Explicación

Mediante la vida de Cristo, de perfecta obediencia a la voluntad de Dios, y por medio de sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, Dios proveyó el único medio para expiar el pecado humano, de manera que los que por fe aceptan esta expiación puedan tener vida eterna, y toda la Creación pueda comprender mejor el infinito y santo amor del Creador. Esta expiación perfecta vindica la justicia de la Ley de Dios y la benignidad de su carácter; porque no solo condena nuestro pecado, sino también nos garantiza nuestro perdón. La muerte de Cristo es vicaria y expiatoria, reconciliadora y transformadora. La resurrección corpórea de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal, y asegura la victoria final sobre el pecado y la muerte a los que aceptan la Expiación. Ella declara el señorío de Jesucristo, ante quien se doblará toda rodilla en el cielo y en la Tierra (Gén. 3:15; Sal. 22:1; Isa. 53; Juan 3:16; 14:30; Rom. 1:4; 3:25; 4:25; 8:3, 4; 1 Cor. 15:3, 4, 20‑22; 2 Cor. 5:14, 15, 19‑21; Fil. 2:6‑11; Col. 2:15; 1 Ped. 2:21, 22; 1 Juan 2:2; 4:10).

UNA PUERTA ABIERTA CONDUCE AL CENTRO del Universo, el cielo. Una voz resuena: “¡Ven y ve lo que está sucediendo aquí!” En el Espíritu, el apóstol Juan contempla la sala del Trono de Dios.
Un deslumbrante arco iris semejante a la esmeralda circunda el trono principal, y desde él surgen relámpagos, truenos y voces. Un grupo de dignatarios ataviados con vestiduras blancas y luciendo en sus cabezas doradas coronas está sentado en tronos menores. Llenan los aires los ecos de una doxología, y los ancianos se postran en adoración, echando sus coronas delante del Trono.
Un ángel que tiene en su mano un pergamino sellado con siete sellos exclama: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? (Apoc. 5:2). Muy preocupado, Juan ve que no hay nadie en el cielo ni en la Tierra digno de abrir el libro. Su preocupación se convierte en llanto, hasta que uno de los ancianos lo consuela: “No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Apoc. 5:5).
Juan dirige nuevamente su vista al majestuoso Trono, y ve allí a un Cordero que había sido muerto pero que ahora está vivo y lleno del poder del Espíritu. Cuando ese humilde Cordero toma el rollo, los seres vivientes y los ancianos entonan un nuevo cántico: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apoc. 5:9, 10). Todo ser creado, tanto en el cielo como en la Tierra, une sus voces en el cántico: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apoc. 5:13).
¿Por qué es tan importante este rollo? Porque registra el rescate de la raza humana de su esclavitud de Satanás y describe la victoria final de Dios sobre el pecado. Revela una salvación tan perfecta que los cautivos del pecado pueden ser libertados de su prisión simplemente por su propia elección. Mucho antes de su nacimiento en Belén, el Cordero exclamó: “He aquí, vengo, en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:7, 8; comparar con Heb. 10:7). Lo que efectuó la redención de la humanidad fue la venida del Cordero, muerto desde la fundación del mundo (Apoc. 13:8).
La gracia salvadora de Dios
Las Escrituras revelan a un Dios que tiene una preocupación abrumadora por la salvación de la humanidad. Los miembros de la Deidad están aliados en la obra de restaurar en los seres humanos la unión con su Creador. Jesús destacó el amor salvador de Dios, diciendo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Las Escrituras declaran que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Procura alcanzar a la humanidad “con amor eterno” (Jer. 31:3). El Dios que extiende la invitación a ser salvos es todopoderoso, pero su amor requiere que permita a cada persona la libertad de elección en su respuesta (Apoc. 3:20, 21). La coerción, método que es contrario a su carácter, no puede tener parte alguna en su estrategia.

La iniciativa divina. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios tomó la iniciativa de ir a buscarlos. Los miembros de la pareja culpable, al oír el sonido de la voz de su Creador, no corrieron gozosos a encontrarse con él como lo habían hecho antes. En vez de ello, se ocultaron. Pero Dios no los abandonó. Con persistencia divina, continuó llamando: “¿Dónde están?”
Con profunda pena, Dios describió las consecuencias de su desobediencia, el dolor, las dificultades con que se encontrarían. Sin embargo, aun frente a su situación absolutamente desesperada, reveló un plan maravilloso que prometía obtener la victoria final sobre el pecado y la muerte (Gén. 3:15).

