Explicación

El bondadoso Creador, después de los seis días de la creación, descansó el séptimo día, e instituyó el sábado para todos los hombres, como un monumento conmemorativo de la creación. El cuarto Mandamiento de la inmutable Ley de Dios requiere la observancia del séptimo día, sábado, como día de reposo, adoración y ministerio, en armonía con las enseñanzas y la práctica de Jesús, el Señor del sábado. El sábado es un día de agradable comunión con Dios y con nuestros hermanos. Es un símbolo de nuestra redención en Cristo, una señal de nuestra santificación, una demostración de nuestra lealtad y una anticipación de nuestro futuro eterno en el Reino de Dios. El sábado es la señal perpetua del pacto eterno entre él y su pueblo. La gozosa observancia de este tiempo sagrado de una tarde a la otra tarde, de la puesta del sol a la puesta del sol, es una celebración de la obra creadora y redentora de Dios (Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; 31:13-17; Lev. 23:32; Deut. 5:12-15; Isa. 56:5, 6; 58:13, 14; Eze. 20:12, 20; Mat. 12:1-12; Mar. 1:32; Luc. 4:16; Heb. 4:1-11).

EN COMPAÑÍA CON DIOS, ADÁN Y EVA exploraron su hogar paradisíaco. El paisaje era maravilloso, indescriptible. Mientras el sol se ponía lentamente ese primer viernes, el sexto día de la creación, y comenzaban a brillar las estrellas, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). De este modo, Dios terminó su creación de “los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos” (Gén. 2:1).
Pero, si bien es cierto que el mundo que Dios acababa de completar era incomparablemente hermoso, el mayor don que el Creador podía concederle a la pareja recién creada era el privilegio de mantener comunión y compañerismo personal con él. Por eso les dio el sábado, un día especial de bendición, camaradería y comunión con su Creador.
El sábado a través de la Biblia
El sábado ocupa un lugar central en nuestra adoración a Dios. Como recordativo de la creación, revela la razón por la cual Dios debe recibir nuestra adoración: Es el Creador, y nosotros somos sus criaturas. “Por lo tanto, el sábado forma parte del fundamento mismo del culto divino, por cuanto enseña de la manera más impresionante esta gran verdad, lo cual no hace ninguna otra institución. La verdadera razón del culto a Dios, no solo del que se le tributa en el séptimo día, sino de toda adoración, se encuentra en la distinción que existe entre el Creador y sus criaturas. Este hecho sobresaliente nunca puede llegar a ser obsoleto, y jamás debe ser olvidado”.1 Dios instituyó el sábado con el fin de mantener para siempre esta verdad ante la raza humana.

El sábado en la creación. El sábado llega hasta nosotros desde un mundo sin pecado. Es el don especial de Dios que permite que la raza humana experimente la realidad de un cielo en la tierra. Dios estableció el sábado por medio de tres distintos actos divinos:

1. Dios reposó en el sábado. En el séptimo día, Dios “cesó y reposó” (Éxo. 31:17); sin embargo, no descansó porque necesitara hacerlo (Isa. 40:28). El verbo shabath significa literalmente “cesar” de trabajos o actividades (ver Gén. 8:22). “El reposo de Dios no fue el resultado ni del agotamiento ni de la fatiga, sino el cesar de una ocupación anterior”.2
Dios reposó y estableció ejemplo para que los seres humanos lo siguieran (Éxo. 20:11).
Si Dios terminó la creación en el sexto día, como dice Génesis 2:1, ¿qué quiere decir la Escritura cuando dice que el Creador “acabó” su obra en el séptimo día? (Gén. 2:2). Dios había terminado en los seis días anteriores la creación de los cielos y de la tierra, pero aún no había hecho el sábado. Y creó el día de reposo al descansar el sábado. La creación del día de reposo fue su toque final, que terminó su obra.

2. Dios bendijo el sábado. Dios no sólo hizo el día de reposo, sino que también lo bendijo. “La bendición sobre el séptimo día implicaba que por ella era señalado como un objeto especial del favor divino y un día que sería una bendición para las criaturas de Dios”.3

3. Dios santificó el sábado. Santificar algo significa hacerlo sagrado, o apartarlo como algo santo y con fines santos; consagrarlo. Se pueden santificar individuos, lugares (como un santuario, templo o iglesia) y el tiempo. El hecho de que Dios santificó el séptimo día significa que este día es santo, que lo apartó con el elevado propósito de enriquecer la relación divino‑humana.
Dios bendijo y santificó el séptimo día sábado porque cesó en este día de toda su obra. Lo bendijo y santificó para la humanidad, y no para sí mismo. Es su presencia personal lo que coloca en el sábado la bendición y la santificación de Dios.

El sábado en el Sinaí. Los acontecimientos que siguieron a la salida de los israelitas de Egipto demuestran que prácticamente se habían olvidado del sábado. Los rigurosos requerimientos de la esclavitud parecen haber hecho de la observancia del sábado algo muy difícil. Poco después que obtuvieron su libertad, Dios les recordó en forma prominente, por medio del milagro del maná y la proclamación de los Diez Mandamientos, su obligación de observar el séptimo día sábado.

1. El sábado y el maná. Un mes antes de que Dios proclamara la Ley desde el Sinaí, prometió proteger a su pueblo contra las enfermedades si ponían atención diligente “a sus mandamientos y guardares todos sus estatutos” (Éxo. 15:26: ver también Gén. 26:5). Poco después de hacer esta promesa, Dios recordó a los israelitas la santidad del sábado. Por medio del milagro del maná, les enseñó en términos concretos cuán importante consideraba su descanso en el séptimo día.
Cada día de la semana Dios les concedía a los israelitas suficiente maná para suplir las necesidades de ese día. No debían guardar nada para el día siguiente porque, si lo hacían, se echaría a perder (Éxo. 16:4, 16-19). En el sexto día, debían reunir el doble de lo corriente, con el fin de que tuviesen suficiente para suplir sus necesidades tanto en ese día como en el siguiente, el sábado. Con el fin de enseñar que el sexto día debía ser un día de preparación, y también para destacar cómo debía guardarse el sábado, Dios dijo: “Mañana es el santo sábado, el reposo de Jeho­vá: Lo que hubiereis de cocer, cocedlo hoy, y lo que hubiereis de cocinar, cocinadlo hoy; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana” (Éxo. 16:23, RVA). El único día para el cual se podía guardar maná sin que se echara a perder era el séptimo (Éxo. 16:24). Usando un lenguaje similar al del cuarto Mandamiento, Moisés dijo: “En los seis días lo recogeréis; mas el séptimo día es sábado, en el cual no se hallará” (Éxo. 16:26, RVA).
Durante los 40 años, o más de 2.000 sábados sucesivos, que los israelitas pasaron en el desierto, el milagro del maná les recordó este ritmo de seis días de trabajo y el séptimo día de descanso.

