Explicación

La paga del pecado es la muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que han fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados, y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después (Job 19:25-27; Sal. 146:3, 4; Ecl. 9:5, 6, 10; Dan. 12:2, 13; Isa. 25:8; Juan 5:28, 29; 11:11-14; Rom. 6:23; 16; 1 Cor. 15:51-54; Col. 3:4; 1 Tes. 4:13-17; 1 Tim. 6:15; Apoc. 20:1-10).

EL EJÉRCITO FILISTEO SE DIRIGIÓ a Sunem, estableció su campamento y se preparó para atacar a Israel. La estrategia poco optimista del rey Saúl colocó al ejército de Israel en el cercano monte de Gilboa. En el pasado, la seguridad que Saúl tenía de la presencia de Dios lo capacitó para guiar a Israel sin temor alguno contra sus enemigos. Pero, Saúl había dejado de servir al Señor y, cuando el apóstata rey trató de comunicarse con Dios acerca de la batalla que se acercaba, Dios rehusó comunicarse con él.
El temor al futuro incierto y sombrío pesaba grandemente sobre Saúl. Si tan solo Samuel estuviera allí... Pero Samuel había muerto y ya no podía contar más con él. ¿O quizás podría?
“Tal vez, debería consultar con un médium”, se dijo a sí mismo Saúl. Anteriormente, cuando Saúl estaba cerca de Dios, había tratado de mantener a los hijos de Israel lejos de la hechicería y la brujería, y había desterrado a todos los médium espiritistas de Israel.
Ahora, el mismo Saúl estaba tratando de localizar a un médium a quien pudiera preguntarle sobre el destino de la inminente guerra. Encontró una en Endor y le preguntó sobre el resultado de la batalla del día siguiente. Primero, le pidió que trajera a Samuel ante su presencia. Durante el trance, la médium “vio un espíritu ascender de la tierra”. Este espíritu informó al ansioso rey que Israel no solo perdería la guerra, sino que él y sus hijos morirían (ver 1 Sam. 28).
La predicción se cumplió. Pero ¿era realmente el espíritu de Samuel el que hizo la predicción? ¿Cómo podría un médium, condenado por Dios, tener poder sobre el espíritu de Samuel, el profeta de Dios? Y ¿de dónde vino Samuel? Si no fue el espíritu de Samuel el que habló a Saúl, ¿quién era? Veamos lo que la Biblia enseña en cuanto a la muerte, la comunicación con los muertos y la resurrección.
La inmortalidad y la muerte
La inmortalidad es el estado o condición de no estar sujeto a la muerte. Los traductores de la Escritura usaron la palabra inmortalidad para traducir el término griego athanasia, “sin muerte”, y aphtharsia, incorruptible. ¿Cómo se relaciona este concepto con Dios y los seres humanos?

La inmortalidad. La Escritura revela que el eterno Dios es inmortal (1 Tim. 1:17). De hecho, él es “el único que tiene inmortalidad” (1 Tim. 6:16). Dios no es un Ser creado, tiene existencia propia, y no tiene comienzo ni final (ver el cap. 2 de esta obra).
“En ningún lugar las Escrituras describen la inmortalidad como una cualidad o estado que el hombre –o su ‘alma’ o ‘espíritu’– posee en forma inherente. Por lo general, los términos relacionados con ‘alma’ y ‘espíritu’ [...] se mencionan en la Biblia más de 1.600 veces, pero nunca están asociados con las palabras ‘inmortal’ o ‘inmortalidad’ ” (ver el cap. 7 de esta obra).1
Entonces, a diferencia de Dios, los seres humanos son mortales. La Escritura compara sus vidas con la “neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant. 4:14). Son carne, un “soplo que va y no vuelve” (Sal. 78:39). El hombre “sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece” (Job. 14:2).
Hay una diferencia muy marcada entre Dios y los seres humanos. Dios es infinito, nosotros somos finitos. Dios es inmortal, nosotros somos mortales. Dios es eterno, nosotros somos transitorios.

Inmortalidad condicional. En la creación, “Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). El relato de la creación nos revela que el hombre obtuvo vida de Dios (comparar con Hech. 17:25, 28; Col. 1:16, 17). El corolario de este hecho básico es que la inmortalidad no es un atributo humano, sino un don de Dios.
Cuando Dios creó a Adán y a Eva, les dio libre albedrío: poder para escoger. Podían obedecer o desobedecer, y su existencia continuada dependería de su continua obediencia mediante el poder de Dios. De modo que la posesión del don de la inmortalidad era condicional.
Dios explicó cuidadosamente las consecuencias que sufrirían al hacer mal uso de ese don, al comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. Dios les advirtió: “El día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gén. 2:17).2

La muerte: La paga del pecado. En contradicción a la advertencia de Dios de que la desobediencia les traería muerte, Satanás les aseguró: “No moriréis” (Gén. 3:4). Pero, después que transgredieron el mandato de Dios, Adán y Eva descubrieron que la paga del pecado es, en verdad, la muerte (Rom. 6:23). Por su pecado, debieron oír esta frase: “Polvo eres, y al polvo volverás” (Gén. 3:19). Estas palabras no apuntan a la continuación de la vida, sino a su terminación.
Después de haberles dado esta sentencia, Dios marginó a la pareja pecaminosa del árbol de la vida para que no “coma y viva para siempre” (Gén. 3:22). Su acción indicó con claridad que la inmortalidad prometida a condición de la obediencia se había perdido por el pecado. Ahora se habían convertido en mortales, sujetos a la muerte. Y como Adán no podía transmitir lo que ya no poseía, “la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12).
Fue solo la misericordia de Dios lo que hizo que Adán y Eva no murieran inmediatamente. El Hijo de Dios había ofrecido dar su vida para que ellos tuvieran otra oportunidad. Él fue “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8).