¿Gracia o justicia? Más tarde, posteriormente a la apostasía de Israel en el Sinaí, el Señor reveló a Moisés su carácter benevolente pero justo, proclamando: “¡Jeho­vá! ¡Jeho­vá! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6, 7).
El carácter de Dios revela una unión especialísima de gracia y justicia, de la voluntad de perdonar pero la indisposición a considerar inocente al malvado. Solo en la persona de Cristo podemos comprender cómo estas cualidades de carácter pueden reconciliarse entre sí.

¿Perdonar o castigar? Durante los tiempos de apostasía en Israel, Dios a menudo rogaba fervorosamente a su pueblo que reconocieran su iniquidad y se volvieran a él (Jer. 3:12‑14). Pero ellos rechazaron sus amorosas invitaciones (Jer. 5:3). Una actitud recalcitrante, que se burla del perdón, hace que el castigo sea inevitable (Sal. 7:12).
Si bien es cierto que Dios es misericordioso, no puede perdonar a los que se aferran al pecado (Jer. 5:7). El perdón tiene un propósito: Dios desea transformar a los pecadores en santos: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jeho­vá, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isa. 55:7). Su mensaje de salvación resuena claramente por todo el mundo: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isa. 45:22).

La ira de Dios contra el pecado. La transgresión original creó en la mente humana una disposición de enemistad contra Dios (Col. 1:21). En consecuencia, merecemos el desagrado de Dios, quien es “fuego consumidor” para el pecado (Heb. 12:29; comparar con Hab. 1:13). La solemne verdad es que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23), todos somos “por naturaleza hijos de ira” (Efe. 2:3; comparar con 5:6) y nos hallamos bajo el imperio de la muerte, “porque la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).
A la reacción de Dios ante el pecado y la injusticia, la Escritura la denomina “ira divina” (Rom. 1:18). El rechazo deliberado de la voluntad revelada de Dios –su Ley– provoca su santa ira (2 Rey. 17:16‑18; 2 Crón. 36:16). G. E. Ladd escribió: “Los seres humanos son éticamente pecaminosos, y cuando Dios cuenta sus transgresiones contra ellos debe considerarlos como pecadores, como enemigos, como los objetos de la ira divina; porque es una necesidad ética y religiosa que la santidad de Dios se manifieste en ira contra el pecado”.1 Y sin embargo, al mismo tiempo, Dios anhela salvar el mundo rebelde. Es cierto que odia todo pecado, pero también siente preocupación amorosa por cada pecador.

