqueológica que descubre tesoros enterrados bajo los desechos acumulados de los siglos, la Reforma desenterró verdades largamente olvidadas. Se redescubrió la justificación por la fe, el gran principio del evangelio, así como un nuevo aprecio por el sacrificio expiatorio de Jesucristo, realizado una vez para siempre, y su sacerdocio mediador perfectamente suficiente. Muchas enseñanzas que no eran bíblicas, como las oraciones por los muertos, la veneración de los santos y las reliquias, la celebración de la misa, la adoración de María, el purgatorio, las penitencias, el agua bendita, el celibato de los sacerdotes, el rosario, la Inquisición, la transubstanciación, la extremaunción y la dependencia de la tradición fueron repudiadas y abandonadas.
Los reformadores protestantes se hallaban casi unánimes en la identificación del sistema papal como el “hombre de pecado”, el “misterio de iniquidad”, y el “cuerno pequeño” de Daniel, la entidad que había de perseguir al verdadero pueblo de Dios durante los 1.260 años de Apocalipsis 12:6 y 14 y 13:5, antes de la segunda venida de Cristo.19
La doctrina de la Biblia y la Biblia sola como la norma de fe y conducta moral se convirtió en un punto básico del protestantismo. Los reformadores consideraban que todas las tradiciones humanas estaban sujetas a la autoridad final y mayor de las Escrituras. En asuntos de fe religiosa, ninguna autoridad –Papa, concilios, padres de la iglesia, reyes o sabios– podía gobernar la conciencia. De hecho, el mundo cristiano comenzaba a despertar de su sueño, y oportunamente la libertad religiosa fue proclamada en muchas tierras.
La Reforma se estanca
La reforma de la iglesia cristiana no debía haber terminado en el siglo XVI. Los reformadores habían logrado grandes avances, pero no habían vuelto a descubrir toda la luz que se había perdido durante la apostasía. Habían sacado a la cristiandad de las profundas tinieblas, pero todavía permanecían en las sombras. Mientras que, por una parte, lograron quebrantar la mano de hierro de la iglesia medieval, darle la Biblia al mundo y restaurar el evangelio básico, no descubrieron otras verdades importantes. El bautismo por inmersión, la inmortalidad como un don concedido por Cristo en la resurrección de los justos, el séptimo día como día de reposo bíblico, y otras verdades (ver los caps. 7, 15, 20 y 26 de esta obra), todavía se hallaban ocultas en las sombras.
Pero, en vez de hacer avanzar la Reforma, sus sucesores se dedicaron a consolidar sus logros. En vez de enfocar su atención en las Escrituras, la dirigieron a las palabras y las opiniones de los reformadores. Unos pocos descubrieron nuevas verdades, pero la mayoría se negó a avanzar más allá de lo que habían creído los primeros reformadores. En consecuencia, la fe protestante degeneró hasta caer en el formalismo y el escolasticismo, y ciertos errores que debían haber sido abandonados fueron incorporados. La llama de la Reforma gradualmente se fue apagando, y las iglesias protestantes llegaron a ser frías, formalistas y necesitadas de reforma.
La época posterior a la Reforma fue de gran actividad teológica, pero en ella se logró muy poco progreso espiritual. Frederic W. Farrar escribió que en este período “la libertad se transformó en servidumbre; los principios universales, en elementos desprovistos de solidez; la verdad, en dogmatismo; la independencia, en tradición; la religión, en sistema. La reverencia viviente por las Escrituras fue reemplazada por una teoría muerta de inspiración. La ortodoxia genial le cedió el paso a la férrea uniformidad; y el pensamiento viviente, a una dialéctica de controversia”.20 Y, a pesar de que la “Reforma había quebrantado el cetro de plomo del antiguo escolastisicimo”, las iglesias protestantes introdujeron “un nuevo escolasticismo cuya vara era de hierro”.21 Robert M. Grant llamó a este nuevo escolasticismo algo “tan rígido como cualquier construcción teológica medieval”.22 Los protestantes “prácticamente se vieron atados por los límites de sus confesiones del momento”.23
Brotaron las controversias. “Nunca hubo una época en la cual los seres humanos estuviesen tan ocupados en descubrir los errores unos de otros, o en la cual se llamasen unos a otros usando tantos términos de oprobio”.24 De este modo, las buenas nuevas se convirtieron en una guerra de palabras. “La Escritura ya no hablaba al corazón sino al intelecto crítico”.25 Los dogmas eran ortodoxos, pero la espiritualidad se extinguió. La teología triunfó, “pero el amor fue apagado”.26
El Remanente
A pesar de la apostasía y la tribulación de los 1.260 años, algunos creyentes continuaron reflejando la fuerza de la iglesia apostólica. Cuando se terminaron los 1.260 años de opresión, en 1798, el dragón no había logrado la eliminación completa del pueblo fiel de Dios. Contra ese residuo, Satanás continuó dirigiendo sus esfuerzos destructivos. Tal como lo escribió Juan: “Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17).