2. El sábado y la Ley. Dios colocó el mandamiento relativo al sábado en el corazón del Decálogo. Dice así:
“Acordarte has del día del reposo, para santificarlo: Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día será reposo para Jeho­vá tu Dios: No hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas: Porque en seis días hizo Jeho­vá los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día: Por tanto Jeho­vá bendijo el día del reposo y lo santificó” (Éxo. 20:8-11, RVA).
Todos los mandamientos del Decálogo son vitales, y ninguno debe ser descuidado (Sant. 2:10), pero Dios distinguió el mandamiento relativo al sábado de todos los demás. En relación con él, nos mandó recordarlo, amonestando así a la humanidad contra el peligro de olvidar su importancia.
Las palabras con las cuales comienza el Mandamiento: “Acordarte has del día del reposo para santificarlo”, muestran que el sábado no fue instituido por primera vez en el Sinaí. Dichas palabras indican que su origen fue anterior, de hecho, en la creación, como lo revela el resto del Mandamiento. Dios deseaba que observáramos el sábado como monumento de la creación. Define el tiempo de descanso y de adoración, y nos invita a contemplar a Dios y sus obras.
Como el monumento de la creación, la observancia del sábado es un antídoto para la idolatría. Al recordarnos que Dios creó el cielo y la tierra, lo a él distingue de todos los dioses falsos. Así pues, el acto de guardar el sábado se convierte en la señal de nuestra fidelidad al Dios verdadero, una prueba de que reconocemos su soberanía como Creador y Rey.
El Mandamiento del sábado funciona como el sello de la Ley de Dios.4 Generalmente, los sellos contienen tres elementos: el nombre del dueño del sello, su título y su jurisdicción. Los sellos oficiales se usan para validar documentos de importancia. El documento adquiere la autoridad del oficial cuyo sello ha sido colocado sobre él. El sello implica que el propio oficial aprobó la legislación y que todo el poder de su cargo la apoya.
Entre los Diez Mandamientos, el relativo al sábado es el que contiene los elementos vitales de un sello. Es el único de los diez que identifica al Dios verdadero, especificando su nombre: “Jeho­vá tu Dios”; su título: el que hizo, el Creador; y su territorio: “los cielos y la tierra” (Éxo. 20:10, 11). Por cuanto únicamente el cuarto Mandamiento muestra con autoridad por quién fueron dados los Diez Mandamientos, “contiene el sello de Dios”, incluido en su Ley como evidencia de su autenticidad y obligatoriedad.5
De hecho, Dios hizo el sábado como un “recordativo o señal de su poder y autoridad en un mundo no manchado por el pecado y la rebelión. Debía ser una institución de obligación personal perpetua, prescrita por la admonición ‘acuérdate del día de reposo para santificarlo’ (Éxo. 20:8)”.6
Este mandamiento divide la semana en dos partes. Dios le concedió a la humanidad seis días en los cuales “trabajarás, y harás toda tu obra” pero, en el séptimo día, “no hagas en él obra alguna” (Éxo. 20:9, 10). “Seis días, dice el mandamiento, son días de trabajo, pero el séptimo día es un día de descanso. Que ‘el séptimo día’ es el único día de descanso de Dios resulta evidente por las palabras con que comienza el mandamiento: Acuérdate del día de reposo [sábado] para santificarlo”.7
Si bien es cierto que los seres humanos necesitan descanso físico para reanimar su organismo, Dios basa en su propio ejemplo su mandato de que descansemos en el día sábado. Por cuanto él cesó de las actividades que realizó en la primera semana del mundo, nosotros también debemos reposar.

3. El sábado y el pacto. La Ley de Dios era un rasgo central del pacto (Éxo. 34:27); así también el sábado, colocado en el corazón de esa Ley, es prominente en el pacto divino. Dios declaró que el sábado sería “por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jeho­vá que los santifico” (Eze. 20:12; ver también Eze. 20:20; Éxo. 31:17). Por lo tanto, dice Dios, el reposo sabático es un “pacto perpetuo” (Éxo. 31:16). “Así como el pacto se basa en el amor de Dios por su pueblo (Deut. 7:7, 8), también el sábado, como señal de ese pacto, es una señal del amor divino”.8

4. Los sábados anuales. Además de los sábados semanales (Lev. 23:3), había siete sábados anuales de carácter ceremonial, repartidos en el calendario religioso de Israel. Esos sábados anuales no estaban directamente relacionados con el séptimo día sábado o el ciclo semanal. Esos días de reposo, “además de los sábados de Jeho­vá” (Lev. 23:38, RVA), eran los días primero y último de la Fiesta de los Panes sin Levadura, el día de Pentecostés, el día de la Fiesta de las Trompetas, el Día de la Expiación, y los días primero y último de la Fiesta de los Tabernáculos (ver Lev. 23:7, 8, 21, 24, 25, 27, 28, 35, 36).
Por cuanto el cálculo de esos días de reposo dependía del comienzo del año sagrado, el cual estaba basado en el calendario lunar, las celebraciones podían caer en cualquier día de la semana. Cuando coincidían con el sábado semanal, se conocían como “días grandes” o “días de gran solemnidad” (ver Juan 19:31). “El sábado semanal fue ordenado al fin de la semana de la creación para toda la humanidad; por su parte, los sábados anuales constituían una parte integral del sistema judío de ritos y ceremonias instituidos en el monte Sinaí [...] los cuales apuntaban hacia el futuro advenimiento del Mesías, y cuya observancia terminó con su muerte en la cruz”.9

El sábado y Cristo. La Escritura revela que Cristo fue Creador tanto como el Padre (ver 1 Cor. 8:6; Heb. 1:1, 2; Juan 1:3). Por lo tanto, él fue quien apartó el séptimo día como día de reposo para la humanidad.
Más adelante, Cristo asoció el sábado no solo con su obra creadora, sino también con su obra redentora. Como el gran “Yo Soy” (Juan 8:58; Éxo. 3:14), incorporó el sábado en el Decálogo a modo de recordativo poderoso de este compromiso semanal de adoración al Creador. Además, añadió otra razón para observar el sábado: la redención de su pueblo (Deut. 5:14, 15). De este modo, el sábado marca a los que han aceptado a Jesús como Creador y Salvador.
El papel doble de Cristo como Creador y Redentor deja claro por qué aseveró que, en su calidad de Hijo del Hombre, también es “Señor aún del sábado” (Mar. 2:28, RVA). Teniendo tal autoridad, si así lo hubiese deseado, podría haber eliminado el sábado, pero no lo hizo. Por el contrario, lo aplicó a todos los seres humanos, diciendo: “El sábado por causa del hombre es hecho” (vers. 27).
En todo su ministerio terrenal, Cristo fue un ejemplo de fidelidad en guardar el sábado. Era “conforme a su costumbre” adorar en el día sábado (Luc. 4:16). Su participación en los servicios sabáticos revela que aprobaba el sábado como día de reposo.
Tan importante consideraba Cristo la santidad del sábado que, cuando habló de la persecución que sucedería después de su ascensión, aconsejó a sus discípulos, diciendo: “Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en sábado” (Mat. 24:20, RVA). Según hace notar Jonathan Edwards, esto implica claramente “que aún entonces los cristianos se hallaban bajo obligación de guardar estrictamente el sábado”.10
Cuando Cristo terminó la obra de la creación –su primer gran acto en la historia del mundo– reposó en el séptimo día. Este reposo significaba terminación y consumación. Hizo lo mismo al fin de su ministerio terrenal, después de que concluyó su segundo gran acto en la historia. El viernes de tarde, el sexto día de la semana, Cristo completó su misión redentora en el mundo. Sus últimas palabras fueron: “Consumado es” (Juan 19:30). La Escritura enfatiza el hecho de que, cuando Cristo murió, “era el día de la preparación, y el sábado ya rayaba” (Luc. 23:54, VM). Luego de su muerte, reposó en una tumba, simbolizando así el hecho de que había cumplido la redención de la raza humana.11
De este modo, el sábado testifica acerca de las obras de la creación y de la redención que Cristo realizó. En su observancia, los seguidores del Salvador se regocijan con él por sus logros en favor de la humanidad.12