La respuesta humana. La relación de Dios con Israel culminó en el ministerio de Jesucristo, quien proveyó la comprensión mas clara de “las abundantes riquezas” de la gracia divina (Efe. 2:7). Juan declaró: “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). “Cristo Jesús”, escribió Pablo, “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, y redención; para que, como está escrito: el que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Cor. 1:30, 31). Por lo tanto, ¿quién podría despreciar “las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad”? Con razón, el apóstol declara que lo que lleva al arrepentimiento es “su benignidad” (Rom. 2:4).
Aun la misma respuesta humana a la oferta divina de salvación no se origina en los seres humanos, sino en Dios. Nuestra fe es tan solo un don de Dios (Rom. 12:3); también lo es nuestro arrepentimiento (Hech. 5:31). Nuestro amor surge en respuesta al amor de Dios (1 Juan 4:19). No podemos salvarnos a nosotros mismos de Satanás, el pecado, el sufrimiento y la muerte. Nuestra propia justicia es como trapos inmundos (Isa. 64:6). “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo [...] porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:4, 5, 8, 9).
El ministerio de reconciliación de Cristo
Las buenas nuevas son “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19). Su acto de reconciliación restaura la relación entre Dios y la raza humana. El texto señala que este proceso reconcilia a los pecadores con Dios, y no a Dios con los pecadores. La clave para llevar a los pecadores de vuelta a Dios es Jesucristo. El plan de reconciliación que Dios ha establecido es una maravilla de condescendencia divina. Dios tenía todo el derecho a dejar que la humanidad pereciera.
Como ya hemos notado, fue Dios quien tomó la iniciativa para restaurar la relación quebrantada. “Siendo enemigos –dijo Pablo–, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). En consecuencia, “también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Rom. 5:11).
El proceso de reconciliación ha sido asociado con el término expiación. “El término griego refleja la idea fundamental de restablecer la armonía en una relación, de modo que cuando hubo una separación, esta pueda ser eliminada por el proceso de cubrir el problema, producir la reconciliación”.2
Muchos cristianos limitan la idea de la Reconciliación, asociándola exclusivamente con la Expiación; es decir, con los efectos redentores de la encarnación, los sufrimientos y la muerte de Cristo. Sin embargo, en los servicios del Santuario, la Expiación no solo implicaba la muerte del cordero del sacrificio, sino también incluía la ministración sacerdotal de su sangre derramada en el Santuario mismo (ver Lev. 4:20, 26, 35; 16:15‑18, 32, 33). En armonía con el uso bíblico, entonces, la Expiación puede referirse tanto a la muerte de Cristo en la cruz como a su ministerio intercesor en el Santuario celestial. Allí, como Sumo Sacerdote, Cristo aplica los beneficios de su completo y perfecto sacrificio expiatorio para logar la reconciliación de los seres humanos con Dios. “Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que a través de su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo de que recibiría a los hombres arrepentidos y obedientes, y de que los amaría como ama a su Hijo. Cristo debía completar su obra y cumplir su promesa de hacer ‘más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre’ ”.3
Tal como Vicente Taylor lo señala, la doctrina de la Expiación tiene dos aspectos: “(a) La obra salvadora de Cristo, y (b) la apropiación de su obra por fe, tanto individual como comunal. Estos dos aspectos unidos constituyen la Expiación”. Gracias a esta forma de comprender la doctrina, concluyó que “la Expiación se cumple tanto por nosotros como en nosotros”.4 Este capítulo enfoca la Expiación en su relación con la muerte de Cristo. La Expiación asociada con su ministerio como Sumo Sacerdote será presentada más adelante (ver el cap. 24 de esta obra).
El sacrificio expiatorio de Cristo
El sacrificio expiatorio de Cristo en el Calvario marcó el punto de retorno en la relación entre Dios y la humanidad. A pesar de que hay un registro de los pecados de la gente, como resultado de la Reconciliación, Dios no les imputa sus pecados (2 Cor. 5:19). Esto no significa que Dios deja de lado el castigo, o que el pecado ya no despierta su ira. Más bien significa que Dios ha encontrado una forma de conceder el perdón a los pecadores arrepentidos, sin dejar por eso de exaltar la justicia de su eterna Ley.

La muerte de Cristo es necesaria. Para que un Dios de amor mantenga su justicia y corrección moral, la muerte expiatoria de Jesucristo llegó a ser “una necesidad moral y legal”. La justicia de Dios “requiere que el pecado sea llevado a juicio. Dios, por lo tanto, debe ejecutar juicio sobre el pecado y de este modo sobre el pecador. En esa ejecución, el Hijo de Dios tomó nuestro lugar, el lugar del pecador, en armonía con la voluntad de Dios. La Expiación era necesaria, porque el hombre se hallaba bajo la justa ira de Dios. He aquí el corazón del evangelio del perdón de los pecados y el misterio de la cruz de Cristo: la perfecta justicia de Cristo satisfizo adecuadamente la justicia divina, y Dios está dispuesto a aceptar el autosacrificio de Cristo en lugar de la muerte del hombre”.5
Los pecadores que no están dispuestos a aceptar la sangre de Cristo no reciben el perdón de sus pecados, y quedan sujetos a la ira de Dios. Juan dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).
En consecuencia, la Cruz es una demostración tanto de la misericordia de Dios como de su justicia. “Siendo justificados [...] mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:24‑26).

¿Qué logra realizar el sacrificio expiatorio? Fue el mismo Padre el que presentó a su Hijo “como propiciación” (Rom. 3:25; el griego hilasterion), “una propiciación” o expiación. El uso que el Nuevo Testamento hace del término hilasterion no tiene nada que ver con la noción pagana de “aplacar un dios airado” o “apaciguar a un dios vengativo, arbitrario y caprichoso”.6 El texto revela que “Dios, en su voluntad misericordiosa, presentó a Cristo como la propiciación de su santa ira sobre la culpabilidad humana, porque aceptó a Cristo como el representante del hombre y el sustituto divino para recibir su juicio sobre el pecado”.7
Desde esta perspectiva se puede comprender la descripción que hace Pablo de la muerte de Cristo como ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efe. 5:2; comparar con Gén. 8:21; Éxo. 29:18; Lev. 1:9). “El sacrificio propio de Cristo complace a Dios porque esta ofrenda de sacrificio quitó la barrera que existía entre Dios y el hombre pecador, por cuanto Cristo cargó plenamente la ira de Dios contra el pecado del hombre. A través de Cristo, la ira de Dios no se vuelve amor, sino que es desviada del hombre y llevada por sí mismo”.8
Romanos 3:25 también revela que por medio del sacrificio de Cristo el pecado es expiado o juzgado. La Expiación señala lo que hace la sangre expiatoria en favor del pecador arrepentido. Este experimenta el perdón, el retiro de su culpabilidad personal y la limpieza del pecado.9