¿Qué es el Remanente? En la descripción que hace de la batalla entre el dragón y los descendientes de la mujer, Juan usa la expresión “el resto de la descendencia de ella” (Apoc. 12:17). Esta expresión significa “el residuo”, o remanente (Apoc. 12:17, Versión Moderna [VM]). La Biblia describe al Remanente como un pequeño grupo del pueblo de Dios que, a través de calamidades, guerras y apostasía, permaneció leal a Dios. Este remanente fiel proveyó los vástagos que Dios usó para propagar su iglesia visible en el mundo (2 Crón. 30:6; Esd. 9:14, 15; Isa. 10:20-22; Jer. 42:2; Eze. 6:8; 14:22).
Dios comisionó al Remanente para que declarase su gloria y guiara a su pueblo esparcido por todo el mundo a su “santo monte de Jerusalén”, el “monte de Sión” (Isa. 37:31, 32; 66:20; comparar con Apoc. 14:1). De los que así lleguen a unirse, la Escritura declara: “Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va” (Apoc. 14:4).
Apocalipsis 12:17 contiene una descripción del último remanente en el linaje de creyentes leales que Dios ha escogido, sus fieles testigos en los últimos días anteriores a la segunda venida de Cristo. ¿Cuáles son las características del Remanente?

Las características del Remanente. Es difícil equivocarse con respecto al remanente que exista en el tiempo del fin. Juan describe a este grupo en términos específicos. Aparecen después de los 1.260 años de persecución, y se componen de “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17).
Tienen la responsabilidad de proclamar, justo antes de la segunda venida de Cristo, la última amonestación que Dios envía al mundo, es decir, los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 (Apoc. 14:6-12). Estos mensajes contienen en sí mismos una descripción del Remanente. Son “los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12). Consideremos cada una de estas características.

1. La fe de Jesús. El pueblo remanente de Dios se caracteriza por una fe similar a la que poseía Jesús. Refleja la misma confianza inquebrantable que tenía el Salvador en Dios y la autoridad de la Escritura. Cree que Jesucristo es el Mesías de la profecía, el Hijo de Dios, que vino como el Salvador del mundo. Su fe abarca todas las verdades de la Biblia, las que Cristo creyó y enseñó.
El Remanente de Dios, entonces, proclamará el evangelio eterno de salvación por fe en Cristo. Amonestará al mundo, diciendo que la hora del Juicio de Dios ha llegado, y preparará a otros para que se encuentren con su Señor próximo a venir. Estará empeñado en una misión mundial destinada a completar el testimonio divino ante la humanidad (Apoc. 14:6, 7; 10:11; Mat. 24:14).

2. Los mandamientos de Dios. La fe genuina en Jesús compromete al Remanente a seguir su ejemplo. “El que dice que permanece en él –dice Juan–, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Por cuanto Jesús guardó los mandamientos de su Padre, sus seguidores también obedecen los mandamientos de Dios (Juan 15:10).
Especialmente por cuanto son el Remanente, sus acciones deben estar en armonía con su profesión; de otro modo, esta carece de valor. Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21). Gracias al poder que Cristo les concede, obedecen los requerimientos divinos, incluyendo los Diez Mandamientos, la invariable Ley moral de Dios (Éxo. 20:1-17; Mat. 5:17-19; 19:17; Fil. 4:13).