El sábado y los apóstoles. Los discípulos manifestaban gran respeto por el sábado. Este hecho se hizo evidente en ocasión de la muerte de Cristo. Cuando llegó el sábado, interrumpieron sus preparativos para el sepelio “y reposaron el sábado conforme al mandamiento”, con planes de continuar esa obra el domingo, “el primer día de la semana” (Luc. 23:56, RVA; 24:1, RVA).
Tal como lo había hecho Cristo, los apóstoles adoraban en el séptimo día o sábado. En sus viajes evangelizadores, Pablo asistía a las sinagogas en sábado y predicaba a Cristo (Hech. 13:14; 17:1, 2; 18:4). Aun los gentiles los invitaban a predicar la Palabra de Dios en sábado (Hech. 13:42, 44). En las localidades donde no había sinagoga, el apóstol buscaba el lugar donde se acostumbraba celebrar los cultos del sábado (Hech. 16:13). Así como la participación de Cristo en los servicios sabáticos indicaba su aceptación del séptimo día como el día especial de culto, lo mismo sucedía en el caso de Pablo.
La fiel observancia del sábado semanal por parte de Pablo se destaca en agudo contraste con su actitud hacia los sábados ceremoniales anuales. En sus escritos, deja bien en claro que los cristianos ya no se hallan bajo la obligación de guardar esos días anuales de reposo, porque Cristo había clavado las leyes ceremoniales en la cruz (ver el cap. 19 de esta obra). Dice el apóstol: “Por tanto, nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en parte de día de fiesta, o de nueva luna, o de sábados: lo cual es la sombra de lo por venir, mas el cuerpo es de Cristo” (Col. 2:16, 17, RVA). Ya que “el contexto [de este pasaje] tiene que ver con asuntos rituales, los sábados a que aquí se refiere son los sábados ceremoniales de los festivales anuales judíos, ‘lo cual es la sombra’ o tipo, cuyos cumplimientos había de suceder en Cristo”.13
Del mismo modo, en Gálatas, Pablo protesta contra la observancia de los requerimientos de la ley ceremonial. Dice: “Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gál. 4:10, 11).
Un texto a menudo malentendido es Apocalipsis 1:10, donde Juan dice que estaba “en el Espíritu en el día del Señor”. Muchos tienen la impresión de que Juan se refería al domingo cuando hablaba de “el día del Señor”, porque ese fue el día de la resurrección de Cristo. Pero la referencia aquí no tiene nada que ver con el día de la resurrección. En la Biblia, el único día al que se hace referencia como la posesión especial del Señor es el sábado. Cristo declaró: “El séptimo día es reposo para Jeho­vá tu Dios” (Éxo. 20:10); más tarde lo llamó “mi día santo” (Isa. 58:13). Y Cristo declaró que él mismo era “Señor aun del sábado” (Mar. 2:28; RVA). Por cuanto en la Escritura, el único día que el Señor reconoce como suyo propio es el séptimo día sábado, es lógico concluir que Juan se refería al día sábado. Por cierto que no hay precedente bíblico para indicar que pudiese aplicar este término al domingo, el primer día de la semana.14
En ninguna parte nos manda la Biblia a observar un día de la semana que no sea el sábado. No declara bendito o santo ningún otro día semanal. Tampoco indica el Nuevo Testamento que Dios haya cambiado el reposo para otro día de la semana.
Por el contrario, la Escritura revela que Dios se proponía que su pueblo observara el sábado por toda la eternidad: “Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra, que yo hago, permanecen delante de mí, dice Jeho­vá, así permanecerá vuestra simiente y vuestro nombre. Y será que de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrá toda carne a adorar delante de mí, dijo ­Jeho­vá” (Isa. 66:22, 23, RVA).

El significado del sábado. El sábado tiene amplio significado y está lleno de profunda y rica espiritualidad.

1. Un monumento perpetuo de la Creación. Como hemos visto, la razón fundamental por la que el sábado está incluido en los Diez Mandamientos es que conmemora a Dios como el Creador, y que exige a todos los hombres y las mujeres que veneren y adoren a Dios como el Creador (Éxo. 20:11, 12). El mandato de observar el séptimo día como el día de reposo se halla “inseparablemente vinculado con el acto de la creación, ya que la institución del sábado y el mandato de observarlo son una consecuencia directa del acto creador. Además, toda la familia humana debe su existencia al divino acto de la creación que aquí se recuerda; por ello, la obligación de obedecer el mandamiento del sábado como monumento del poder creador de Dios recae sobre toda la raza humana”.15 Strong llama al sábado “una obligación perpetua como el monumento que Dios ha señalado para conmemorar su actividad creadora”.16
Quienes observaran el sábado como un recordativo de la creación lo harían reconociendo agradecidos “que Dios era su Creador y su legítimo Soberano; de que ellos eran la obra de sus manos y los súbditos de su autoridad. De esa manera, la institución del sábado era totalmente conmemorativa y dada para toda la humanidad. No había nada en ella que fuese sombrío o que limitase su observancia a un solo pueblo”.17 Y mientras adoremos a Dios porque es nuestro Creador, el sábado continuará funcionando como la señal y el monumento de la creación.

2. Un símbolo de redención. Cuando Dios libró a Israel de su esclavitud en Egipto, el sábado, que ya era el monumento de la creación, se convirtió además en un monumento de su liberación (Deut. 5:15). “El Señor se proponía que el descanso sabático semanal, si se lo observaba como era debido, mantuviera constantemente la facultad de liberar a los seres humanos de la esclavitud de un Egipto que no se limita a ningún país ni siglo, sino que incluye todas las tierras y las eras de la historia. En nuestros días, el hombre también necesita escapar de la esclavitud que proviene de la codicia, de las ganancias y del poder, de la desigualdad social, y del pecado y el egoísmo”.18
Cuando nuestra mirada se dirige a la cruz, el descanso del sábado se destaca como un símbolo especial de la redención. “Es el monumento del éxodo de la esclavitud del pecado bajo la dirección de Emanuel. El mayor peso que llevamos es la culpabilidad que produce nuestra desobediencia. El descanso del sábado, al señalar el reposo de Cristo en la tumba, el reposo de su victoria sobre el pecado, ofrece al cristiano una oportunidad tangible de aceptar y experimentar el perdón, la paz y el reposo de Cristo”.19

3. Una señal de santificación. El sábado es una señal del poder transformador de Dios, un signo de santidad o santificación. El Señor declaró: “Vosotros guardaréis mis sábados: porque es señal entre mí y vosotros por vuestras edades, para que sepáis que yo soy Jeho­vá que os santifico” (Éxo. 31:13, RVA; ver también Eze. 20:20). Por lo tanto, el sábado es una señal de que Dios es nuestro Santificador. El autor de Hebreos declara, además, que Dios llevó a cabo nuestra santificación por medio de la sangre de Cristo (Heb. 13:12); de ahí que guardar el sábado sea una señal de que somos santificados mediante nuestra aceptación de la sangre derramada de Cristo para el perdón de nuestros pecados.
Tal como Dios ha apartado el sábado con un propósito santo, así también ha apartado a su pueblo con un propósito igualmente santo. Él desea que sean sus testigos especiales. Su comunión con él en ese día conduce a la santidad; aprenden a depender de sus propios recursos, sino del Dios que los santifica.
“El poder que creó todas las cosas es el poder que vuelve a crear el alma a su semejanza. Para quienes lo santifican, el sábado es una señal de santificación. La verdadera santificación es armonía con Dios, unidad con él en carácter. Se recibe obedeciendo a los principios que son el trasunto de su carácter. Y el sábado es la señal de obediencia. El que obedece de corazón el cuarto Mandamiento, obedecerá toda la Ley. Queda santificado por la obediencia”.20

4. Una señal de lealtad. Así como la lealtad de Adán y de Eva fue probada por el árbol del conocimiento del bien y del mal que se hallaba en el medio del jardín del Edén, así también la lealtad a Dios de cada ser humano será probada por el mandamiento relativo al sábado, colocado en el medio del Decálogo.
La Escritura revela que, antes de la segunda venida de Cristo, todo el mundo estará dividido en dos clases: los que son leales y “guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”, y los que adoran “a la bestia y a su imagen” (Apoc. 14:12, 9). En ese tiempo, la verdad de Dios será magnificada ante el mundo y a todos les resultará claro que la obediente observancia del séptimo día sábado de la Biblia provee evidencia de lealtad al Creador.