Cristo, el Portador vicario del pecado. Las Escrituras presentan a Cristo como el que lleva el pecado de la raza humana. En profundo lenguaje profético, Isaías declaró que “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados [...]. Jeho­vá cargó en él el pecado de todos nosotros [...]. Jeho­vá quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado [...] verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isa. 53:5, 6, 10, 11; comparar con Gál. 1:4). Pablo tenía en mente esta profecía al decir: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3).
Estos textos apuntan a un concepto importante en el plan de salvación: los pecados y la culpabilidad que nos han contaminado10 pueden ser transferidos al Portador de nuestros pecados, haciéndonos así limpios (Sal. 51:10). Las ceremonias de los sacrificios del Santuario del Antiguo Testamento revelaban este papel de Cristo. Allí, la transferencia del pecado desde el pecador arrepentido hasta el cordero inocente simbolizaba su transferencia a Cristo, el Portador de nuestros pecados (ver el cap. 4 de esta obra).

¿Cuál es el papel de la sangre? La sangre jugaba un papel central en los sacrificios expiatorios del servicio del Santuario. Dios hizo provisión para la Expiación cuando declaró: “La vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas” (Lev. 17:11). Después de la muerte del animal, el sacerdote necesitaba aplicar la sangre de este antes de que se concediera el perdón.
El Nuevo Testamento revela que las ceremonias que prescribía el Antiguo Testamento para obtener el perdón, la purificación y la reconciliación por medio de la sangre sustitutiva fueron cumplidas en la sangre expiatoria que Cristo derramó en su sacrificio en el Calvario. En contraste con las maneras antiguas de proceder, el Nuevo Testamento dice: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14). El derramamiento de la sangre de Cristo cumplió tanto la Propiciación como la Expiación (Rom. 3:25). Juan declaró que Dios, a causa de su amor, “envió a su Hijo en propiciación (hilasmos) por nuestros pecados” (1 Juan 4:10; en ciertas versiones, “expiación”; “un sacrificio expiatorio”).
En resumen, “el acto objetivo de reconciliación que realizó Dios ha sido logrado por medio de la sangre propiciadora y expiadora (el sacrificio propio) de Cristo Jesús, su Hijo. De este modo, Dios ‘es tanto el Proveedor como el Receptor de la Reconciliación’ ”.11 
Cristo, el Rescate
Cuando los seres humanos pasamos a estar bajo el dominio del pecado, llegamos a estar sujetos a la condenación y la maldición de la Ley de Dios (Rom. 6:4; Gál. 3:10‑13). Por ser esclavos del pecado (Rom. 6:17) y estar sujetos a la muerte, no teníamos escape. “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:7). Solo Dios está investido de poder para redimir. “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte” (Ose. 13:14).
¿Cómo nos redimió Dios? Por medio de Jesús, quien testificó por sí mismo que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:28; ver 1 Tim. 2:6); Dios “ganó” a la iglesia “por su propia sangre” (Hech. 20:28). En Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Efe. 1:7; comparar con Rom. 3:24). Su muerte había de “redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