Esperanza para la humanidad. Aunque la gente nace siendo mortal, la Biblia los anima a buscar la inmortalidad (ver Rom. 2:7). Jesucristo es la fuente de esta inmortalidad: “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23; comparar con 1 Juan 5:11). Jesús “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad” (2 Tim. 1:10). “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22). Cristo mismo dijo que su voz abriría sepulcros y resucitaría a los muertos (Juan 5:28, 29).
Si Cristo no hubiera venido, la situación de la raza humana no tendría esperanza, y todos los que han muerto habrán perecido eternamente. Sin embargo, por él, ninguno necesita perecer. Juan dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). De modo que el creer en Cristo no solo anula la sentencia de muerte, sino asegura también a los creyentes el don precioso de la inmortalidad.
Cristo compró y “sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Tim. 1:10). Pablo nos asegura que “las Sagradas Escrituras te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Tim. 3:15). Los que no aceptan el evangelio no recibirán la inmortalidad.

La recepción de la inmortalidad. Pablo describe el momento cuando se otorga el don de la inmortalidad: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Cor. 15:51-54). Esto hace claro que Dios no otorga la inmortalidad al creyente en el momento de su muerte, sino en su resurrección, cuando suene la última trompeta. Entonces, “esto mortal” se vestirá “de inmortalidad”. Aunque Juan señala que recibimos el don de la vida eterna cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador personal (1 Juan 5:11-13), este don se implementará cuando Cristo regrese. Solo allí seremos cambiados de mortales a inmortales, de corruptibles a incorruptibles.
La naturaleza de la muerte
Si la muerte es la cesación de la vida, ¿qué dice la Biblia acerca de la condición de la persona durante la muerte? ¿Qué es lo que hace importante que los cristianos comprendan esta enseñanza bíblica?

La muerte es un sueño. La muerte no es una aniquilación completa, es solamente un estado de inconsciencia temporal mientras la persona espera la resurrección. La Biblia, repetidamente, llama a este estado intermedio un sueño.
El Antiguo Testamento, refiriéndose a la muerte de David, de Salomón y de los demás reyes de Israel y de Judá, dice que dormían con sus padres (1 Rey. 2:10; 11:43; 14:20, 31; 15:8; 2 Crón. 21:1; 26:23, etc.). Job llamó a la muerte un sueño (Job 14:10-12); lo mismo David (Sal. 13:3), Jeremías (Jer. 51:39, 57) y Daniel (Dan. 12:2).
El Nuevo Testamento usa el mismo término. Al describir la condición de la hija de Jairo, que estaba muerta, Jesús dijo que ella dormía (Mat. 9:24; Mar. 5:39). En la misma forma se refirió a Lázaro cuando estaba muerto (Juan 11:11-14). Mateo escribió que “muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron” después de la resurrección de Cristo (Mat. 27:52), y al registrar el martirio de Esteban, Lucas escribió que “durmió” (Hech. 7:60). Tanto Pablo como Pedro también llamaron a la muerte un sueño (1 Cor. 15:51, 52; 1 Tes. 4:13-17; 2 Ped. 3:4).
La representación bíblica de la muerte como un sueño se adapta claramente a su naturaleza, como lo demuestra la siguiente comparación: (1) Los que duermen están inconscientes. “Los muertos nada saben” (Ecl. 9:5). (2) Durante el sueño, los pensamientos conscientes cesan. “Sale su aliento [...] y en ese mismo momento perecen sus pensamientos” (Sal. 146:4). (3) El sueño pone fin a todas las actividades del día. “En el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo ni ciencia, ni sabiduría (Ecl. 9:10). (4) El sueño nos desliga de los que están despiertos y de sus actividades. “Nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol” (vers. 6). (5) El sueño normal deja inactivas las emociones conscientes. “Su amor y su odio y su envidia fenecieron ya” (vers. 6). (6) Durante el sueño, los seres humanos no alaban a Dios. “No alabarán los muertos a Jeho­vá” (Sal. 115:7). (7) El sueño anticipa un despertar. “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida” (Juan 5:28, 29).3