5. Un tiempo para la comunión. Dios creó a los animales para que fueran los compañeros de la humanidad (Gén. 1:24, 25). Y con el fin de gozar de un nivel mayor de compañerismo, Dios creó al hombre y a la mujer, y los entregó el uno al otro (Gén. 2:18-25). Pero con el sábado, Dios le concedió a la humanidad un don que ofrece la más elevada forma de compañerismo, a saber, el compañerismo con él. Los seres humanos no fueron creados solo para que se asociaran con los animales, y ni siquiera con otros seres humanos. Fueron hechos para Dios.
Es durante el sábado cuando podemos experimentar en forma especial la presencia de Dios entre nosotros. Sin el sábado, todo sería trabajo y lucha sin césar. Cada día sería como los otros, dedicado a intereses seculares. La llegada del sábado, sin embargo, trae consigo esperanza, gozo, significado y valor. Provee tiempo para la comunión con Dios por medio del culto, la oración, el canto, el estudio de la Palabra y la meditación en ella, y por el acto de compartir el evangelio con otros. El sábado es nuestra oportunidad para experimentar la presencia de Dios.

6. Una señal de justificación por la fe. Los cristianos reconocen que, si se dejan guiar por una conciencia iluminada, los no cristianos que buscan honestamente la verdad pueden ser llevados por el Espíritu Santo a la comprensión de los principios generales de la Ley de Dios (Rom. 2:14-16). Esto explica por qué los otros nueve mandamientos, fuera del cuarto, han sido practicados en cierto modo fuera de la cristiandad. Pero este no es el caso del mandamiento relativo al sábado.
Muchos pueden ver la razón de tener un día semanal de descanso, pero a menudo les resulta difícil comprender por qué la misma clase de trabajo que en cualquier otro día de la semana es considerado correcto y digno de encomio es un pecado cuando se lo realiza en el séptimo día. La naturaleza no ofrece ninguna razón para guardar el séptimo día. Los planetas se mueven en sus órbitas respectivas, la vegetación crece, se alternan la lluvia y la luz del sol, y las bestias del campo viven como si todos los días fueran iguales. ¿Por qué, entonces, deben los seres humanos guardar el séptimo día sábado? “Para el cristiano, hay una sola razón; pero esa razón basta: Dios ha hablado”.21
Únicamente basado en la revelación especial de Dios se puede comprender cuán razonable es observar el séptimo día. Por lo tanto, los que guardan el sábado lo hacen por fe y porque confían implícitamente en Cristo, quien ordenó su observancia. Al observar el sábado, los creyentes revelan su disposición de aceptar la voluntad de Dios para sus vidas, en vez de depender de su propio juicio. 
Al guardar el séptimo día, los creyentes no están procurando hacerse justos a sí mismos. Más bien observan el sábado como resultado de su relación con Cristo, el Creador y Redentor.22 El hecho de guardar el sábado es el producto de la justicia de Cristo en la justificación y la santificación, y significa que los creyentes han sido liberados de la esclavitud del pecado y han recibido su perfecta justicia.
“Un manzano no se convierte en manzano cuando da manzanas. Primero, tiene que ser un manzano. Luego, vienen las manzanas como su fruto natural. Así también el verdadero cristiano no guarda el sábado o los otros nueve preceptos con el fin de hacerse justo a sí mismo. Más bien este es el fruto natural de la justicia que Cristo comparte con él. El que guarda el sábado de este modo no es un legalista, ya que el acto externo de guardar el séptimo día demuestra la experiencia interior del creyente en la justificación y la santificación. Por esto, el verdadero guardador del sábado no se abstiene de actividades prohibidas durante las horas sagradas con el fin de ganar el favor de Dios, sino porque ama a Dios y desea hacer que el sábado cuente al máximo en comunión especial con [él]”.23
Así, el acto de guardar el sábado revela que hemos cesado de depender de nuestras propias obras, y que nos damos cuenta de que únicamente Cristo el Creador nos puede salvar. De hecho, “el verdadero espíritu del reposo sabático revela amor supremo por Jesucristo, el Creador y Salvador, quien nos está transformando en individuos nuevos. Hace que el acto de guardar el día correcto en la forma correcta sea una señal de justificación por la fe”.24

7. Un símbolo de reposo en Cristo. El sábado, monumento de la obra que Dios realizó al librar a Israel de Egipto y llevarlos al reposo de la Canaán terrenal, distinguió a los redimidos de ese tiempo de las naciones que los rodeaban. En forma similar, el sábado es señal de la liberación del pecado y la entrada al reposo de Dios, lo cual aparta del mundo a los redimidos.
Todo aquel que entra en el reposo al cual Dios lo invita “también ha repo­sa­do de sus obras, como Dios de las suyas” (Heb. 4:10). “Este reposo es espiritual, un descanso de nuestra propias obras, la cesación del pecado. Es a este reposo al que Dios llama a su pueblo, y es de este reposo que tanto el sábado como Canaán son símbolos”.25
Cuando Dios completó la obra de la creación y reposó en el séptimo día, proveyó en el sábado una oportunidad para que Adán y Eva descansaran en él. Si bien ellos fracasaron, el propósito original que Dios tenía de ofrecer ese reposo a la humanidad permanece inalterable. Después de la caída, el sábado continuó sirviendo como recordativo de ese reposo. “La observancia del séptimo día sábado testifica de este modo no solo acerca de la fe en Dios como el Creador de todas las cosas, sino también de la fe en su poder de transformar la vida y proveer para los seres humanos la idoneidad para entrar en ese reposo eterno que él se proponía originalmente conceder a todos los habitantes de este mundo”.26
Dios le había prometido este reposo espiritual al Israel literal. A pesar de su fracaso al no entrar en él, la invitación de Dios aún permanece: “Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios” (Heb. 4:9). Todos los que desean entrar en ese reposo “deben entrar primeramente por fe en su reposo espiritual, el descanso del pecado y de sus propios esfuerzos por salvarse que experimenta el alma”.27
El Nuevo Testamento llama al cristiano a no demorarse en experimentar este reposo de gracia y fe, ya que “hoy” es el momento oportuno para entrar en él (Heb. 4:7; 3:13). Todos los que han entrado en este reposo –la gracia salvadora recibida por fe en Jesucristo– han cesado todo esfuerzo por lograr justicia por sus propias obras. De este modo, la observancia del séptimo día sábado es un símbolo o demostración de que el creyente ha entrado en el reposo que provee el evangelio.
Intentos de cambiar el día de adoración
Dado que el sábado juega un papel vital en la adoración a Dios como Creador y Redentor, no debe sorprendernos que Satanás haya montado una ofensiva total para derribar esta sagrada institución.
En ningún lugar autoriza la Biblia a realizar un cambio del día de culto que Dios creó en el Edén y confirmó en el Sinaí. Otros cristianos han reconocido esto, a pesar de ser ellos mismos guardadores del domingo. El cardenal católico James Gibbons escribió en cierta ocasión: “Podéis leer la Biblia desde el Génesis al Apocalipsis y no encontraréis ni una sola línea que prescriba la santificación del domingo. Las Escrituras hablan de la observancia religiosa del sábado, día que no santificamos”.28
A. T. Lincoln, de religión protestante, admite que “no se puede sostener el argumento que el Nuevo Testamento provee una base para la creencia de que desde la resurrección Dios estableció que se observara el primer día como el día de reposo”.29 El mismo autor reconoce lo siguiente: “Para cualquiera que considere que todo el Decálogo es válido como ley moral, el único curso de acción consecuente es convertirse en guardador del séptimo día sábado”.30
Si no hay evidencia bíblica de que Cristo o sus discípulos cambiaron el día de reposo y despojaron al séptimo día de su carácter sagrado, ¿cómo es entonces que tantos cristianos han llegado a aceptar el domingo en su lugar?