3. El testimonio de Jesús. Juan define “el testimonio de Jesús” como “el espíritu de la profecía” (Apoc. 19:10). El remanente estará guiado por el testimonio de Jesús comunicado por medio del don de profecía.
Este don del Espíritu había de funcionar continuamente a través de toda la historia de la iglesia, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13). Es, por lo tanto, una de las principales características del Remanente.
Esta conducción profética hace que el Remanente sea un pueblo profético que proclama un mensaje profético. Comprenden la profecía y la enseñan. La revelación de la verdad que llega al conocimiento del Remanente lo ayuda a cumplir su importante misión de preparar al mundo para el retorno de Cristo (ver el cap. 18 de esta obra).

El surgimiento del Remanente de los últimos días. La Biblia indica que el Remanente aparece en la escena mundial después del tiempo de la gran persecución (Apoc. 12:14-17). Los acontecimientos de la Revolución Francesa, que conmovieron al mundo y que llevaron a la cautividad del Papa al fin del período de 1.260 años (1798), y el cumplimiento de las tres grandes señales cósmicas –en las cuales la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas testificaron acerca de la proximidad del retorno de Cristo (ver el cap. 25 de esta obra)–, condujeron a un reavivamiento importante en el estudio de la profecía. Surgió una expectativa ampliamente difundida acerca del inminente regreso de Jesús. Por todo el mundo, muchos cristianos reconocieron que había llegado el “tiempo del fin” (Dan. 12:4).27 El cumplimiento de las profecías bíblicas durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del XIX produjo un poderoso movimiento interconfesional centrado en la esperanza del Segundo Advenimiento. En cada iglesia se podían hallar creyentes en el inminente regreso de Cristo que oraban, trabajaban y anticipaban la culminación de la historia.
La esperanza adventista produjo un profundo espíritu de unidad entre sus adherentes, y muchos se unieron para amonestar al mundo acerca del pronto regreso de Cristo. El Movimiento Adventista constituyó un fenómeno verdaderamente bíblico e interconfesional, centrado en la Palabra de Dios y en la esperanza del Advenimiento.
Mientras más estudiaban la Biblia, los creyentes se sentían más convencidos de que Dios estaba llamando a un remanente para que continuara la reforma de la iglesia cristiana que se había detenido. Ellos mismos habían experimentado la ausencia del verdadero espíritu de la Reforma en sus respectivas iglesias, y la falta de interés en el estudio del tema de la Segunda Venida y la preparación correspondiente. Su estudio de la Biblia revelaba que las pruebas y los chascos a través de los cuales Dios los había dirigido constituían una experiencia purificadora profundamente espiritual, que los unió para formar el Remanente de Dios. Él los había comisionado para continuar la reforma que había traído tanto gozo y poder a la iglesia. Con gratitud y humildad aceptaron su misión, comprendiendo que la comisión de Dios no les había sido dada a causa de alguna superioridad inherente, y que únicamente gracias al poder y la misericordia de Cristo podrían esperar tener éxito.
La misión del Remanente
Las profecías del libro del Apocalipsis bosquejan con claridad la misión del Remanente. Los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6 al 12 revelan la proclamación del Remanente, que producirá la restauración completa y final de la verdad evangélica.28 Estos tres mensajes constituyen las respuestas de Dios ante el avasallador engaño satánico que arrasaría al mundo poco antes del regreso de Cristo (Apoc. 13:3, 8, 14-16). Enseguida después del último llamado de Dios al mundo, Cristo vuelve para recoger la cosecha (Apoc. 14:14-20).
El mensaje del primer ángel. “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:6, 7).
El primer ángel simboliza el Remanente de Dios, que lleva el evangelio eterno a todo el mundo. Este evangelio es el mismo mensaje de buenas nuevas del infinito amor de Dios que los antiguos profetas y apóstoles proclamaron (Heb. 4:2). El Remanente no presenta un evangelio diferente; por el contrario, en vista del Juicio, reafirma ese evangelio eterno según el cual los pecadores pueden ser justificados por fe y recibir así la justicia de Cristo.