La persona vuelve al polvo. Para poder comprender lo que sucede a una persona en la muerte, debemos comprender su naturaleza. La Biblia presenta a una persona como una unidad orgánica (ver el cap. 7 de esta obra). A veces, usa la palabra alma para referirse a toda la persona y, en otras ocasiones, a los afectos y emociones. Pero, no enseña que el hombre está compuesto de dos partes separadas. El cuerpo y el alma solo existen juntos; forman una unión inseparable.
En la creación humana, la unión del polvo (elementos de la tierra) y el aliento de vida produjeron un ser viviente o alma. Adán no recibió el alma como entidad separada; llegó a ser un alma viviente (Gén. 2:7; ver también el cap. 7 de esta obra). En la muerte, sucede lo opuesto: el polvo de la tierra sin el aliento de vida resulta en una persona muerta o un alma en estado de total inconsciencia (Sal. 146:4). Los elementos que componen el cuerpo vuelven a la tierra de la cual fueron formados (Gén. 3:19). El alma no tiene existencia consciente fuera del cuerpo, y ningún escrito indica que, en la muerte, el alma sobrevive como una entidad consciente. De manera que “el alma que pecare, esa morirá” (Eze. 18:20).

El lugar de los muertos. El Antiguo Testamento llama seol (hebreo) al lugar donde van los muertos, mientras que el Nuevo Testamento lo llama hades (griego). En la Escritura seol a menudo significa simplemente el sepulcro.4 El significado de hades es similar al de seol.5
Todos los muertos van a este lugar (Sal. 89:48), tanto justos como malos. Jacob dijo: “Descenderé [...] hasta el Seol [sepulcro]” (Gén. 37:35). Cuando la tierra “abrió su boca” para tragar a Coré y a sus compañeros, estos descendieron vivos al sepulcro (Núm. 16:30).
El seol recibe a la persona completa en su muerte. Cuando Cristo murió, fue a la tumba (hades, Hech. 2:27, 31, o seol, Sal. 16:10). Cuando David agradeció a Dios por haberlo sanado, testificó que su alma había sido librada del sepulcro [seol] (Sal. 30:3).
En el sepulcro hay una absoluta inconsciencia.6 Por cuanto la muerte es un sueño, los muertos quedan en estado de inconsciencia en el sepulcro hasta la resurrección, cuando el sepulcro (hades) entregue a los muertos (Apoc. 20:13).

El espíritu vuelve a Dios. Aunque el cuerpo vuelve al polvo, el espíritu vuelve a Dios. Salomón dijo que en la muerte “el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Ecl. 12:7). Esto sucede tanto a justos como malos.
Pero ¿enseña este texto que la esencia de la persona continúa viviendo después de la muerte? En la Biblia el término espíritu ni en hebreo ni en griego (rûaj y pnéuma, respectivamente) se refiere a una entidad inteligente capaz de una existencia consciente fuera del cuerpo. Más bien, estos términos se refieren al “aliento”: la chispa de vida esencial para la existencia individual, el principio de vida que acciona a los animales y a los seres humanos (ver el cap. 7 de esta obra).
Salomón escribió: “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia [...] Todo va a un mismo lugar, todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu [rûaj] de los hijos de los hombres sube arriba, y el espíritu [rûaj] del animal desciende abajo a la tierra?” (Ecl. 3:19-21). De modo que, según Salomón, en la muerte no hay ninguna diferencia entre el espíritu del hombre y el de los animales.
La declaración de Salomón que el espíritu [rûaj] vuelve a Dios que lo dio indica que lo que vuelve a Dios es simplemente el principio de vida que él impartió. No hay indicación de que el espíritu, o el aliento, sea una entidad consciente separada del cuerpo. Este rûaj equivale al “aliento de vida” que Dios sopló en el primer ser humano para poner en acción su cuerpo sin vida (comparar con Gén. 2:7).

Armonía mediante las Escrituras. Muchos cristianos sinceros que no han estudiado las enseñanzas completas de la Biblia en cuanto a la muerte no se dan cuenta de que, hasta la resurrección, la muerte es un sueño. Se han aferrado a diversos pasajes que dan la idea de que el espíritu y el alma tienen una existencia consciente después de la muerte. El estudio cuidadoso revela que la enseñanza insistente de la Biblia es que la muerte causa la cesación de la conciencia.7

El espiritismo. Si los muertos están completamente inconscientes, entonces, ¿con qué o quién se comunican los médiums espiritistas?
Toda persona sincera admitirá que por lo menos algunos de estos fenómenos son falsos; pero que otros no lo son. Es evidente que hay un poder sobrenatural ligado con el espiritismo. ¿Qué es lo que enseña la Biblia al respecto?