Cómo surgió la observancia del domingo. El cambio del sábado al domingo se dio gradualmente. Antes del segundo siglo, no hay evidencia de que los cristianos celebraran reuniones semanales de culto en domingo; sin embargo, la evidencia indica que, hacia la mitad de ese siglo, algunos cristianos estaban observando voluntariamente el domingo como un día de culto, pero no de reposo.31
La tendencia hacia la adoración del domingo comenzó en gran parte con la iglesia de Roma, compuesta en su mayoría por creyentes gentiles (Rom. 11:13). En Roma, la capital del imperio, surgieron fuertes ­sentimientos antiju­dí­os, que se fortalecieron a medida que pasaba el tiempo. En reacción a esos sentimientos, los cristianos que vivían en esa ciudad procuraron distinguirse de los judíos. Abandonaron ciertas prácticas comunes a ambos grupos, e iniciaron una tendencia a separarse de la veneración del sábado, moviéndose hacia la observancia exclusiva del domingo.32
Desde el siglo II hasta el V, y mientras la observancia del domingo continuaba adquiriendo importancia, los cristianos siguieron observando el séptimo día sábado casi en todos los lugares del Imperio Romano. El historiador del siglo V, Sócrates, escribió: “Casi todas las iglesias de todo el mundo celebran los sagrados misterios en el sábado de cada semana y, sin embargo, los cristianos de Alejandría y de Roma, por alguna antigua tradición, ha cesado de hacer esto”.33
En los siglos IV y V, muchos cristianos adoraban tanto en el sábado como en el domingo. Sozomen, otro historiador de ese período, escribió: “La gente de Constantinopla, y de casi todas las partes, se reúnen el sábado, así como en el primer día de la semana; esta costumbre nunca se observa en Roma o Alejandría”.34 Estas referencias demuestran el papel principal que le cupo a Roma en el abandono de la observancia del sábado.
¿Por qué los que paulatinamente se alejaron del séptimo día escogieron el domingo y no otro día de la semana? Una razón primordial fue que el domingo, el primer día de la semana, marcaba la resurrección de Jesús. Al atribuir a la resurrección la razón del cambio sabático del séptimo al primer día, algunos han alegado que la iglesia primitiva había autorizado la adoración en el día domingo en honor de la resurrección. Es más, aunque parezca extraño, ningún escritor de los siglos III y IV jamás citó un solo versículo bíblico como autoridad para justificar la observancia del domingo en lugar de la del sábado. Ni Bernabé, ni Ignacio, ni Justino, ni Ireneo, ni Tertuliano, ni Clemente de Roma, ni Clemente de Alejandría, ni Orígenes, ni Cipriano, ni Victorino, ni ningún otro autor que viviera cerca del tiempo cuando Jesús vivió, sabía que existiese ninguna instrucción tal de Jesús o de ninguna parte de la Biblia”.35
Por lo tanto, aunque el culto dominical carece de razón o autoridad bíblicas, la popularidad e influencia de la adoración al sol entre los paganos romanos otorgó al domingo una aceptación creciente como un día de adoración. La adoración al sol desempeñaba un papel importante por todo el mundo antiguo. Era “uno de los componentes más antiguos de la religión romana”. Debido a los cultos orientales dedicados al sol “desde la primera parte del siglo II de nuestra era, el culto al Sol invictus era dominante en Roma y en otras partes del Imperio”.36
Esta religión popular impactó a la iglesia primitiva a través de los nuevos conversos. “Los conversos cristianos provenientes del paganismo se sentían constantemente atraídos hacia la veneración del sol. Esto se indica no solamente por la frecuente condenación de esta práctica que hacían los padres [de la iglesia], sino también por los significativos reflejos del culto al sol que aparecen en la liturgia cristiana”.37
El cuarto siglo fue testigo de la introducción de las leyes dominicales. Primero se promulgaron leyes dominicales de carácter civil, y luego fueron apareciendo las de carácter religioso. El emperador Constantino promulgó la primera ley dominical civil el 7 de marzo del año 321 d.C. En vista de la popularidad de que gozaba el domingo entre los paganos que adoraban al sol y la estima en que lo tenían muchos cristianos, Constantino esperaba que, al hacer del domingo un día festivo, pudiera asegurarse el apoyo de ambos grupos para su gobierno.38
La ley dominical de Constantino reflejaba su propio pasado como adorador del sol. Decía: “En el venerable Día del Sol [venerabili die Solis] que los magistrados y la gente que reside en ciudades descansen, y que se cierren todos los lugares de trabajo. En el campo, sin embargo, las personas que se ocupan en la agricultura podrán continuar libre y legalmente sus ocupaciones.39
Varias décadas más tarde, la iglesia siguió su ejemplo. El Concilio de Laodicea (alrededor del año 364 d.C.), que no fue un concilio universal sino católico romano, promulgó la primera ley dominical eclesiástica. En el Canon 29, la iglesia estipulaba que los cristianos debían honrar el domingo y, “si es posible, no trabajar en ese día”, mientras que, al mismo tiempo, denunciaba la práctica de reposar en el sábado, instruyendo a los cristianos a no “estar ociosos en sábado [griego sabbaton, “el Reposo”], sino que debían trabajar en ese día.40
En el 538 de nuestra era, el año marcado como el comienzo de la profecía de los 1.260 años (ver el cap. 13 de esta obra), el Tercer Concilio católico de Orleans promulgó una ley aún más severa que la de Constantino. El Canon 28 de ese concilio dice que, en el día domingo, aun “el trabajo agrícola debiera ser dejado de lado, con el fin de no impedirle a la gente la asistencia a la iglesia.41
El cambio predicho. La Biblia revela que la observancia del domingo como institución cristiana tuvo su origen en “el misterio de iniquidad” (2 Tes. 2:7), el cual ya estaba obrando en los días de Pablo (ver el cap. 13 de esta obra). Por medio de la profecía de Daniel 7, Dios reveló su conocimiento anticipado del cambio que se haría en el día de adoración.
La visión de Daniel describe un ataque contra la Ley de Dios y su pueblo. El poder atacante, representado por un cuerno pequeño (y por una bestia en Apoc. 13:1-10), produce la gran apostasía dentro de la iglesia cristiana (ver el cap. 13 de esta obra). El cuerno pequeño, que surge de la cuarta bestia y se convierte en un poder perseguidor principal después de la caída de Roma (ver el cap. 19 de esta obra), procura “cambiar los tiempos y la ley” (Dan. 7:25). Este poder apóstata tiene mucho éxito, pues logra engañar a la mayor parte de los habitantes del mundo pero, al final, el juicio decide contra él (Dan. 7:11, 22, 26). Durante la tribulación final, Dios interviene a favor de su pueblo y los libra (Dan. 12:1-3).
Hay un solo poder dentro de la cristiandad al cual se le puede aplicar esta profecía. Hay una sola organización religiosa que pretende tener el derecho de modificar las leyes divinas. Nótese lo que han pretendido, a través de la historia, las autoridades católicas romanas:
Alrededor del año 1400 de nuestra era, Petrus de Ancharano aseveró que “el Papa puede modificar la ley divina, ya que su poder no es del hombre sino de Dios, y actúa en el lugar de Dios en el mundo, con el más amplio poder de atar y desatar sus ovejas”.42
El impacto de esta aseveración asombrosa se vio demostrado durante la Reforma. Lutero afirmaba que su guía en la vida no era la tradición de la iglesia, sino la Sagrada Escritura. Su consigna era sola scriptura: “la Biblia, y la Biblia sola”. Juan Eck, uno de los principales defensores de la fe católica romana, atacaba a Lutero en este punto, aseverando que la autoridad de la iglesia estaba por encima de la Biblia. Desafió a Lutero en el punto de la observancia del domingo en lugar de la del sábado bíblico. Dijo Eck: “La Escritura enseña: ‘Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jeho­vá tu Dios’, etc. Sin embargo, la iglesia ha cambiado el sábado al domingo por su propia autoridad, para lo cual vos [Lutero] no tenéis Escritura”.43
En el Concilio de Trento (1545-1563), convocado por el Papa con el fin de contrarrestar el protestantismo, Gaspare de Fosso, arzobispo de Reggio, nuevamente sacó a relucir el tema. “La autoridad de la iglesia, entonces –­dijo–, se ilustra más claramente por las Escrituras; porque, mientras por una parte [la iglesia] las recomienda, declara que son divinas [y] nos las ofrece para que las leamos [...] por otra parte, los preceptos legales de las Escrituras que el Señor enseñó han cesado en virtud de esa misma autoridad [la iglesia]. El sábado, el día más glorioso de la ley, ha sido cambiado al día del Señor [...] Estos asuntos y otros similares, no han cesado en virtud de la enseñanza de Cristo (porque él dijo que había venido a cumplir la ley, y no a destruirla), sino que han sido cambiados por la autoridad de la iglesia”.44
¿Mantiene aún esta posición la iglesia católica? La edición de 1977 del Convert’s Catechism of Catholic Doctrine [Catecismo de doctrina católica para el converso], contiene esta serie de preguntas y respuestas:
“P.: ¿Cuál es el día de reposo?
“R.: El sábado es el día de reposo
“P.: ¿Por qué observamos el domingo en vez del sábado?
“R.: Observamos el domingo en vez del sábado porque la Iglesia Católica transfirió la solemnidad del sábado al domingo”.45
En su famosa obra The Faith of Millons [La fe de millones], el sabio católico John A. O’Brien llegó a esta conclusión apremiante: “Por cuanto el día especificado en la Biblia no es el domingo sino el sábado, ¿no es curioso que los no católicos que profesan tomar su religión directamente de la Biblia y no de la Iglesia, observen el domingo en vez del sábado? Sí, desde luego, es contradictorio”. La costumbre de observar el domingo, dice este autor, “descansa sobre la autoridad de la Iglesia Católica y no sobre un texto explícito que se halle en la Biblia. Esa observancia permanece como un recordativo de la Madre Iglesia de la cual las sectas no católicas se desprendieron, como un muchacho que huye de su hogar, pero que en su bolsillo todavía lleva una fotografía de su madre o un mechón de su cabello”.46
La afirmación de estas pretensiones cumple la profecía y contribuye a identificar el poder simbolizado por el cuerno pequeño.