Este mensaje llama al mundo al arrepentimiento. Requiere de todos que “teman”, o reverencien, a Dios, y que le den a él la “gloria”, u honor. Fuimos creados con este propósito, y podemos honrar o glorificar a Dios con nuestras palabras y acciones: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan 15:8).
Juan predice que el movimiento que ha de preparar al mundo para el regreso de Cristo pondrá renovado énfasis en la preocupación que la Biblia expresa de glorificar a Dios. Como nunca antes, presentará el llamado que hace el Nuevo Testamento a la sagrada mayordomía de nuestra vida: “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. No tenemos derecho exclusivo sobre nuestros poderes físicos, morales y espirituales; Cristo los compró con su sangre en el Calvario. “Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19, 20). “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, haced lo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).
El hecho de que ha llegado “la hora de su juicio” le añade urgencia al llamado al arrepentimiento (ver el cap. 24 de esta obra). En Apocalipsis 14:7, la palabra juicio es la traducción del término griego krísis, el acto de juzgar, no la sentencia del juicio (kríma). Se refiere a todo el proceso de juicio, incluyendo el emplazamiento de los acusados ante el divino tribunal, la investigación de los registros de la vida, el veredicto de culpabilidad o inocencia, y el otorgamiento de la vida eterna o la sentencia de muerte (ver Mat. 16:27; Rom. 6:23; Apoc. 22:12). El mensaje de la hora del Juicio proclama también el juicio de Dios sobre toda apostasía (Dan. 7:9-11; Apoc. 17, 18).
El mensaje de la hora del Juicio apunta en forma especial al momento cuando, en cumplimiento de la última fase de su ministerio como Sumo Sacerdote en el Santuario celestial, Cristo entró en su obra de juicio (ver el cap. 24 de esta obra).
Este mensaje también llama a todos a que adoren al Creador. El llamado de Dios a la adoración debe ser visto en contraste con el requerimiento de adorar a la bestia y a su imagen (Apoc. 13:3, 8, 15). Pronto todos deberán escoger entre el verdadero y el falso culto; es decir, entre la adoración a Dios según sus términos (justificación por la fe) o en nuestros términos (justificación por las obras). Al mandarnos adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7; comparar con Éxo. 20:11), este mensaje exige que se le preste atención al cuarto mandamiento del Decálogo. Lleva al pueblo a entrar en una experiencia de verdadero culto al Creador, una experiencia que incluye honrar su monumento a la Creación, el séptimo día sábado del Señor, que instituyó al fin de la Creación y que afirmó en los Diez Mandamientos (ver el cap. 20 de esta obra). Por lo tanto, el mensaje del primer ángel requiere la restauración del verdadero culto, presentando ante el mundo a Cristo el Creador y Señor del sábado bíblico. Esta es la señal de la Creación de Dios, una señal que la vasta mayoría de sus seres creados ha descuidado.
En forma providencial, la proclamación de este mensaje que llama la atención del mundo al Dios creador comenzó en el momento de la historia cuando la filosofía evolucionista recibió un fuerte apoyo a través de la pu­blicación de la obra El origen de las especies, de Carlos Darwin (1859). La predicación del mensaje del primer ángel construye el mayor baluarte contra el progreso de la Teoría de la Evolución.
Finalmente, este llamado implica la restauración del honor de la santa Ley de Dios, la cual ha sido pisoteada por el “hombre de pecado” (2 Tes. 2:3). Únicamente si se restaura el verdadero culto y los creyentes viven de acuerdo con los principios del Reino de Dios puede el Creador ser glorificado.

El mensaje del segundo ángel. “Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación” (Apoc. 14:8).
Desde muy temprano en la historia, la ciudad de Babilonia ha simbolizado el desafío a Dios. Su torre fue un monumento a la apostasía y un centro de rebelión (Gén. 11:1-9). Lucifer (Satanás) era su rey invisible (Isa. 14:4, 12-14) y se hace evidente que deseaba hacer de Babilonia la agencia de su plan maestro para controlar a la raza humana. A través de la Biblia, el conflicto entre la ciudad de Dios, Jerusalén, y la ciudad de Satanás, Babilonia, ilustra el conflicto entre el bien y el mal.