¿Qué logró el rescate? La muerte de Cristo ratificó el derecho de propiedad que Dios tiene sobre la humanidad. Pablo declaró: “¿O ignoráis [...] que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio” (1 Cor. 6:19, 20; ver también 1 Cor. 7:23).
Por medio de su muerte, Cristo quebrantó el dominio del pecado, terminó con la cautividad espiritual, quitó la condenación y la maldición de la Ley, e hizo que la vida eterna estuviese disponible para todos los pecadores arrepentidos. Pedro se dirige a los creyentes para recordarles “que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres” (1 Ped. 1:18). Pablo escribió que los que fueron librados de la esclavitud del pecado, y de su fruto mortífero, se hallan ahora ocupados en el servicio de Dios, teniendo “por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Rom. 6:22).
Ignorar o negar el principio del rescate sería “perder el corazón mismo del evangelio de gracia, y negar el motivo más profundo de nuestra gratitud para con el Cordero de Dios”.12 Este principio es central en las doxologías que se entonan en el salón del Trono celestial: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apoc. 5:9, 10).
Cristo, el Representante de la humanidad
Tanto Adán como Cristo, “el postrer Adán”, o “el segundo hombre” (1 Cor. 15:45, 47), representan a toda la humanidad. Por una parte, el nacimiento natural coloca sobre todo individuo la carga de los resultados de la transgresión de Adán; por otra parte, todo aquel que experimenta el nacimiento espiritual recibe los beneficios de la vida y el sacrificio perfectos de Cristo. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22).
La rebelión de Adán trajo el pecado, la condenación y la muerte para todos sus descendientes. Cristo invirtió esa tendencia descendiente. En su gran amor, se sujetó a sí mismo al juicio divino sobre el pecado, y se convirtió en el representante de la humanidad. Su muerte vicaria proveyó la liberación de la penalidad del pecado y el don de la vida eterna para los pecadores arrepentidos (2 Cor. 5:21; Rom. 6:23; 1 Ped. 3:18).
La Escritura enseña con claridad la naturaleza universal de la muerte vicaria de Cristo. “Por la gracia de Dios” gustó “la muerte por todos” (Heb. 2:9). Como Adán, todos pecaron (Rom. 5:12), y por lo tanto todos experimentan la muerte, es decir, la primera muerte. La muerte que Cristo gustó por todos fue la segunda muerte, la plena maldición de la muerte (Apoc. 20:6; ver el cap. 27 de esta obra).
La vida de Cristo y la salvación
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom. 5:10). Para salvar el abismo excavado por el pecado se requirió no solo la muerte de Cristo, sino también su vida. Ambas son necesarias y contribuyen a nuestra salvación.

¿Qué puede hacer por nosotros la perfecta vida de Cristo? Jesús vivió una vida pura, santa y amante, confiando completamente en Dios. Esta vida preciosa la comparte con los pecadores arrepentidos, en calidad de regalo. Su perfecto carácter es descrito como un vestido de bodas (Mat. 22:11) o un manto de justicia (Isa. 61:10), que nos concede para cubrir los trapos inmundos que simbolizan los intentos humanos de producir justicia (Isa. 64:6).
A pesar de nuestra corrupción humana, cuando nos sometemos a Cristo, nuestro corazón se une con su corazón, nuestra voluntad se sumerge en la suya, nuestra mente llega a ser una con su mente, nuestros pensamientos son puestos bajo su cautividad, vivimos su vida. Estamos cubiertos con su vestidura de justicia. Cuando Dios mira al pecador creyente y penitente, no ve la desnudez o deformidad del pecado, sino el manto de justicia formado por la perfecta obediencia de Cristo a la Ley.13 Nadie puede ser verdaderamente justo a menos que esté cubierto por este manto.
En la parábola del vestido de bodas, el huésped que llegó vestido con su propio traje no fue echado afuera por no haber creído. Él había aceptado la invitación al banquete (Mat. 22:10). Pero su asistencia no era suficiente. Necesitaba el vestido de bodas. En forma similar, no basta con creer en la Cruz. Para estar presentables delante del Rey, necesitamos poseer además la perfecta vida de Cristo, su carácter inmaculado.
Como pecadores, no solo necesitamos que se cancele nuestra deuda; además, necesitamos que se restaure nuestra cuenta en el banco. No solo necesitamos que se nos suelte de la prisión; además necesitamos ser adoptados en la familia del Rey. El ministerio mediador del Cristo resucitado tiene el doble objetivo de perdonar y vestir; esto es, la aplicación de su vida y su muerte a nuestra vida y nuestra situación delante de Dios. La exclamación “Consumado es”, que se oyó en el Calvario, marcó la culminación de una vida perfecta y un sacrificio perfecto. Los pecadores necesitamos ambas cosas.