La restauración del sábado. En Isaías 56 y 58, Dios llama a Israel a una reforma en torno al sábado. Al revelar las glorias de la reunión futura de los gentiles en su redil (Isa. 56:8), asocia el éxito de esta misión de salvación con la práctica de guardar el sábado como día santo (Isa. 56:1, 2, 6, 7).
Dios ha bosquejado cuidadosamente la obra específica de su pueblo. Si bien su misión es mundial, se dirige especialmente a una clase de individuos que profesan ser creyentes pero que, en realidad, se han apartado de sus preceptos (Isa. 58:1, 2). Expresa su misión ante esos creyentes profesos en los siguientes términos: “Y edificarán los de ti los desiertos antiguos; los cimientos de generación y generación levantarás: y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar. Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicia, santo, glorioso de Jeho­vá; y lo venerares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus palabras: entonces te deleitarás en Jeho­vá” (Isa. 58:12-14, RVA).
La misión del Israel espiritual es paralela con la del antiguo Israel. La Ley de Dios fue quebrantada cuando el poder representado por el cuerno pequeño cambió el reposo del sábado al domingo. Tal como el sábado pisoteado debía ser restaurado en Israel, así también en los tiempos modernos, la divina institución del sábado debe ser restaurada, y es necesario reparar esa brecha que se abrió en el muro de la Ley de Dios.47
Lo que cumple esta obra de restauración y magnificación de la Ley es la proclamación del mensaje de Apocalipsis 14:6 al 12, en conexión con el evangelio eterno. Y es precisamente la proclamación de este mensaje lo que constituye la misión de la iglesia de Dios en la época de la Segunda Venida (ver el cap. 13 de esta obra). Este mensaje debe despertar al mundo, invitando a cada uno a prepararse para el juicio.
Las palabras usadas en el llamado a adorar al Creador, “aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7), constituyen una referencia directa al cuarto Mandamiento de la eterna Ley de Dios. Su inclusión en esta amonestación final confirma la especial preocupación que Dios siente para que su sábado, tan ampliamente olvidado, sea restaurado antes de la Segunda Venida.
La proclamación de este mensaje precipitará un conflicto que abarcará el mundo entero. El punto central de la controversia será la obediencia a la Ley de Dios y la observancia del sábado. Frente a este conflicto, cada uno debe decidir si guardará los Mandamientos de Dios o los de los seres humanos. Este mensaje producirá un pueblo que guarde los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Los que lo rechacen, recibirán finalmente la marca de la bestia (Apoc. 14:9, 12; ver el cap. 13 de esta obra).
Si desean cumplir con éxito esta misión de magnificar la Ley de Dios y de honrar su sábado que ha sido tan descuidado, los hijos de Dios deben presentar un ejemplo amoroso y consecuente en su práctica de guardar el sábado.
La observancia del sábado
Con el fin de recordar el día sábado para santificarlo, conforme al mandamiento (ver Éxo. 20:8), debemos pensar en él a través de la semana, y hacer los preparativos necesarios para observarlo de manera que agrade a Dios. Debiéramos tener cuidado de no agotar nuestras energías durante la semana hasta el punto en que no podamos ocuparnos en el servicio a Dios durante el sábado.
Por cuanto el sábado es un día de comunión especial con Dios, en el cual se nos invita a celebrar gozosos sus benditas actividades en la creación y la redención, es importante que evitemos cualquier cosa que tienda a disminuir su atmósfera sagrada. La Biblia especifica que en el sábado debemos cesar nuestro trabajo secular (Éxo. 20:10), evitando todo el trabajo que se hace para ganarse la vida y todas las transacciones de negocios (Neh. 13:15‑22). Debemos honrar a Dios “no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras” (Isa. 58:13). Si dedicamos este día a complacernos a nosotros mismos, a ocuparnos en intereses, conversaciones y pensamientos seculares, o en actividades deportivas, estaremos disminuyendo nuestra comunión con nuestro Creador y violando el carácter sagrado del sábado.48 Nuestra preocupación por el mandamiento del sábado debe extenderse a todos lo que estén bajo nuestra jurisdicción: nuestros hijos, los que trabajan para nosotros, y hasta nuestras visitas y animales domésticos (Éxo. 20:10), con el fin de que ellos también puedan gozar de las bendiciones del sábado.
El sábado comienza a la puesta del sol del viernes, y termina a la puesta del sol del sábado por la tarde (ver Gén. 1:5; comparar con Mar. 1:32).49 Al día anterior al sábado (viernes), la Escritura lo llama “día de preparación” (Mar. 15:42), un día en el cual debemos prepararnos para el sábado, de modo que nada eche a perder su carácter sagrado. En este día, los encargados de preparar las comidas familiares deben disponer los alimentos que se consumirán el sábado, de forma tal que, durante sus horas sagradas, ellos también puedan descansar de sus labores (ver Éxo. 16:23).
Cuando se acercan las horas sagradas del sábado, es bueno que los miembros de la familia o grupos de creyentes se reúnan poco antes de la puesta del sol del viernes de tarde para cantar, orar y leer la Palabra de Dios, invitando de este modo al Espíritu de Cristo para que sea un huésped bienve­ni­do. En forma similar, debieran marcar el cierre del día santo uniéndose en adoración poco antes de la puesta del sol del sábado de tarde, pidiendo la presencia y la conducción de Dios durante la semana que está por comenzar.
El Señor llama a su pueblo para que haga del sábado un día delicioso (Isa. 58:13). ¿Cómo puede hacer esto? Su única esperanza de experimentar, alguna vez, el verdadero gozo y satisfacción que Dios ha provisto para ellos en el día santo consiste en seguir el ejemplo de Cristo, el Señor del sábado.