Durante los primeros siglos de la Era Cristiana, cuando los romanos oprimían tanto a judíos como a cristianos, tanto la literatura judía como la cristiana se referían a la ciudad de Roma como Babilonia.29 Muchos creen que Pedro usó Babilonia como un seudónimo de Roma (1 Ped. 5:13). Por causa de su apostasía y persecución, la mayoría de los protestantes de la época de la Reforma y los tiempos posteriores a ella se referían a la iglesia de Roma como la Babilonia espiritual (Apoc. 17), la enemiga del pueblo de Dios.30
En el Apocalipsis, Babilonia también es conocida como la mujer malvada, la madre de las prostitutas, sus hijas impuras (Apoc. 17:5). Simboliza todas las organizaciones religiosas apóstatas y sus dirigentes, si bien se refiere especialmente a la gran alianza religiosa apóstata entre la bestia y su imagen que producirá la crisis final que se describe en Apocalipsis 13:15 al 17.
El mensaje del segundo ángel establece la naturaleza universal de la apostasía babilónica y su poder coercitivo, diciendo que “ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación”. El “vino” de Babilonia representa sus enseñanzas heréticas. Babilonia ejercerá presión sobre los poderes del Estado para que hagan cumplir universalmente sus falsas enseñanzas y decretos religiosos.
La “fornicación” que se menciona representa la relación ilícita entre Babilonia y las naciones, entre la iglesia apóstata y los poderes civiles. Se supone que la iglesia está casada con su Señor; al buscar en vez de ello el apoyo del Estado, deja a su Esposo y comete fornicación espiritual (ver Eze. 16:15; Sant. 4:4).
Esta relación ilícita desemboca en tragedia. Juan ve a los habitantes del mundo “ebrios” de falsas enseñanzas; y la misma Babilonia, “ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús”, que han rehusado aceptar sus doctrinas sin fundamento bíblico y que se niegan a someterse a su autoridad (Apoc. 17:2, 6).
Babilonia cae porque rechaza el mensaje del primer ángel, es decir, el evangelio de la justificación por fe en el Creador. Así como en los primeros siglos de la Era Cristiana la iglesia de Roma apostató, muchos protestantes de hoy se han apartado de las grandes verdades bíblicas de la Reforma. Esta profecía de la caída de Babilonia encuentra su cumplimiento especial en el apartamiento del protestantismo en general de la pureza y sencillez del evangelio eterno de la justificación por la fe, que en el pasado motivó tan poderosamente la Reforma.
El mensaje del segundo ángel adquiere pertinencia creciente a medida que el fin se acerca. Se cumplirá con toda su plenitud cuando suceda la alianza de las diversas organizaciones religiosas que hayan rechazado el mensaje del primer ángel. El mensaje de la caída de Babilonia se repite en Apocalipsis 18:2 al 4, pasaje en el cual se anuncia la caída completa y definitiva de Babilonia, y en el que se extiende un llamado a los hijos de Dios que todavía integran los diversos cuerpos religiosos que comprenden a Babilonia, para que se separen de ella. Dice el ángel: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis participes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apoc. 18:4).31

El mensaje del tercer ángel. “Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira, y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo ni de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre. Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:9-12).
El mensaje del primer ángel proclama el evangelio eterno y demanda la restauración del verdadero culto a Dios como Creador, porque la hora del Juicio ha llegado. El segundo ángel advierte contra todas las formas de adoración que se originan en los conceptos humanos. Finalmente, el tercer ángel proclama la amonestación más solemne de Dios contra el acto de adorar a la bestia y a su imagen, lo cual harán inevitablemente todos los que rechacen el evangelio de la justificación por la fe.