1. La base del espiritismo. El espiritismo se originó con la primera mentira de Satanás a Eva: “no moriréis” (Gén. 3:4). Sus palabras fueron el primer sermón sobre la inmortalidad del alma. En la actualidad, a través de todo el mundo, religiones de todas clases repiten fatuamente este error. Para muchos, la sentencia divina de que “el alma que pecare, esa morirá” (Eze. 18:20) ha sido invertida para decir que “el alma, aunque peque, vivirá eternamente”.
Esta doctrina errónea de inmortalidad natural ha llevado a creer en el estado consciente de los muertos. Como hemos visto, estas posiciones contradicen directamente la enseñanza bíblica sobre este tema. Fueron ­incorporadas en la fe cristiana provenientes de la filosofía pagana –­particularmente la de Platón– durante la época de la gran apostasía (ver el cap. 13 de esta obra). Estas creencias llegaron a predominar entre la cristiandad y todavía hoy continúan siendo dominantes.
Creer que los muertos están conscientes ha predispuesto a muchos cristianos a aceptar el espiritismo. Si los muertos están vivos y en la presencia de Dios, ¿por qué no pueden volver a la tierra como espíritus activos? Y si pueden, ¿por qué no tratar de comunicarse con ellos, y recibir su consejo e instrucción para evitar el infortunio, o recibir consuelo en la tristeza?
Al promover esta línea de razonamiento, Satanás y sus ángeles (Apoc. 12:4, 9) han establecido un medio de comunicación mediante el cual pueden llevar a cabo sus engaños. Usando tales medios como las sesiones espiritistas, se disfrazan de seres queridos que ya han fallecido y, supuestamente, dan consuelo y seguridad a los deudos. A veces, predicen sucesos futuros; y cuando estos se cumplen, fortalecen su convicción. Luego, las herejías peligrosas que proclaman toman el papel de auténticas, aunque contradigan la Biblia y la Ley de Dios. Habiendo quitado las barreras contra el mal, Satanás tiene libertad de apartar a la gente de Dios y llevarla a una segura destrucción.

2. Advertencia contra el espiritismo. Ninguno necesita ser engañado por el espiritismo. La Biblia claramente expone su falsedad. Como hemos visto, la Biblia nos dice que los muertos nada saben, que están inconscientes después de la muerte.
La Biblia también prohíbe firmemente cualquier intento de comunicarse con los muertos o el mundo espiritista. Declara que los que dicen comunicarse con los muertos, como los médiums espiritistas lo hacen en la actualidad, realmente se están comunicando con “espíritus familiares” que son “espíritus de demonios”. El Señor dijo que estas actividades eran abominables y que los que las practicaran serían castigados con la muerte (Lev. 19:31; 20:27; comparar con Deut. 18:10, 11).
Isaías expresó muy bien la necedad del espiritismo. “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:19, 20). Así es: solamente las enseñanzas de la Biblia pueden salvaguardar a los cristianos contra este horrible engaño.

3. Manifestaciones del espiritismo. La Biblia registra diversas actividades espiritistas –desde los magos de Faraón, y los magos, astrólogos y adivinos de Nínive y Babilonia, hasta las brujas y médiums de Israel– y las condena a todas. Un ejemplo de ello es la sesión espiritista a que Saúl asistió en Endor, la cual mencionamos al comienzo de este capítulo. 
La Escritura dice: “Y consultó Saúl a Jeho­vá; pero Jeho­vá no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas” (1 Sam. 28:6). Entonces, Dios no tuvo nada que ver con lo que sucedió en Endor. Saúl fue engañado por un demonio que se disfrazó de Samuel, quien ya había muerto; Saúl nunca vio al verdadero Samuel. La bruja vio la forma de un anciano, mientras que Saúl solo “entendió” o concluyó que se trataba de Samuel (vers. 14).
Si creemos que esa aparición realmente era Samuel, debemos prepararnos para creer que las brujas y brujos, las pitonisas, los adivinos, los espiritistas, o los médiums pueden llamar a los justos muertos desde el lugar adonde van cuando mueren. Debemos también aceptar que Samuel estaba en un estado consciente en la tumba, porque el anciano “subió de la tierra” (vers. 13). La Escritura no apoya ninguna suposición de que haya alguna forma de vida después de la muerte. En cambio, Satanás y sus secuaces son capaces de engañar a las personas con apariciones de muertos, e incluso proporcionar detalles sobre los seres queridos muertos y pretender transmitir comunicaciones de parte de ellos. Tal fue el caso con la sesión que Saúl tuvo.
Esta sesión no le produjo ninguna esperanza a Saúl, sino profunda depresión. Al día siguiente, se suicidó (1 Sam. 31:4). Sin embargo, el supuesto Samuel había predicho que en ese día Saúl y sus hijos estarían con él (1 Sam. 28:19). Si tenía razón, tendríamos que llegar a la conclusión que, después de la muerte, el desobediente Saúl y el justo Samuel habían de estar juntos. En vez de ello, ¿no debemos concluir que un ángel malo produjo la escena de engaño que ocurrió en aquella sesión?