La inspiración que provee la vida de Cristo. La vida de Cristo en el mundo le proveyó a la humanidad un modelo de cómo vivir. Pedro, por ejemplo, recomienda como dechado para nosotros la manera en que Jesús reaccionó ante los insultos personales (1 Ped. 2:21‑23). El que fue hecho semejante a nosotros, y tentado en todo como nosotros, demostró que los que dependen del poder de Dios no necesitan continuar en pecado. La vida de Cristo provee la seguridad de que podemos vivir victoriosamente. Pablo testificó: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
La resurrección de Cristo y la salvación
“Si Cristo no resucitó –dijo Pablo–, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe [...] aun estáis en vuestros pecados” (1 Cor. 15:14, 17). Jesucristo fue resucitado físicamente (Luc. 24:36‑43), ascendió al cielo como el Dios‑hombre y comenzó su obra intercesora crucial como Mediador a la mano derecha de Dios el Padre (Heb. 8:1, 2; ver el cap. 4 de esta obra).
La resurrección de Cristo le dio un significado a la cruz que los acongojados discípulos no podían distinguir el viernes de la Crucifixión. Su resurrección transformó a esos hombres en una fuerza poderosa que cambió la historia. La Resurrección –siempre unida a la Crucifixión– se convirtió en un punto central de su misión. Proclamaron al Cristo crucificado pero viviente, que había triunfado sobre las fuerzas del mal. Ese fue el fundamento del poder que acompañó al mensaje apostólico.
“La resurrección de Cristo –escribe Philip Schaff– es enfáticamente un punto de prueba del cual depende la verdad o la falsedad de la religión cristiana. Es el mayor milagro o el mayor engaño que registra la historia.14 Wilbur M. Smith comentó: “La resurrección de Cristo es la ciudadela de la fe cristiana. Esta es la doctrina que trastornó el mundo en el primer siglo y que exaltó al cristianismo a un nivel preeminente por encima del judaísmo y de las religiones paganas del mundo mediterráneo. Si se deja esto de lado, habría que hacer lo mismo con todo lo demás que es vital y único en el evangelio del Señor Jesucristo: ‘Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana’ (1 Cor. 15:17)”.15
El ministerio actual de Cristo está arraigado en su muerte y su resurrección. Si bien es cierto que el sacrificio expiatorio realizado en el Calvario fue suficiente y completo, sin la resurrección no tendríamos la seguridad de que Cristo completó con éxito su divina misión en el mundo. El hecho de que Cristo ha resucitado confirma la realidad de la vida más allá del sepulcro, y demuestra que la promesa que Dios hace de concedernos vida eterna en Cristo es verdadera.
Los resultados del ministerio salvífico de Cristo
El ministerio expiatorio de Cristo afecta no solo a la raza humana sino también a todo el Universo.

Reconciliación en todo el Universo. Pablo revela la magnitud de la salvación de Cristo en la iglesia y por medio de ella. La intención divina es que “la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Efe. 3:10). Asevera además que agradó al Padre, por medio de Cristo, “reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20). Pablo reveló los resultados asombrosos de esta reconciliación: “Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10, 11).

La vindicación de la Ley de Dios. El perfecto sacrificio expiatorio de Cristo exaltó la justicia de la santa Ley de Dios, así como su carácter bondadoso. La muerte y el rescate de Cristo satisfizo las demandas de la Ley (que el pecado necesitaba ser castigado), justificando al mismo tiempo a los pecadores arrepentidos por medio de su gracia y misericordia. Pablo dijo: “Dios, enviando a su Hijo [...] condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:3, 4).

Justificación. La Reconciliación se hace efectiva solo cuando se acepta el perdón. El hijo pródigo fue reconciliado con su padre cuando aceptó su amor y su perdón.
“Los que aceptan por fe que Dios ha reconciliado el mundo a sí mismo en Cristo, y que se someten a él, recibirán de Dios el don invalorable de la justificación con su fruto inmediato de paz con Dios (Rom. 5:1). Los creyentes justificados ya no son el objeto de la ira de Dios; por el contrario, se han convertido en los objetos del favor divino. Teniendo acceso sin restricciones al Trono de Dios por medio de Cristo, reciben el poder del Espíritu Santo para quebrantar todas las barreras o muros divisorios de hostilidad entre los hombres, simbolizados por la hostilidad que existe entre los judíos y los gentiles (ver Efe. 2:14‑16)”.16

La futilidad de la salvación por obras. El ministerio divino de re­conciliación revela la futilidad de los esfuerzos humanos por obtener salvación a través de las obras de la ley. La comprensión de la gracia divina lleva a nuestra aceptación de la justicia disponible para nosotros por fe en Cristo. La gratitud de los que han experimentado el perdón hace que la obediencia sea un gozo; las obras, entonces, no son la base de la salvación, sino su fruto.17