La bestia que aparece en Apocalipsis 13:1 al 10 es la unión entre la Iglesia y el Estado que dominó al mundo cristiano durante muchos siglos, y fue descrita por Pablo como “el hombre de pecado” (2 Tes. 2:2-4), y por Daniel como el “cuerno pequeño” (Dan 7:8, 20-25; 8:9-12). La imagen de la bestia representa esa forma de religión apóstata que se desarrollará cuando las iglesias, habiendo perdido el verdadero espíritu de la Reforma, se unan con el Estado para imponer sus enseñanzas sobre los demás. Al unir la Iglesia y el Estado, habrán llegado a ser una perfecta imagen de la bestia; es decir, de la iglesia apóstata que persiguió a los santos durante 1.260 años. De aquí el nombre imagen de la bestia.
El mensaje del tercer ángel proclama la más solemne y terrible advertencia de la Biblia. Revela que los que se sometan a la autoridad humana en la crisis final de la Tierra adorarán a la bestia y a su imagen en lugar de a Dios. Durante este conflicto final, se desarrollarán dos clases definidas. Una clase apoyará un evangelio de hechura humana y adorará a la bestia y a su imagen, atrayendo sobre sí misma el juicio más grave. La otra clase, en marcado contraste, vivirá el evangelio verdadero y guardará “los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:9, 12). El asunto final de discusión implica la adoración verdadera o la falsa, el evangelio verdadero o el falso. Cuando este punto se presente claramente delante del mundo, los que rechacen el memorial de la Creación divina –el sábado bíblico–, eligiendo adorar y dar honor al domingo, conociendo claramente que no es el día de adoración dado por Dios, recibirán la “marca de la bestia”. Esta es una marca que indica rebelión; la bestia pretende que su cambio del día de adoración muestra su autoridad incluso sobre la Ley de Dios.32
El tercer mensaje dirige la atención del mundo a la consecuencia de rehusar aceptar el evangelio eterno y el mensaje divino de la restauración del verdadero culto. Describe con vividez el resultado final que tendrá la elección de la gente en lo que se refiere a la adoración. Esta elección no es fácil, por cuanto no importa lo que escojamos, igualmente sufriremos. Los que obedezcan a Dios experimentarán la ira del dragón (Apoc. 12:17) y eventualmente se los amenazará de muerte (Apoc. 13:15), mientras que los que elijan adorar a la bestia y a su imagen verán caer sobre ellos las siete últimas plagas, y finalmente serán echados en “el lago de fuego” (Apoc. 15, 16; 20:14, 15).
Pero, si bien ambas elecciones implican sufrimiento, sus resultados son diferentes. Los que adoran al Creador serán librados de la ira mortífera del dragón, y estarán junto al Cordero en el monte de Sion (Apoc. 14:1; 7:2, 4). Los adoradores de la bestia y de su imagen, por su parte, reciben el pleno impacto de la ira de Dios, y perecen en presencia de los santos ángeles y del Cordero (Apoc. 14:9, 10; 20:14).
Todos tendremos que elegir a quién adoraremos. Nuestra elección de la justificación por la fe se revelará en nuestra participación de una forma de adoración que Dios ha aprobado, o nuestra elección de justicia por obras se revelará en nuestra participación en una forma de culto que Dios ha prohibido, pero que la bestia y su imagen mandan obedecer, un culto de origen humano. Dios no puede aceptar esta última forma de adoración, porque le da prioridad a los mandamientos de seres humanos y no a los de Dios. Procura la justificación por medio de obras humanas y no por la fe, que es el resultado de una entrega total a Dios, reconociéndolo como Creador, Redentor y Recreador. En este sentido, entonces, el mensaje del tercer ángel es el mensaje de justificación por la fe.
Dios tiene hijos en todas las iglesias, pero a través de la iglesia remanente proclama un mensaje destinado a restaurar su verdadero culto, al llamar a su pueblo a salir de la apostasía y prepararse para el regreso de Cristo. Reconociendo que hay muchos entre el pueblo de Dios que todavía no se han unido a ellos, los miembros del Remanente perciben sus graves defectos y debilidades, mientras procuran cumplir su solemne misión. Se dan cuenta de que únicamente por la gracia de Dios podrán lograr cumplir su trascenden­tal responsabilidad.