4. El engaño final. En el pasado, las manifestaciones de espiritismo estaban confinadas al ámbito del ocultismo. Pero, más recientemente, el espiritismo ha tomado una apariencia “cristiana” para poder engañar al mundo cristiano. Al profesar la aceptación de Cristo y la Biblia, el espiritismo ha llegado a ser un enemigo peligroso para los creyentes. Sus efectos son sutiles y engañosos. Mediante la influencia del espiritismo, la “interpretación de la Biblia está calculada para agradar al corazón irregenerado, al paso que ­anula el efecto de sus verdades solemnes y vitales. Los espiritistas hacen hincapié en el amor como el principal atributo de Dios, pero lo rebajan al nivel de un sentimentalismo enfermizo, y hacen poca distinción entre el bien y el mal. La justicia de Dios, su reprobación del pecado, las exigencias de su santa Ley, todo eso es quitado de la vista. Enseñan a la gente a que consideren el Decálogo como letra muerta. Fábulas agradables y fascinantes cautivan los sentidos, e inducen a los hombres a que rechacen la Biblia como fundamento de su fe”.8
A través de estos medios, el bien y el mal llegan a ser relativos, y cada persona, o situación, o cultura, llega a ser la norma en cuanto a la “verdad”. En resumen, cada persona llega a ser un dios, cumpliendo la promesa de Satanás: “Seréis como dioses” (Gén. 3:5).
Ante nosotros está “la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero” (Apoc. 3:10). Satanás se apresta para usar grandes señales y milagros en su esfuerzo final para engañar al mundo. Hablando de este engaño maestro, Juan dijo: “Y vi salir [...] tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso (Apoc. 16:13, 14; comparar con 13:13, 14).
Solo podrán escapar los que se mantienen bajo el poder de Dios, con sus mentes fortalecidas con las verdades de la Escritura, aceptándola como su única autoridad. Los demás no tienen protección y serán arrasados por este engaño.

La primera y segunda muerte. La segunda muerte es el castigo final para los pecadores que no se arrepienten: todos los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida. Sucede al final de los mil años (ver el cap. 27 de esta obra). De esta muerte no hay resurrección. Con la destrucción de Satanás y los injustos, el pecado es erradicado y la muerte misma será destruida (1 Cor. 15:26; Apoc. 20:14; 21:8). Cristo nos ha dado la seguridad de que “el que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte” (Apoc. 2:11).
Tomando en cuenta el modo en que la Escritura define la segunda muerte, podemos concluir que la primera muerte es lo que toda persona –excepto los que son trasladados– experimenta como resultado de la transgresión de Adán. Es “la consecuencia normal que la humanidad sufre debido a los efectos degenerativos del pecado”.9
La resurrección
La resurrección es “la restauración de la vida, después de la muerte, junto con la plenitud de su ser y su personalidad”.10 Por cuanto la humanidad está sujeta a la muerte, tiene que haber una resurrección si se ha de experimentar la vida más allá del sepulcro. A través del Antiguo y el Nuevo Testamento, los mensajeros de Dios han expresado esperanza en una resurrección (Job. 14:13-15; 19:25-29; Sal. 49:15; 73:24; Isa. 26:19; 1 Cor. 15).
La esperanza de la resurrección, de la cual tenemos evidencia bíblica sólida, nos anima a creer que disfrutaremos un futuro mejor, más allá de este mundo actual en el cual todos estamos destinados a morir.

La resurrección de Cristo. La resurrección de los muertos justos a la inmortalidad está íntimamente relacionada con la resurrección de Cristo, porque es el Cristo resucitado el que finalmente levantará a los muertos (Juan 5:28, 29).

1. Su importancia. ¿Qué habría pasado si Cristo no hubiese resucitado? Pablo abrevia las consecuencias: (a) No habría razón para predicar el evangelio: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación” (1 Cor. 15:14). (b) No habría perdón por nuestros pecados: “Si Cristo no resucitó [...] aún estáis en vuestros pecados” (vers. 17). (c) No tendría ningún propósito creer en Jesús: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana” (vers. 17). (d) No habría una resurrección general de los muertos: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?” (vers. 12). (e) No habría esperanza más allá de la tumba: “Si Cristo no resucitó [...] entonces también los que durmieron en Cristo perecieron” (vers. 17, 18).11

2. Una resurrección corporal. El Cristo que salió de la tumba era el mismo Jesús que vivió aquí en carne y hueso. Ahora tiene un cuerpo glorificado, pero todavía es un cuerpo tangible, tan real que algunos ni siquiera notaron la diferencia (Luc. 24:13-27; Juan 20:14-18).
El mismo Jesús negó ser un espíritu o un fantasma. Hablando a los discípulos, dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Luc. 24:39). Para probar la realidad física de su resurrección, también comió ante ellos (vers. 43).