Cristo adoraba regularmente en el día sábado, tomando parte en los servicios e impartiendo instrucción religiosa (Mar. 1:21; 3:1-4; Luc. 4:16-27; 13:10). Pero, el Salvador no se limitaba a adorar. También tenía comunión con los demás (Mar. 1:29-31; Luc. 14:1), caminaba al aire libre (Mar. 2:23) y se dedicaba a realizar santas obras de misericordia. Siempre que podía, sanaba a los enfermos y afligidos (Mar. 1:21-31; 3:1-5; Luc. 13:10-17; 14:2-4; Juan 5:1-15; 9:1-14).
Cuando se lo criticó por su obra de aliviar el sufrimiento, Jesús replicó: “Lícito es en los sábados hacer bien” (Mat. 12:12, RVA). Sus actividades de sanamiento no quebrantaron el sábado ni lo abolieron. Pero sí eliminaron los gravosos reglamentos de origen humano que habían torcido el significado del sábado como un instrumento divino de refrigerio espiritual y de­leite.50 Dios se proponía que el sábado sirviera para el enriquecimiento espiritual de la humanidad. Son correctas las actividades que promueven la comunicación con Dios; son impropias las que nos distraen de ese propósito y convierten el sábado en un día de fiesta o de asueto.
El Señor del sábado invita a todos a seguir su ejemplo. Los que aceptan su llamado experimentan el sábado como una delicia y una fiesta espiritual, un anticipo del cielo. Descubren que “el sábado fue designado por Dios para evitar el desánimo espiritual. Semana tras semana, el séptimo día conforta nuestra conciencia, asegurándonos que, a pesar de nuestros caracteres sin terminar de perfeccionar, nos hallamos completos en Cristo. Lo que él logró en el Calvario constituye nuestra expiación. Entramos en su reposo”.51
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Referencias
1. John N. Andrews, History of the Sabbath [Historia del sábado] (Battle Creek, Michigan: Seventh‑day Adventist Publishing Assn., 1873), 3a ed., ampliada, p. 575.
2. Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 232.
3. Ibíd.
4. J. L. Shuler, God’s Everlasting Sign [La señal eterna de Dios] (Nashville: Southern Pub. Assn., 1972), pp. 114-116; M. L. Andreasen, The Sabbath [El sábado] (Washington, D.C.: Review and Herald, 1942), p. 248; Wallenkampf, “The Baptism, Seal, and Fullness of the Holy Spiritu” [El bautismo, el sello y la plenitud del Espíritu Santo] (manuscrito sin publicar), p. 48; Elena de ­White, Patriarcas y profetas, p. 352; White, El conflicto de los siglos, pp. 671, 698.
5. Elena de ­White, Patriarcas y profetas, p. 315.
6. Wallenkampf, ibíd., p. 48.
7. Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 616.
8. “Sabbath”, SDA Encyclopedia, 1976, t. 1, p. 1.239.
9. “Sabbath, Annual”, ibíd. p. 1.265.
10. Jonathan Edwards, The Works of President Edwards [Las obras del presidente Edwards] (Nueva York: Leavitt & Allen, reproducción hecha en 1852 de la ed. de Worcester), t. 4, p. 622. Los puritanos consideraban que el domingo era el día de reposo cristiano.
11. Es interesante notar que Jesús descansó en la tumba en un “día grande”, puesto que ese sábado era tanto el séptimo día de la semana como el primer sábado de la Semana de los Panes sin Levadura. ¡Qué día para que culminase en él la redención! El “es bueno” de la creación se une con el “consumado es” de la redención, cuando el Autor y Consumador nuevamente reposa tras haber completado su obra.
12. Samuel Bacchiocchi, Rest for Modern Man [Reposo para el hombre moderno] (Nashville, Tennessee: Southern Pub. Assn., 1976), pp. 8, 9.
13. “Sabbath”, SDA Encyclopedia, 1976, p. 1.244. Ver también Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 211; comparar con Elena de ­White, “The Australian Camp‑Meeting” [La reunión campestre de Australia], Review and Herald, 7 de enero de 1896, p. 2.
14. Ver Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 752, 753. Comparar con Elena de ­White, Los hechos de los apóstoles, p. 464.
15. “Sabbath”, SDA Encyclopedia, p. 1.237.
16. A. H. Strong, Systematic Theology [Teología sistemática], p. 408.
17. White, Patriarcas y profetas, p. 29.
18. Bacchiocchi, Rest for Modern Man, p. 15.
19. Ibíd., p. 19.
20. White, Joyas de los testimonios, t. 3, p. 16.
21. Andreasen, Sabbath, p. 25.
22. Se puede definir el legalismo como “los intentos de ganar la salvación por el esfuerzo individual. Es conformarse a la Ley y a ciertas observancias como un medio de justificación ante Dios. Esto no es correcto, por cuanto ‘por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él’ (Rom. 3:20)” (Shuler, God’s Everlasting Sign, p. 90). Shuler continúa diciendo: “Los que denuncian la observancia del sábado como legalismo necesitan considerar lo siguiente: Si un cristiano nacido de nuevo se abstiene de adorar dioses falsos, y mantiene reverencia como lo mandan el primer y tercer precepto, ¿está opuesto a la salvación por gracia? ¿Se oponen a la libre gracia divina la pureza, la honestidad y la veracidad prescritas por el séptimo, el octavo y el noveno mandamiento? La respuesta de ambas preguntas es “no”. Del mismo modo, el hecho de que un alma renovada guarde el séptimo día no es legalismo, ni es contrario a la salvación solo por gracia. De hecho, el mandamiento respecto al sábado es el único precepto de la Ley que se destaca como una señal de nuestra liberación del pecado y de nuestra santificación únicamente por la gracia” (ibíd.).
23. Ibíd., p. 89.
24. Ibíd., p. 94.
25. Andreasen, Sabbath, p. 105.
26. Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 434, 435.
27. Ibíd.