A la luz de la pronta venida de Cristo y la necesidad de prepararse para encontrarse con él, el urgente y compasivo llamado de Dios resuena en el corazón de cada uno de nosotros: “Salid de ella [Babilonia] pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas. ­Porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades” (Apoc. 18:4, 5).
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Referencias
1. El brillo enceguecedor del Sol que rodea a la mujer pura (Apoc. 12:1) representa, según diversos comentadores, la luz del evangelio del Nuevo Testamento, que ungió a la iglesia primitiva con su poder. La Luna, que refleja la luz del Sol, simboliza en forma adecuada el reflejo que provee el Antiguo Testamento de la luz del evangelio a través de las predicciones y los ritos que apuntaban hacia el futuro, a la Cruz y al Mesías venidero. La corona de doce estrellas representa las raíces de la iglesia, que surge en el Antiguo Testamento con los padres de las doce tribus, y se extiende en el Nuevo Testamento por medio de los doce apóstoles.
2. El uso del principio de día por año para calcular el tiempo profético se mencionó antes en referencia a la profecía mesiánica de Daniel 9. Ver el capítulo 4 de esta obra.
3. Comentario bíblico adventista, t. 4, pp. 861, 862.
4. El término Papa viene literalmente del latín común papa, griego común papas, “padre”, “obispo”; griego pappas, “padre”; el Papa es “el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia Católica Romana” (Webster’s New Universal Unabridged Dictionary, 2ª. ed. [Nueva York: Simon & Schuster, 1979]).
5. El Papado puede definirse como el sistema de gobierno eclesiástico en el que la autoridad suprema recae sobre el Papa.
6. Carta de Justiniano al papa Juan, citado en “Carta, Papa Juan a Justiniano”, en el Codex Justinianus [Código de Justiniano], Libro 1, título 1, 8 Corpus Juris Civilis, compilador, Pablo Krueger, 12a ed. (Berlín: Weidmannsche Verlaglsbuchhandlung, 1959, t. 2, p. 11); en The Civil Law [La ley civil], S. P. Scott, trad. y ed. (Cincinnati, OH: Central Trust Comp., 1932), t. 12, pp. 11-13. Comparar con Justiniani Novellae [Las nuevas constituciones de Justiniano], Nueva Constitución, No 131, cap. 2, Corpus Juris Civilis, compiladores Rodolfo Schoell y William Kroll, 7ª ed., t. 3, p. 665, en Civil Law [Ley civil], t. 17, p. 125. Ver también Don Neufeld y Julia Neuffer, eds., Seventh‑Day Adventist Bible Student’s Source Book [El manual de referencia para el estudiante adventista del séptimo día de la Biblia] (Washington, D. C.: Review and Herald, 1962), pp. 684, 685.
7. Carta de Justiniano al arzobispo Epifanio de Constantinopla, 26 de marzo del año 533, en Codex Justinianus, libro I, título 1, 7, Corpus Juris Civilis, ed. de Krueger, t. 2, p. 8, según se cita en Source Book, p. 685.
8. Ver, por ejemplo, “Persecution” [Persecución], Encyclopaedia of Religion and Ethics [Enciclopedia de religión y ética], James Hastings, ed. (Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1917), t. 9, pp. 749-757; John Dowling, The History of Romanism: From The Earliest Corruptions of Christianity to the Present Time [La historia del romanismo: desde las primeras corrupciones del cristianismo hasta el tiempo presente], 10ª. ed. (Nueva York: Edward Walker, 1846), pp. 237-616.
9. Este golpe causó serios daños al prestigio del Papado, pero no terminó con su influencia. Apocalipsis 13:3 menciona que “la herida de muerte” sería sanada, lo que indica un reavivamiento de la influencia papal. En los últimos días llega a convertirse en la más poderosa influencia religiosa en el mundo.
10. George Trevor, Rome: From the Fall of the Western Empire [Roma: Desde la caída del Imperio Occidental] (Londres: The Religious Tract Society, 1868), pp. 439, 440; John Adolphus, The History of France From the Year 1790 to the Peace Concluded at Amiens in 1802 [Historia de Francia desde el año 1790 hasta la paz de Amiens en 1802] (Londres: George Kearsey, 1803), t. 2, pp. 364-369. Ver también el Source Book, pp. 701, 702.