3. Su impacto. La resurrección tuvo un impacto electrizante en los discípulos de Cristo. Transformó a aquel grupo de hombres débiles y atemorizados en apóstoles valientes dispuestos a hacer cualquier cosa por su Señor (Fil 3:10, 11; Hech. 4:33). La misión que cumplieron como resultado de esto estremeció al Imperio Romano y trastornó al mundo entero (Hech. 17:6).
“Fue la certeza de la resurrección de Cristo lo que trajo interés y poder en la predicación del evangelio (ver Fil. 3:10, 11). Pedro habla de la ‘resurrección de Jesucristo de los muertos’ como una acción generadora de ‘esperanza viva’ para los creyentes (1 Ped. 1:3). Los apóstoles se consideraban a sí mismos ordenados a ser testigos ‘de su resurrección’ (Hech. 1:22), y basaban sus enseñanzas de la resurrección de Cristo en las predicciones mesiánicas del Antiguo Testamento (Hech. 2:31). Fue su conocimiento personal de ‘la resurrección del Señor Jesús’ lo que otorgó ‘gran poder’ a su testimonio (Hech. 4:33). Los apóstoles despertaron la oposición de los dirigentes judíos cuando salieron a predicar ‘en Jesús la resurrección de los muertos’ (vers. 2) [...] Cuando Pablo fue llevado ante el Sanedrín, declaró que fue por causa ‘de la esperanza y de la resurrección de los muertos’ que se lo juzgó ante ellos (Hech. 23:6; comparar con 24:21). Pablo escribió a los Romanos que Jesucristo ‘fue declarado Hijo de Dios con poder [...] por la resurrección de entre los muertos’ (Rom. 1:4). Hablando del bautismo, él explicó que el cristiano da testimonio de su fe en la resurrección de Cristo (Rom. 6:4, 5)”.12

Las dos resurrecciones. Cristo enseñó que hay dos resurrecciones generales: una “resurrección de vida” para los justos y una “resurrección de condenación” para los injustos (Juan 5:28, 29; Hech. 24:15). Los mil años separan estas resurrecciones (Apoc. 20:4, 5).

1. La resurrección de vida. Los que son levantados en la primera resurrección son los “benditos y santos” (Apoc. 20:6). Ellos no experimentarán la segunda muerte en el lago de fuego al final de los mil años (vers. 14). Esta resurrección para vida e inmortalidad (Juan 5:29; 1 Cor. 15:52, 53) se llevará a cabo en la Segunda Venida (1 Cor. 15:22, 23; 1 Tes. 4:15-18). Los que la experimenten no podrán morir más (Luc. 20:36). Estarán unidos con Cristo para siempre.
¿Cómo será el cuerpo resucitado? Como Cristo, los santos resucitados tendrán cuerpos reales. Y como Cristo se levantó glorificado, así también saldrán los justos. Pablo dijo que Cristo “trasformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:21). Él llama al cuerpo sin gloria “cuerpo natural” y al glorificado, “cuerpo espiritual”; al antiguo ser, mortal y corruptible; y al ulterior, inmortal e imperecedero. El cambio de la mortalidad a la inmortalidad sucede instantáneamente en la resurrección (ver 1 Cor. 15:42-54).