28. James Gibbons, La fe de nuestros padres (Ed. Revista Católica, El Paso, Texas, 1940), p. 84. R. W. Dale, escritor congregacionalista, declaró: “Es muy claro que no importa cuán rígida o devotamente podamos portarnos el domingo, no estamos guardando el día de reposo [...] El día de reposo fue fundado en un mandato divino específico. No podemos encontrar ningún mandato semejante para justificar la obligación de observar el domingo” (R. W. Dale, The Ten Commandments [Los Diez Mandamientos], 4ª ed. [Londres: Hoder and Stoughton, 1884]), p. 100.
29. Andrew P. Lincoln, “From Sabbath to Lord’s Day: A Biblical and Theological Perspective” [Del sábado al día del Señor: Perspectiva bíblica y teológica], en From Sabbath to Lord’s Day: A Biblical, Historical, and Theological Investigation [Del sábado al día del Señor: Una investigación bíblica, histórica y teológica], A. Carson, ed. (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1982), p. 386.
30. Ibíd., p. 392.
31. Ver Justino Mártir, “First Apology” [Primera apología], en: Ante‑nicene Fathers [Padres antenicenos] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1979), t. 1, p. 186; Maxwell, Dios revela el futuro (Boise, Idaho: Pacific Press, 1989), t. 1, pp. 130, 131.
32. Ver, por ejemplo, Bacchiocchi, “The Rise of Sunday Observance in Early Christianity” [El surgimiento de la observancia del domingo en la cristiandad primitiva], en The Sabbath in Scripture and History [El sábado en la Escritura y la historia], Kenneth A. Strand, ed. (Washington, D.C.: Review and Herald, 1982), p. 137; Bacchiocchi, From Sabbath to Sunday [Del sábado al domingo] (Roma: Imprenta de la Universidad Gregoriana Pontificia, 1977), pp. 223-232.
33. Sócrates, Historia Eclesiástica, Libro 5º, cap. 22, citado en Padres nicenos y postnicenos, 2ª serie (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1979), t. 2, p. 132.
34. Sozomen, Ecclesiastical History [Historia eclesiástica], libro 7, cap. 19, citado en Padres nicenos y postnicenos, 2ª serie, t. 2, p. 390.
35. Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, p. 131.
36. Gaston H. Halsberghe, The Cult of Sol Invictus [El culto al sol invicto] (Leiden: E. J. Brill, 1972), pp. 26, 44. Ver también Bacchiocchi, “The Rise of Sunday Observance”, p. 139.
37. Bacchiocchi, “The Rise of Sunday Observance”, p. 140. Ver también Bacchiocchi, From Sabbath to Sunday, pp. 252, 253.
38. Ver, por ejemplo, Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, pp. 129, 130; H. G. Heggtveit, Illustreret Kirkehistorie [Historia ilustrada de la iglesia] (Cristianía [Oslo]: Cammermeyes Boghandel, 1891-1895), p. 202, según aparece traducido en Schaff, History of the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana], 5ª ed. (Nueva York, 1902) t. 3, p. 380, nota 1.
39. Codex Justinianus, libro 3, título 12, 3, según aparece traducido en Schaff, ibíd.
40. Concilio de Laodicea, Canon 29, en Charles J. Hefele, A History of the Councils of the Church From the Original Documents [Historia de los concilios de la iglesia a partir de los documentos originales], Henry N. Oxenham, trad. y ed. (Edimburgo: T&T Clark 1876), t. 2, p. 316. Ver también SDA Bible Student’s Source Book, ed. rev., p. 885.
41. Giovvanni Domenico Mansi, ed. Sacrorum Conciliorum, t. 9, columna 919, citado por Maxwell, Dios revela el futuro, t. 1, p. 129. Citado en parte por Andrews, History of the Sabbath and First Day of the Week, p. 374.
42. Lucius Ferraris, “Papa”, art. 2, Prompta Bibliotheca (Venetiis [Venecia]: Caspa Storti, 1772), t. 6, p. 29, según aparece traducido en SDA Bible Student’s Source Book, ed. rev., p. 680.
43. John Eck, Enchiridion of Commonplaces Against Luther and Other Enemies of the Church [Breviario contra Lutero y otros enemigos de la Iglesia], Ford L. Battles, trad., 3a ed. (Grand Rapids: Baker, 1979), p. 13.
44. Gaspare [Ricciulli] de Fosso [Discurso pronunciado en la 17ª sesión del Concilio de Trento, 18 de enero de 1562 en Mansi], Sacrorum Conciliarum, t. 33, columnas 529, 530, según aparece traducido en SDA Bible Student’s Source Book, ed. rev. p. 887.
45. Peter Geiermann, The Convert’s Catechism of Catholic Doctrine [El catecismo de doctrina católica para el converso] (Rockford, Ill: Tan Books and Publishers, 1977), p. 50.
46. John A. O’Brien, The Faith of Millons [La fe de millones], ed. rev. (Huntington, IN: Our Sunday Visitor Inc., 1974), pp. 400, 401.
47. Ver ­White, El conflicto de los siglos, pp. 504-506.
48. White, Mensajes selectos, t. 3, p. 294.
49. En la Escritura, según lo hace claro la historia de la creación, los días se marcaban de puesta de sol a puesta de sol. Ver también Levítico 23:32.
50. El ejemplo de Cristo ¿requiere que los hospitales se mantengan abiertos por siete días sin proveer ningún descanso sabático para sus empleados? Al enfocar las necesidades del personal de los hospitales, Elena de ­White dijo: “El Salvador nos ha mostrado, por su ejemplo, que es correcto aliviar los sufrimientos en este día; pero los médicos y las enfermeras no debieran hacer ninguna obra innecesaria. Los tratamientos comunes, y las operaciones que pueden esperar, debieran ser postergados hasta el día siguiente. Hágase saber a los pacientes que los médicos necesitan tener un día para descansar” (El ministerio médico [Miami, Florida: Asoc. Publicadora Interamericana, 2001], p. 282). 
	Los honorarios que se obtienen de los servicios médicos prestados en sábado deben apartarse para obras de caridad. Elena de ­White escribió: “Puede ser necesario dedicar aun las horas del santo sábado para el alivio de la humanidad sufriente. Pero los honorarios por dicha labor deben ser puestos en el tesoro del Señor para ser usados en beneficio de los pobres dignos de ayuda, que necesitan valerse de los servicios médicos pero no pueden pagar por ellos” (ibíd., p. 284).
51. George E. Vandeman, When God Made Rest [Cuando Dios creó el descanso] (Boise, Idaho: Pacific Press, 1987), p. 21.
                                

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