11. Leroy E. Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers [La fe profética de nuestros padres] (Washington, D. C.: Review and Herald), 1948, t. 2, pp. 765-782.
12. Peter Geiermann, The Convert’s Catechism of Catholic Doctrine [El catecismo de la doctrina católica para el converso] (San Luis, Missouri: B. Herder Book Co., 1957), pp. 27, 28.
13. Ibíd., p. 27.
14. Más tarde, la doctrina de la infalibilidad papal se basó en la suposición de que (1) “la infalibilidad como un atributo de una iglesia divina se encuentra necesariamente en su plenitud en la cabeza”; (2) Pedro era infalible en su enseñanza de fe y moral, y (3) el Papa heredó de Pedro los atributos de la iglesia divina. Se concluía que cuando el Papa hablaba ex cathedra, “es un maestro infalible en asuntos de fe y moral” (Geiermann, p. 29). Ex cathedra, en latín, significa literalmente “desde la silla”. En lo que respecta al Papa, se refiere a sus pronunciamientos oficiales dirigidos a la Iglesia Católica.
15. Para diversas afirmaciones con respecto al Papado, ver por ejemplo: Lucius Ferraris, “Papa”, art. 2, en Prompta Bibliotheca (Venecia: Gaspar Storti, 1772), t. 6, pp. 25-29, citadas en el Source Book, p. 680. En cuanto a las pretensiones del Papado mismo, ver por ejemplo: Papa León XIII, Encíclica, 10 de enero de 1890 y 20 de junio de 1894 en The Great Encyclical Letters of Pope Leo XIII [Las grandes cartas encíclicas del Papa León XIII] (Nueva York: Benziger Brothers, 1903, pp. 193, 304. Ver también Source Book, p. 614.
16. Catechism of the Council of Trent for Parish Priests (Catecismo del Concilio de Trento para párrocos], John A. McHugh y Charles J. Callan, trads. (Nueva York: José F. Wagner, Inc., 1958), pp. 258, 259. Ver también Source Book, p. 614.
17. Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 50, 51.
18. Ver Concilio de Trento, sesión IV (8 de abril de 1546), según se cita en The Creeds of Christendom [Los credos de la cristiandad], Philip Schaff, ed., 6ª ed. rev. (Grand Rapids, Michigan: Baker, 1983), t. 2, pp. 79-83. Ver también Source Book, pp. 1.041-1.043.
19. Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 2, pp. 528-531.
20. Frederic W. Farrar, History of Interpretation [La historia de la interpretación] (Grand Rapids, Michigan: Baker 1979), p. 358.
21. Ibíd.
22. Robert M. Grant, A Short History of Interpretation of the Bible [Una corta historia de la interpretación de la Biblia] (Filadelfia, PA: Fortress Press, 1984), p. 97.
23. Farrar, p. 361.
24. Ibíd., p. 363.
25. Grant, p. 97.
26. Farrar, p. 365.
27. En cuanto al origen del remanente, ver Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 4; P. Gerard Damsteegt, Foundations of the Seventh‑Day Adventist Message and Mission [Fundamentos del mensaje y la misión de los adventistas del séptimo día] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1977).
28. Ver Damsteegt, “A Theology of Restoration” [Una teología de la restauración] (Ponencia presentada en la conferencia del centenario del evangelismo, Andrews University, 4 de mayo de 1974).
29. Ver Midrash Rabbah, en Canticles I.6, 4; Tertuliano, Contra Marción, III, 13; Tertuliano, Respuesta a los judíos, 9.
30. Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 2, pp. 531, 787.
31. Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 843-845.
32. La Iglesia Católica sostiene que posee la autoridad de cambiar el día de adoración. “P. ¿Cuál es el día de reposo? R. Observamos el domingo en vez del sábado porque la Iglesia Católica transfirió la solemnidad del sábado al domingo” (Geiermann, p. 50). Este catecismo recibió la “bendición apostólica” del papa Pío X, 25 de enero de 1910 (Source Book, p. 886). 
                                

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