Una nueva relación con Dios. El hecho de experimentar la gracia de Dios, que nos ofrece como un don gratuito la vida perfecta de obediencia de Cristo, así como su justicia y su muerte expiatoria, nos lleva a establecer una relación más profunda con Dios. Surgen la gratitud, la alabanza y el gozo; la obediencia se convierte en una delicia; el estudio de su Palabra, en un deleite; y la mente llega a ser la morada del Espíritu Santo. Se establece así una nueva relación entre Dios y el pecador arrepentido. Es un compañerismo basado en el amor y la admiración, antes que en el temor y la obligación moral (ver Juan 15:1‑10).
Mientras más comprendamos la gracia de Dios a la luz de la Cruz, menos inclinados nos sentiremos a la justicia propia, y más nos daremos cuenta de cuán bendecidos somos. El poder del mismo Espíritu Santo que operaba en Cristo cuando se levantó de los muertos transformará nuestra vida. En vez de experimentar fracasos, viviremos una victoria cotidiana sobre el pecado.

Motivación para el servicio misionero. El amor asombroso que se revela en el ministerio divino de reconciliación por medio de Jesucristo nos impulsa a compartir el evangelio con los demás. Si lo hemos experimentado en nuestro propio ser, no podremos ocultar el hecho de que Dios no les cuenta su pecado a los que aceptan el sacrificio de Cristo por los pecados. Extenderemos a nuestro prójimo la conmovedora invitación del evangelio: “Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:20, 21).
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Referencias
1.  George E. Ladd, A Theology of the New Testament [Una teología del Nuevo Testamento] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1974), p. 453.
2. “Expiación”, Diccionario bíblico adventista, p. 429. Para un tratamiento más completo de este concepto bíblico, ver Seventh‑day Adventists Answer Questions on Doctrine [Los adventistas responden preguntas acerca de doctrinas] (Washington D.C., Review and Herald, 1957), pp. 341‑355.
3. White, El Deseado de todas las gentes, p. 734.
4. Vicente Taylor, The Cross of Christ [La cruz de Cristo] (Londres: McMillan, 1956), pp. 88, 89.
5. Hans K. LaRondelle, Christ Our Salvation [Cristo, nuestra salvación] (Mountain View, California: Pacific Press, 1980), pp. 25, 26.
6.  Raoul Dederen, “Atoning Aspects in Christ’s Death” [Aspectos expiatorios de la muerte de Cristo], en The Sanctuary and the Atonement [El Santuario y la Expiación], Arnold V. Wallenkampf y W. Richard Lesher, eds. (Washington, D.C.: Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1981), p. 295. Añade el autor: “Entre los paganos, se consideraba que la propiciación era una actividad por la cual el adorador lograba por sí mismo proveer lo que indujese un cambio de actitud en la deidad. Simplemente, le ofrecía un soborno a su dios para que le fuera favorable. En las Escrituras, se presenta la Expiación‑Propiciación como algo que surge del amor de Dios” (ibíd., p. 317).
7. LaRondelle, p. 26.
8. Ibíd., pp. 26, 27.
9. Dederen, p. 295.
10. LaRondelle, p. 28. La cita en esta referencia proviene de H. G. Link y C. Brown, “Reconciliation”, The New Internacional Dictionary of New Testament Theology [El nuevo diccionario internacional de teología del Nuevo Testamento] (Grands Rapids, Michigan: Zondervan, 1978), t. 3, p. 162.
11. LaRondelle, p. 30.
12. Ibíd., p. 30.
13. Ver White, Palabras de vida del gran Maestro (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2011), pp. 252, 253.
14. Philip Schaff, History of the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1962), t. 1, p. 173.
15. Wilbur M. Smith, “Twentieth‑Century Scientists and the Resurrection of Christ” [Científicos del siglo XX y la resurrección de Cristo] Christianity Today (15 de abril de 1957), p. 22. Para argumentos adicionales en favor de la historicidad de la resurrección, ver Josh McDowell, Evidence that Demands a Verdict [Evidencia que requiere un veredicto] (Campus Crusade for Christ, 1972), pp. 185‑274.
16. LaRondelle, pp. 32, 33.
17. Ver Hyde, “What Christ’s Life Means to Me” [Lo que significa para mí la vida de Cristo], Adventist Review (6 de noviembre de 1986), p. 19. 
                                

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