2. La resurrección de condenación. Los injustos serán levantados en la segunda resurrección general, la cual sucederá al final de los mil años (ver el cap. 27 de esta obra). De esta resurrección se procede al juicio final y a la condenación (Juan 5:29). Aquellos cuyos nombres no se encuentran en el libro de la vida serán resucitados en esa ocasión y “lanzados en el lago de fuego”, donde experimentarán la segunda muerte (Apoc. 20:14, 15).
Los perdidos podrían haber evitado este fin trágico. La Escritura presenta en forma inequívoca la forma que Dios da para escapar: “Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis? [...] Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jeho­vá el Señor; convertíos, pues, y viviréis” (Eze. 18:30-32).
Cristo promete que “el que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte” (Apoc. 2:11). Los que aceptan a Jesús y la salvación que él otorga experimentarán gozo indescriptible en su retorno culminante. Llenos de gozo sin fin, pasarán la eternidad en compañía de su Señor y Salvador.
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Referencias
1. “Immortality”, SDA Encyclopedia ed. rev., p. 621.
2. A través de los siglos, cristianos prominentes de muchas denominaciones: luteranos, reformados, anglicanos, bautistas, congregacionalistas, presbiterianos, metodistas, etc., han expuesto las enseñanzas bíblicas de la inmortalidad condicional. Entre los más prominentes, estuvieron los siguientes del siglo XVI: Martín Lutero, William Tyndale, John Frith, George Wishart; del siglo XVII: Robert Overton, Samuel Richardson, John Milton, George Wither, John Jackson, John Canne, el arzobispo John Tillotson, el Dr. Isaac Barrow; del XVIII: el Dr. William Coward, Henry Layton, el Dr. Joseph N. Scott, el Dr. Joseph Priestly, Peter Pecard, el archidiácono Francis Blackburne, el obispo William Warburton, Samuel Bourn, el Dr. William Whiston, el Dr. John Tottie, el Prof. Henry Dodwell; del siglo XIX: el obispo Timothy Kendrick, el Dr. William Thomson, el Dr. Edward White, el Dr. John Thomas, H. H. Dobney, el arzobispo Richard Whately, el decano Henry Alford, James Panton Ham, Charles F. Hudson, el Dr. Robert W. Dale, el decano Frederic W. Farrar, Hermann Olshausen, el canónigo Enrique Constable, William Gladstone, Joseph Parker, el obispo John J. S. Perowne, Sir George G. Stokes, el Dr. W. A. Brown, el Dr. J. Agar Beet, el Dr. R. F. Weymouth, el Dr. Lyman Abbott, el Dr. Edward Beecher, el Dr. Emanuel Petavel-Olliff, el Dr. Franz Delitzs, el obispo Charles J. Ellicot, el Dr. George Dana Boardman, J. H. Pettingell; y del siglo XX: el canónigo Guillermo H. M. Hay Aitken, Eric Lewis, el Dr. William Temple, el Dr. Gerardus van der Leeuw, el Dr. Aubrey R. Vine, el Dr. Martin J. Heinecken, David R. Davies, el Dr. Basil F. C. Atkinson, el Dr. Emil Brunner, el Dr. Reinhold Niebuhr, el Dr. T. A. Kantonen, el Dr. D. R. G. Owen. Ver Questions on Doctrine [Preguntas sobre doctrina], pp. 571-609; Froom, The Conditionalist Faith of Our Fathers [La fe condicionalista de nuestros padres], Washington, D.C.: Review and Herald, 1965, 1966), ts. 1, 2.
3. Ver “Muerte”, Diccionario bíblico adventista, p. 811.
4. R. L. Harris, “The Meaning of the Word Sheol as Shown by Parallels in Poetic Texts” [El significado de la palabra seol mostrado en forma paralela en los textos poéticos], Journal of the Evangelical Theological Society [Revista de la Sociedad Teológica Evangélica], dic., 1961, pp. 129-135; ver Comentario bíblico adventista, t. 3, pp. 1.013, 1.014.
5. Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 376.
6. La única excepción es cuando seol se usa en forma figurada (ver Eze. 32:21), o hades en una parábola (Luc. 16:23). Seol se menciona más de sesenta veces en el Antiguo Testamento, pero en ningún lugar se refiere al lugar de castigo después de la muerte. Esa idea fue más tarde unida a gehenna (Mar. 9:43-48), no a hades. Hay solamente una excepción (Luc. 16:23). Ver Comentario bíblico adventista, t. 3, pp. 1.013, 1.014.
7. Se cree que los siguientes pasajes han causado dificultad para la interpretación de las enseñanzas de las Escrituras sobre la naturaleza de la muerte. Pero, al estudiarlos más cuidadosamente, resultan estar en armonía con el resto de la Escritura.
	a. La muerte de Raquel. Refiriéndose a la muerte de Raquel, la Escritura dice “al salírsele el alma” (Gén. 35:18). Esta expresión simplemente indica que, en su último momento de lucidez y con su último aliento, le puso a su hijo un nombre. Otras versiones dicen “al dar su último suspiro”.
	b. Elías y el niño muerto. Cuando Elías oró para que volviera el alma del hijo muerto de la viuda de Sarepta, Dios le contestó resucitando al muchacho (1 Rey. 17:21, 22). Este fue el resultado de la unión del principio de vida con el cuerpo, ninguno de los cuales estaba vivo o consciente cuando estaban separados.
	c. La aparición de Moisés en el monte. La aparición de Moisés en el Monte de la Transfiguración no provee evidencia de la existencia de los espíritus conscientes o de la presencia de todos los muertos justos en el cielo. Poco antes de este suceso, Jesús había dicho a sus discípulos que, antes de que murieran, algunos de ellos verían al Hijo del hombre en su Reino. Esta promesa se cumplió en Pedro, en Santiago y en Juan (Mat. 16:28-17:3)
	En el monte, Cristo les reveló la gloria del Reino de Dios en miniatura. Allí estaba Cristo, el Rey glorioso, junto con Moisés y con Elías: representantes de las dos clases de súbditos del Reino. Moisés representaba a los muertos justos que serán resucitados de sus tumbas en el segundo advenimiento, y Elías representaba a los justos vivos que van a ser trasladados al cielo sin haber muerto (2 Rey. 2:11).
	Judas provee evidencia de la resurrección especial de Moisés. Después de que Moisés murió y fue enterrado (Deut. 34:5, 6), hubo una disputa entre Miguel y el diablo acerca del cuerpo de Moisés (Jud. 9). Por la aparición de Moisés en el monte se puede concluir que el diablo perdió la batalla y Moisés fue resucitado de su tumba, siendo el primer caso conocido en que Cristo haya aplicado su poder para resucitar muertos. Este hecho no provee evidencia para la doctrina de la inmortalidad del alma. Más bien apoya la doctrina de la resurrección corporal.
	d. La parábola del hombre rico y Lázaro. La historia del hombre rico y Lázaro ha sido usada para enseñar acerca de los muertos (Luc. 16:19-31). Lamentablemente, los que la interpretan en esta forma no han reconocido que esta historia es una parábola que, si se tomara literalmente en cada detalle, sería absurda. Los muertos recibirían su recompensa como seres reales con ojos, lengua, dedos, etc. Todos los justos estarían en el seno de ­­Abraham, y el cielo y el infierno estarían a un paso de distancia. Ambos grupos recibirían su recompensa al morir, lo contrario de las enseñanzas de Cristo, según las cuales la recibirán en el segundo advenimiento (Mat. 25:31-41; Apoc. 22:12).
	Este relato es una parábola. Las parábolas eran uno de los métodos de enseñanza favoritos de Cristo. Cada parábola que él predicó está registrada para enseñarnos una lección, y lo que Cristo enseñaba en esta parábola no tiene nada que ver con el estado de los muertos. La moraleja de esta parábola es la importancia de vivir de acuerdo con la Palabra de Dios. Jesús mostró que el hombre rico se preocupaba de las cosas materiales y rechazaba el cuidado de los pobres. El destino eterno se decide en la vida presente y no hay una segunda oportunidad. La Escritura es la guía para el arrepentimiento y la salvación, y si no atendemos las advertencias de la Palabra de Dios, nada nos podrá alcanzar. Así, Cristo terminó la parábola con las palabras: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Luc. 16:31).
	Cristo simplemente empleaba elementos de algún relato común de los judíos en el cual los muertos sostenían una conversación (el concepto de hades y el seno de ­Abraham de la parábola era muy similar a la tradición judía. Ver “Discourse to the Greeks Concerning Hades” [Discurso dirigido a los griegos con relación al sepulcro], Josephus’ Complete Works [Obras completas de Josefo], traducido por William Whiston [Grand Rapids: Kregel, 1960], p. 637). Algunas parábolas similares se encuentran en la Biblia, en las cuales los árboles hablan (Juec. 9:7-15; comparar con 2 Rey. 14:9). Ninguno usaría esta parábola para demostrar que los árboles pueden hablar. Por eso, deberíamos evitar conceder a las parábolas de Cristo un significado que contradiga la abundante evidencia bíblica y las enseñanzas de Cristo acerca de que la muerte es un sueño.
	e. La promesa de Cristo al ladrón. Cristo prometió al ladrón en la cruz: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc. 23:43). Evidentemente, el Paraíso es sinónimo del cielo (2 Cor. 12:4; Apoc. 2:7). Según esta forma de traducir el texto, Cristo iría al cielo ese viernes para estar en la presencia misma de Dios, y de igual manera el ladrón. Sin embargo, en la mañana de la resurrección, Cristo mismo dijo a María cuando esta se echó a sus pies para adorarlo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). El hecho de que Cristo estuvo en la tumba durante el fin de semana fue confirmado por las palabras del ángel que les dijo: “Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor” (Mat. 28:6)
	¿Se contradijo Jesús a sí mismo? No. Para entender el texto, debemos tener en cuenta la puntuación. Los primeros manuscritos de la Biblia no tenían comas ni espacios entre palabras. La inserción de la puntuación y la división de las palabras puede afectar considerablemente el significado del texto. Los traductores de la Biblia usan el mejor juicio crítico al colocar los signos de puntuación, pero realmente su labor no ha sido inspirada.
	Si los traductores, que en general hicieron un excelente trabajo, no hubieran insertado el vocablo “que”, y hubiesen colocado la coma en Lucas 23:43 después de “hoy” en vez de antes, este pasaje no contradiría la enseñanza de los otros textos que en la Biblia hablan de la muerte. Entonces, se comprendería correctamente el significado de las palabras de Cristo: “De cierto, te digo hoy [este día, en que muero sobre la cruz], estarás conmigo en el paraíso”. Esta promesa de Jesús afirmó que el ladrón en verdad estaría en el paraíso, pero no indica que estaría ese mismo día. En armonía con las enseñanzas bíblicas, Jesús aseguró al ladrón que, debido a que confesó y aceptó a Jesús en la cruz, estaría con él en el Paraíso, una promesa que se cumplirá después de la resurrección del justo en su segunda venida.
	f. Partir y estar con Cristo. Pablo dijo: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. “Estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:21, 23). ¿Esperaba Pablo entrar al cielo inmediatamente después de la muerte?
	Pablo escribió mucho sobre el tema de estar con Cristo. En otra carta que escribió acerca de “los que duermen en Jesús”, dijo que, en el segundo advenimiento, los muertos justos serían resucitados, y con los justos vivos serían “arrebatados juntamente con ellos [...] para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:14, 17).
	Con este trasfondo en mente vemos que, en su carta a los Filipenses, Pablo no presenta una exposición detallada respecto a lo que pasa en la muerte. Simplemente, expresa su deseo de dejar su vida problemática para estar con Cristo, sin hacer referencia o dar explicación respecto al período de tiempo entre la muerte y la resurrección. Su esperanza está centrada en la promesa personal de estar eternamente en compañía de Jesús. Para los que mueren, no hay un largo intervalo de tiempo entre el momento en que cierran sus ojos en la muerte y cuando los abrirán en la resurrección. Por cuanto los muertos no están conscientes y no se dan cuenta del correr del tiempo, la mañana de la resurrección parecerá venir en el momento después de su muerte. Para el cristiano, la muerte es ganancia; pues ya no tiene más tentaciones, pruebas, ni tristezas, y en la resurrección recibirá el don glorioso de la inmortalidad.
8. White, El conflicto de los siglos, p. 614.
9. “Muerte”, Diccionario bíblico adventista, p. 811; comparar con Questions on Doctrine, p. 524.
10. “Resurrección”, Diccionario bíblico adventista, pp. 985, 986.
11. Questions on Doctrine, pp. 67, 68.
12. “Resurrección”, ibíd., pp. 985, 986.
                                

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